lunes, 25 de abril de 2011

Doble fertilización

Estoy en la ciudad, en casa de mi madre, y abro las ventanas para que se ventile la habitación. Poco a poco, traídas por la brisa de primavera, van entrando algunas semillas (o sámaras) de los olmos que jalonan las aceras y se depositan en el suelo.

Me acuerdo entonces de Can Catarí y las nubes de polen, tan densas que parecían humo, que salían entre los pinos al soplar el aire.

Es primavera y las plantas han retomado su ciclo reproductivo, con independencia del destino de sus semillas, ya sea la tierra húmeda del pinar en la cordillera o la barrera infranqueable de asfalto, adoquines y cemento que los humanos extendemos como una alfombra allá donde nos asentamos y que interrumpe el ciclo vital de los olmos.

Todo este baile de semillas que flotan por los aires me hace sentirme extrañamente unido con la vida, y a la vez aleccionado por estos seres sintientes hermanos que no necesitan ningún premio o recompensa para seguir haciendo lo que les es propio y natural, sin alborozarse cuando hay frutos aparentemente buenos ni derrumbarse cuando no los hay.

Ellos tienen una especie de ecuanimidad y tesón naturales. Nosotros tenemos que ganárnoslo, pero, eso sí, trabajando con desapego hacia el fruto de nuestras acciones, igual que los pinos, los olmos, y tantos y tantos seres vivos que a veces parece como si estuvieran aquí para ser nuestros mejores y más fieles maestros.


martes, 12 de abril de 2011

Mushotoku

He terminado de trabajar con cemento hace un rato cuando me he dado cuenta de una cosa: ahí, subido en una escalera, ocupado en algo que no es para mí y que igual no va a ser apreciado o ni siquiera usado por sus destinatarios finales (que son unos perros muy majos pero despreocupados), es cuando más cerca he estado últimamente de la propia naturaleza.

No es así solo porque estuviera al aire libre, soleándome bajo el cielo azul, rodeado del zumbido de las abejas y los cantos de los ruiseñores… Es porque en esa condición estaba más en sintonía que nunca con esos insectos y aves, con esos árboles y flores… simplemente, porque durante un rato he estado sin identidad –o casi.

Es curioso, pero parece que solo consigo desprenderme de esa identidad cuando hago las cosas con ese espíritu que en japonés se llama mushotoku –sin ánimo de lucro (esta expresión es una de las pocas cosas que me han quedado de mi paso por el Zen). 

Por ahora prácticamente todo lo que hago –desde ir al baño hasta dormir– sigue impregnado de esa peste; no creo que haya una sola acción o pensamiento diario donde me libere del todo de esa carga. Solo en el trabajo desinteresado en beneficio de otros encuentro ese espacio vacío y generoso donde puede respirar la no-identidad. Es un truco, sí, pero funciona por ahora y apunta en una dirección interesante.

Los animales, en cambio, son superiores, porque ellos sí son capaces de recolectar polen, por ejemplo, y hacerlo sin egoísmo de la identidad… o de cantar para aparearse solo con la propia naturaleza, sin interferencias de un “yo, mí, me, conmigo” que planea y calcula los beneficios que va a obtener.

A veces parece que la distancia que me separa de ellos es infinita... y a veces, parece que casi los puedo tocar con la punta de los dedos... siempre que no sean “mis dedos”.

Si todo esto parece complicado, las reclamaciones, por favor, a Adán y Eva. ¡En vaya lío nos metieron...! 

miércoles, 23 de febrero de 2011

Lección con plumas

Iba en coche por las carreteras del Montmell, sorprendido por el contraste entre una vida cercana que se nos iba apagando y los almendros que empezaban a ponerse en flor por todas partes, radiantes al sol de la mañana, ajenos a todo lo demás.

De repente (como ocurre con las prácticas de la clara comprensión), desde la cuneta derecha algo salió disparado hacia el coche y chocó contra el retrovisor. Sonó un impacto y solo me dio tiempo de ver por el espejo cómo un pájaro oscuro daba una voltereta exánime en el aire y caía desplomado sobre la calzada, ya a mi espalda.

Iba con prisa para coger el tren, así que no me detuve para ver si seguía vivo. Pensando en lo fácilmente que se desnucan los pájaros contra los cristales de las ventanas, que están fijos, sus probabilidades de sobrevivir al choque contra un objeto en movimiento serían muy bajas.

Qué paradoja… Reflexionando sobre la vida y la muerte, voy y mato sin querer a un ser vivo. Por mucho que fuese involuntario, está claro que si no hubiese pasado por ahí con ese invento útil pero infernal que es el automóvil, ese pájaro aún podría seguir con vida según los ritmos naturales.

Ese pájaro desconocido me acompaña desde entonces… no para flagelar mi conciencia, sino para tener bien presente la huella que dejan mis acciones en este mundo y preguntarme por mi motivación en todo lo que hago.

¿Cuánto de lo que hago merece la vida de otro ser sintiente?

Ahora que ya estoy en el destino al que me dirigía en ese viaje, es un buen recordatorio para dedicar el tiempo a cosas sanas y útiles y no desperdiciar la lección de lo interconectadas que están nuestras vidas y muertes con las de todos los demás seres que pueblan este planeta tan ancho, ajeno y misterioso.

viernes, 4 de febrero de 2011

Cerrar el círculo

A veces, al pasar de una habitación a otra en la masía ahora en invierno, me encuentro con los cuerpos inertes de insectos que no han resistido el frío o simplemente han agotado su existencia –moscas, polillas, alguna avispa que otra…

Hay cierto choque cuando ves la muerte de cerca, incluso en formas tan aparentemente insignificantes para nosotros como estas; es como darte de bruces con una pared. Los pequeños cuerpos siguen intactos, con sus alas y patitas plegadas quizá, pero lo más importante falta. Y no parece que haya vuelta de hoja.

Algo me dice, en un nivel no verbal, que eso que falta en estos pequeños cadáveres no era diferente de lo que vive y se desarrolla en mí y a la vez me anima a mirar más profundo, porque ahí no se acaba la historia.

Con cuidado barro sus restos y los echo por la terraza hacia los olivos para que sirvan de alimento a otras vidas, a otras plantas y animales que siguen en la rueda de la existencia.

Así pues, sin quererlo pero sin hacer nada para evitarlo tampoco, estos insectos han pasado a ser uno con el mundo polvoriento, como dice el Daodejing. Irónicamente, su último vuelo lo hacen ya sin vida pero llevando a otros seres la posibilidad de seguir viviendo.

Polvo al polvo, sí, pero también vida a la vida. Así el círculo está completo.

martes, 1 de febrero de 2011

Montaña vacía

Recupero para el blog un texto de 1996 del escultor Eduardo Chillida sobre un proyecto suyo que nunca se llevó a cabo:

Hace años tuve una intuición que, sinceramente, creí utópica. Dentro de una montaña, crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia.

Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad. La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada. El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente...

El apoyo dado por el Gobierno de Canarias a la idea escultórica reforzó mi ilusión. Creí que la obra no suscitaría controversia en el pueblo canario, al que pensé donar la escultura y mi trabajo en ella. Pero he comprobado que el proyecto escultórico despierta en muchos resquemores y suspicacias imprevistos, una oposición difícil de evaluar ahora en su verdadera importancia, pero suficiente para mermar mi entusiasmo hasta desistir de la realización de la obra. Sin embargo, creo que sería muy positivo mostrar al pueblo canario y al mundo en una exposición de maquetas y dibujos lo que se pretendía hacer en Tindaya.

La escultura está concebida como un monumento a la tolerancia y es una obra para el pueblo canario. No deseo, pues, que sirva como elemento de división, y menos aún como piedra de escándalo arrojada en luchas políticas, que no comprendo y en las que no deseo verme envuelto.

Solo me interesa el debate artístico, que, lamentablemente, no se ha producido. No he oído ni leído ninguna crítica desfavorable de la escultura que haya sido realizada por alguien que verdaderamente conozca el proyecto. Pero sé que algunas personas que lo desconocen han afirmado que la obra destrozaría la montaña, cuando mi obra lo que quería era salvarla.

Quizá la utopía no pueda ser nunca realidad. Quizá otros lo consigan en otro lugar. O quizá la escultura, ese espacio amplio y profundo, accesible a la luz del Sol y de la Luna, lugar de encuentro de los hombres, pueda llegar al corazón de la montaña sagrada de Tindaya.

¿Por qué lo traigo a colación aquí, en un blog budista? No porque ahora parezca cobrar fuerza la posibilidad de reemprender el proyecto; es más bien porque la idea-semilla que lo inspiró, el vaciamiento interno, guarda una asombrosa semejanza con el camino del Dharma.

A partir de ahora, a quien me pregunte a qué **** nos dedicamos en el Dharma, le contestaré con otra pregunta: “¿Conoces el proyecto de Chillida en Tindaya? Pues eso”.

Así es, con una diferencia importante: que, en nuestra práctica, somos cada uno de nosotros los que nos vaciamos. En cierto sentido, cada uno es una montaña que se va excavando a sí misma para liberar un espacio interior.

¿Y de qué nos vaciamos? Primero, de piedras sueltas –esto es, las identidades, esos complejos de impulsos subliminales que han estado parasitando desde que nacimos nuestros procesos viscerales, emocionales y mentales, mediante los que nos relacionamos con el mundo y con los demás. Hay que sacar todos esos trastos viejos y ese equipaje radioactivo. Luego, nos ocupamos de la roca más firme y recalcitrante: la creencia subconsciente en la realidad separada y permanente de todas las cosas que los budistas llaman ignorancia (avidya) y nosotros, dualidad.

Nuestras herramientas para ese trabajo de minería interna son las enseñanzas, la meditación y la observación aplicada en el día a día. No es fácil, pero es fascinante a su manera.

Igual que en Tindaya, si conseguimos “excavarnos” a nosotros mismos, crearemos en nosotros un espacio libre y liberador donde acoger limpiamente y sin distorsiones al mundo y a los demás. Así, en virtud de nuestro vaciamiento, ese espacio podría ser una auténtica casa para todos, desde el más humilde hasta el más poderoso en apariencia… un lugar donde todos puedan sentirse bienvenidos por igual y reconciliarse con su dimensión humana común. ¡Qué bien se estaría ahí!

Pero hay más, porque esta conexión con el concepto de espacio compartido nos lleva, dando un rodeo inesperado, a la antigua China. Hay un vínculo muy interesante entre estas ideas de Chillida y el idioma chino –un ejemplo quizá del tipo de encuentro intuitivo, aunque virtual, que él quería ofrecer a sus hermanos humanos.

Me pregunto si Chillida tenía conocimiento del carácter chino , zhái, “residencia”, que muestra paralelismos insospechados con su proyecto de Tindaya.

Para empezar, según el estilo caligráfico que se use para escribirlo, zhái puede recordar algunos grabados del artista vasco, como en el segundo de estos ejemplos:
Aunque no hay consenso sobre su etimología, parece que el carácter zhái se compone a su vez de los caracteres “tejado” y “brote”. Es una hermosa interpretación del concepto de hogar: un tejado bajo el que se pueden echar raíces y crecer hacia la luz.

El espacio de Tindaya estaría abierto a la luz del Sol y de la Luna, símbolos ancestrales de los principios masculino y femenino que operan en la naturaleza humana liberada. Por otra parte, en el Dao, esos principios masculino y femenino se simbolizan con el Cielo y la Tierra. Así pues, la Tierra en la que hunde sus raíces la planta de , zhái, y el Cielo hacia el que se eleva son esos mismos Sol y Luna cuya luz Chillida quería que iluminara su hueco dentro de la montaña: El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente... La montaña vacía de Tindaya sería por tanto una casa donde la naturaleza humana podría crecer y unificar los principios masculino y femenino, en unidad con todo lo que existe.

Pero es que además hay otros sentidos de zhái encajan perfectamente con la intención de Chillida de crear un “lugar de encuentro de los hombres”: además de “residencia”, zhái significa “vivienda”, “casa”… y “tumba”.

¿Tumba…? ¡Pues claro! Volviendo al Dharma, para ser una residencia abierta a todos, uno primero tiene que convertirse en tumba de las identidades y la dualidad. Hay que hacerle sitio al mundo y desprenderse de lo viejo que estorba antes de abrirse a lo nuevo.

Además, este mismo carácter aparece en , zhuì zhè, que denota el cuerpo humano en sentido físico. Y, como dijo el Buda, “dentro de este cuerpo mismo, mortal como es y de apenas seis pies de largo, os declaro que están el mundo y el origen del mundo, la cesación del mundo y asimismo el camino que lleva a su cesación”. Hay liberación (o vaciamiento) porque hay cuerpo; y por esa misma razón hay encuentro con los demás.

Al final, se haga o no el proyecto de Tindaya según lo soñó Chillida, personalmente lo adopto como otra guía más en el camino del Dharma. Suena raro, y quizá mental, pero desde hoy aspiro a ser una Tindaya ambulante. Y animo a todos, Shanes y demás, a convertirnos en montañas huecas para crear una gran cordillera de la verdadera naturaleza humana recuperada –un espacio abierto, libre e imparcial donde respire sin trabas este magnífico mundo de ilusiones y toda la vida que contiene.

sábado, 22 de enero de 2011

Invierno con esperanza

Esta época de invierno se está desenvolviendo entre noticias poco alentadoras para mi madre: uno de sus amigos que agoniza en el hospital con fallo multiorgánico, otro que se va apagando lentamente mientras va perdiendo facultades mentales por un tumor cerebral, los demás aguantando como pueden entre diversos achaques. Parece un proceso largo, lento y difícil el ir diciendo adiós a la vida, primero en los que te han acompañado en tu camino, luego en ti mismo…

Por otra parte, ayer recibimos la noticia de que el jardinero de mi madre había perdido a su nieto por lo que parece ser una muerte súbita del lactante (crib death), a pesar de que tenía casi tres años. Al día siguiente, el otro abuelo, que ya estaba delicado de salud, también murió. Al bueno de Macario, que es hombre de pocas palabras, se le llenaban los ojos de lágrimas cuando nos contaba lo que le había pasado a su familia en dos días.

No hay como notar la cercanía de la muerte para apreciar la vida, aunque a menudo eso no es más que un acto reflejo lleno de miedo a lo desconocido y apego a lo conocido (por malo que parezca) y tiende a olvidarse rápidamente, en cuanto la identidad ve posibilidades de ganar algo en algún otro frente.

Lo que me llama la atención aquí es lo difícil que parece morir en muchos casos o, lo que es lo mismo, la tenacidad de la vida: cómo se agarra a cualquier “plataforma” que tenga a mano para mantenerse, cómo renuncia a tirar la toalla mientras tenga dónde apoyarse, cómo sigue adelante, sin cálculo ni desaliento, incluso en cuerpos/mentes castigados por décadas de excesos y descuido. No parece tener en cuenta ninguna de esas consideraciones tan socorridas que nos solemos ofrecer unos a otros ante la muerte de un ser querido: “Bueno, por fin ha dejado de sufrir”… “Mira, al menos en sus hijos/nietos la vida sigue adelante”… La fuerza de la vida no especula con las circunstancias del entorno; simplemente sigue adelante, con la misma “lógica” que le lleva a mantenerse en un cuerpo de más de ochenta años, deteriorado por la edad, el tabaco, el alcohol, la obesidad… o a abandonar el cuerpo aparentemente sano y lleno de potencial de un niño de tres años.

Probablemente hay cosas que nunca se pueden entender del todo. Pero estas vidas humanas que se están apagando alrededor de mí como hojas secas que el viento arranca de los árboles me hacen preguntarme si estoy haciendo todo lo posible por acercarme a la fuerza de la vida, integrarme en su pulso y dejar que esa palpitación conteste todas las dudas sobre la vida y la muerte, en beneficio de todos los seres.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Un destello familiar

Caminaba por la calle, hablando por el móvil, cuando de repente me adelantaron dos mujeres que paseaban a una perra con una correa.

La perra, una especie de pastor alemán de color pardo, pasó junto a mí. En ese momento pisé, levanté el pie y algo se movió debajo de mi bota. La perra giró levemente la cabeza para fijarse en lo que había ahí –un cartón de color que parecía una seta aplastada– y luego siguió su camino sin detenerse ni mirar hacia atrás.

Solo en ese gesto de mirar y desechar noté una cercanía con esa perra que me hizo sonreír, como si me hubiera mostrado sin querer lo que explican las enseñanzas –en este caso, la clara comprensión en acción, como un fogonazo que se va tan rápido como viene. Limpio. Sin residuos. Abierto a lo siguiente que provoque su reacción.

Para mí es indudable que en nuestras ciudades, y a pesar de las locuras de sus amos, estos animales aportan con su conducta el ejemplo más cercano al Dharma en acción.

Algunos conocidos míos se sorprenden o incluso se molestan conmigo cuando insisto, a veces con ánimo de sacarlos de su complacencia aunque sea escandalizando, en que son seres superiores.

Aquí, en la jungla de asfalto, son maestros involuntarios del Dharma. Y sin decir una sola palabra de más.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Un refugio para Aire

Esta semana he recuperado algo que no sentía desde niño. Ha sido algo mágico, como recibir una visita de un amigo querido de la infancia cuya pista había perdido hace tiempo y comprobar que nuestra sintonía sigue intacta, como si no hubiese pasado el tiempo. Shanjiàn me ha sugerido que lo escriba en el blog y aquí está.

La “chispa” que lo provocó fue la caseta que construimos para Aire en la terraza que da al castell de Marmellar. Shanjiàn y yo habíamos hecho una especie de iglú para ella con bovedillas prefabricadas de hormigón: buena protección contra el viento y, con suerte, también contra la lluvia, pero casi nula contra el frío, que ahora ya empieza a notarse, sobre todo por la noche.

Sin deliberación por mi parte, el caso es que desde hace semanas me había estado rondando la cabeza la idea de acondicionar esta caseta para el invierno. Finalmente el viernes pasado, tras llevar a Shanjiàn y Sellva a Vilafranca, pasé por la ferretería y compré los materiales (planchas de poliespán aislante, tachas para sujetarlas a la pared, espuma fijadora y mortero) y el sábado me puse manos a la obra.

Como es habitual, una chapuza que parecía cuestión de un rato se acabó convirtiendo en un trabajo de varias horas, repartidas entre varios días; hoy le he dado la que creo que es la última capa de mortero. Pero no había disfrutado tanto en muchísimo tiempo, así que doy el esfuerzo por bien empleado incluso si Aire se niega a entrar nunca más en su nuevo búnker o si por cualquier otro motivo no llega a tener el uso que quise darle –y confieso que en algún momento incluso me puse en la piel de Milarepa, obligado por su maestro Marpa a erigir y derribar una y otra vez la misma estupa como antídoto frustrante para machacar su fuerte identidad. Por suerte, eso no ha ocurrido en mi caso (o al menos aún no); pero, pase lo que pase de ahora en adelante, puedo decir que la tarea ha sido su propia recompensa.

Mirando hacia atrás, me pregunto qué fue lo que suscitó ese sentimiento. Creo que había parte de exploración creativa, parte de afrontar y superar los pequeños problemas que se iban presentando en el proyecto, y parte de estar haciendo algo para otros y no para mí. En ese sentido, Aire en realidad no es sólo una pinscher alemana; es todos los perros y todos los seres vivos.

Se me ocurre ahora que la mejor descripción de la experiencia es que era de una gratuidad total –un individuo vestido estrafalariamente, ensimismado e integrado en su tarea en la terraza de una masía perdida en el monte en medio de ninguna parte, absolutamente feliz con esa aparente nimiedad y ajeno a todo lo demás mientras el mundo seguía dando vueltas al ritmo de su propia locura. Absurdo, sí, puede ser… pero también insuperable a su manera.

Creo que no me he sentido así desde que era un crío… Me recuerda a mis primeros paseos en bici, cuando sentía una libertad total y sólo deseaba que la tarde no acabara nunca para poder seguir montando y montando con mis amigos… sin rumbo ni propósito, sólo por el puro placer de montar… Ah, ¡qué hermosa era la vida entonces!… Ahora veo cuánto me he alejado de ella sin darme cuenta… De niño, sin ser nadie ni poseer nada, era el rey del mundo… hasta que lo cambié por un sucio plato de lentejas y me convertí en “alguien”, como esperaban de mí familia y sociedad.

Quién sabe si al reformar esta caseta como refugio para Aire no he encontrado de paso y sin ni siquiera sospecharlo una vía para reconectar con mi propia naturaleza y ponerla al abrigo de las inclemencias de las identidades, donde la he tenido malviviendo todos estos años; ésa es desde luego mi esperanza. Sería además una hermosa confirmación de que, como dijo Buda, “todo lo que les hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos”.



martes, 7 de diciembre de 2010

La hermandad del molusco

La velada pianística de hace una semana sigue dándome material para reflexionar. Hoy acabo de recordar algo que me chocó entonces y que había olvidado.

Este mediodía, mientras llevaba una carretilla llena de arena al templo Chan, donde Shanjiàn y yo estamos levantando unos pilares para apoyar las vigas que han de reforzar el techo, pasé por delante de donde está enterrada Mamba. Es un pedazo de tierra entre rosales, que hemos cubierto con piedras grandes para que ningún animal escarbe ahí. Alguien, no sé quién, ha colocado sobre las piedras unas conchas marinas. Podrían parecer incongruentes en ese entorno, pero para mí funcionan porque suponen un homenaje silencioso a la fuerza de la vida, cuya inteligencia es evidente en sus formas orgánicas, algo irregulares pero siempre armoniosas.

También en la velada del otro día me fijé en una colección de conchas marinas que la anfitriona tenía desplegadas en la parte inferior de una doble mesa de cristal. Entonces, mientras escuchaba la música que hacían por turnos mis colegas pianistas, me recordaron la forma de la oreja humana, que también es curva y con volutas, como una caracola. “Gracias a esas formas oímos mejor los sonidos y los silencios del mundo”, pensé; “en cambio, estas caracolas ya no sienten la música ni el mar, porque no son más que los restos huecos de vidas pasadas”.

Sin embargo, a pesar de la inmensa distancia entre nuestras vidas aparentes –unas, transcurridas hace quién sabe cuánto tiempo en el fondo del mar; la mía, aquí y ahora en la superficie de la tierra– era evidente que ambas están conectadas por una misma fuerza, que crea, experimenta y emplea sus hallazgos en las combinaciones más gloriosamente inverosímiles, sin encomendarse a dios ni al diablo. Gracias a que la fuerza de la vida había generado esas formas hace millones de años, nosotros, hijos de la misma fuerza, podíamos llenarnos los oídos ahora con una música que, en el fondo, no habla de otra cosa más que de la asombrosa unidad de toda la vida en este planeta.

Por momentos me sentí transportado a lomos de una fuerza impresionante, primaria y arcaica pero en último término benevolente.

¿Cómo podría ser vivir a cada instante con esa fuerza creativa que generó las formas geométricas de los moluscos, que inspiró la música que tocamos y que es capaz de darse cuenta de la unidad de toda la vida?

¿Puede haber algo más grande en este gran teatro del mundo?






Una visita inesperada

El otro día recibí una visita inesperada en mi habitación de Can Catarí. Sentado al ordenador, de repente un movimiento en la ventana de la puerta que da a la terraza captó mi atención.

Un pájaro, quizá fuese un petirrojo, se había asomado a la puerta, que está algo retranqueada respecto de la pared exterior, y ahora me miraba directamente a través del cristal.

Lo extraordinario fue que durante unos instantes el pájaro se mantuvo absolutamente quieto, suspendido en el aire mientras batía las alas a gran velocidad, como si fuese un colibrí o una libélula.

Sólo después se me ocurrió la idea de que estaba evaluando el hueco de la puerta por si pudiera ser un buen sitio para construir su nido. En ese momento –que duró poco, aunque mientras duró parecía que el tiempo se detenía, y mi respiración con él, suspendidos ambos igual que nuestro visitante– sólo había un prodigio aleteando que miraba hacia dentro, una clara comprensión sin “yo” que miraba entre atónita y maravillada hacia fuera y una sorpresa compartida por ave y humano ante la cercanía momentánea de dos mundos habitualmente separados.

Luego el petirrojo se marchó tan rápido como había venido y yo me quedé otra vez sumido en el océano de los pensamientos y las palabras… pero con el aroma de algo más libre que no necesita de herramientas tan torpes para levantar el vuelo.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Reflexiones otoñales

Hace un rato he mirado por la ventana justo cuando una ráfaga de viento acababa de arrancar un montón de hojas amarillas de las ramas los olmos. A la luz de la mañana, parecían una lluvia de oro que caía lentamente sobre el asfalto, girando sobre sí mismas.

A veces, como ahora, me vienen a la mente esos relatos de personas que han estado en trance de morir y han sobrevivido. Muchos de ellos cuentan que en fracciones de segundo vieron pasar toda su vida por delante de sus ojos, como si fuese una película que revisaba sus momentos más importantes. Y lo que encuentro tan sugerente es que la mente consciente no es a todas luces quien decide cuáles eran esos momentos –se diría que es otra fuente, desconocida y no personal, la que genera la experiencia y determina qué entra y qué se queda fuera de su “repetición de las jugadas más interesantes”.

Qué paradoja: nos creemos autores y protagonistas de nuestra vida, solo para descubrir al final que es una película con guión y dirección ajenas a nuestra conciencia y control y con un “sentido”, por llamarlo de alguna manera, que se nos había escapado.

¿Es posible entonces que esté viviendo la vida equivocadamente, dándole valor a lo que no lo tiene y descuidando lo que realmente importa? A la luz de estas experiencias, parece claro que no sólo es posible sino probable –a menos que tome cartas en el asunto.

De hecho, cuando las hojas salieron volando por los aires estaba rememorando un episodio reciente en el que no mantuve el “flotador” de las cinco conciencias y me dejé arrastrar por la corriente hasta acabar en un lugar (mental) que tampoco es que fuera horrible, sino simplemente nada interesante: ya lo conozco hace tiempo y no alimenta a la fuerza de la vida. Es estéril a efectos del Dharma natural.

Y ahora me pregunto si esas hojas que ahora se desprenden no son como mis ideas y mis palabras de ayer, y como todo lo que antes consideraba tan mío, tan “yo”: evidentes, inmediatas, aparentemente firmes y fiables, y hoy… yertas y arrastradas por el viento, mientras la vida del árbol, lo que de verdad importa, se mantiene retirada en ramas y tronco, pero sobre todo en las raíces, ocultas en la oscuridad de la madre tierra y ajenas a todo ese ruido.

Sin querer, de mi memoria surgieron dos pasajes de los Evangelios cristianos para aportar una conclusión a mis reflexiones:

Ningún árbol bueno da fruto malo; tampoco da buen fruto el árbol malo. A cada árbol se le reconoce por su propio fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca (Lucas 6:43-45).

Y también:

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan: porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón (Mateo 6:21).

Ahí es donde voy a poner mi tesoro, en las raíces desconocidas de la fuerza de la vida. Lo demás son hojas muertas que barre el viento.

martes, 23 de noviembre de 2010

El albatros

Suelen, por divertirse, los mozos marineros
cazar albatros, grandes pájaros de los mares
que siguen lentamente, indolentes viajeros,
el barco, que navega sobre abismos y azares.

 Apenas los arrojan allí sobre cubierta,
príncipes del azul, torpes y avergonzados, 
el ala grande y blanca aflojan como muerta
y la dejan, cual remos, caer a sus costados.

¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!
Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!
Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,
otro imita, renqueando, del inválido el vuelo.

El poeta es igual... Allá arriba, en la altura,
¡qué importan flechas, rayos, tempestad desatada!
Desterrado en el mundo, concluyó la aventura:
¡sus alas de gigante no le sirven de nada!
Parece una fábula sobre la propia naturaleza, sometida y en manos de las identidades en el samsara... pero es un poema de Baudelaire... ¿o era al revés?

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Asombro mutante

El otro día tuve por casualidad un atisbo del “armónico”, por llamarlo de alguna manera, que hay en la experiencia de alegría y asombro ante la naturaleza.

En busca de unos trozos de viga entro en el patio interior que hay en Can Catarí Vell, entre la casa y el corral de los perros –una zona que hacía tiempo que no pisaba. Y ahí, de sopetón, me encuentro de frente con una planta enorme, que había crecido desproporcionadamente en relación con las demás plantas que pueblan ese espacio recogido y casi sin sol.

Al acercarme más para admirar ese pequeño gran prodigio, veo que de sus ramas cuelgan unas vainas largas y estrechas, casi como un cruce entre pimiento verde y puro habano. Así que me acerco más y las inspecciono de cerca –y son alucinantes: están abiertas por su extremo inferior, y por esa abertura se ve el diseño geométrico que forman los pliegues internos de la vaina, mientras que el borde externo de esa “boca” va adornado por varios zarcillos. En mi ignorancia, todo ello toma un aspecto fantástico, casi de ciencia ficción. Es como si estuviera examinando vida extraterrestre.

La absoluta novedad de lo que estaba viendo me tenía sorprendido, la evidente lozanía de la planta me alegraba, pero ahí noté además ese otro elemento… una especie de aprensión, como si no estuviera seguro de que en el fondo esa planta no fuese un engendro mutante y carnívoro que en cualquier instante pudiese abrir unas fauces enormes y devorarme.

Ahí estaban, donde menos me lo esperaba, la alegría, el asombro y… la aprensión. ¡Qué extraña compañía! Pero ahora sé que viajan juntos los tres, cogiditos de la mano.


PD: No tengo fotos de la planta en cuestión, así que incluyo otras para dar una impresión aproximada de la extrañeza que me provocó.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Esplendor en el declive

Es una condición peculiar la nuestra de humanos sufridores… y pocas cosas la ponen tan de manifiesto como estar en la naturaleza.

Paseo y miro el grandioso almez que a veces empleo en mis contemplaciones. Algunas hojas, amarillas y exánimes, tiemblan aún en las ramas mientras que otras muchas ya se han desprendido para ir a caer al pie del mismo árbol que les prestó vida.

Si los vientos del otoño no las dispersan demasiado, esas hojas acabarán descomponiéndose ahí mismo, en forma de humus y de nutrientes minerales que luego se volverán a absorber por las raíces del mismo almez… para contribuir, entre otras cosas, a crear las hojas de la siguiente primavera.

Es un ciclo sencillo y perfecto. No hay sufrimiento en la caída de las hojas, igual que no hay felicidad cuando vuelven a brotar, porque se impone la evidente conexión de ambos fenómenos como curvas de un mismo círculo, repetido sin cesar más allá de los avatares de sus aparentes protagonistas individuales. Siento una gran alegría y asombro al pensar en ello.

Nosotros los humanos, en cambio, nos enfrascamos en los detalles personales. Nos creemos importantes y nos apegamos a algo que no es más que una ilusión, un espejismo de la mente. Estamos tan cautivados por nuestras propias peripecias que perdemos de vista la totalidad; de hecho, no nos damos cuenta de que la vida real se nos escapa mientras nos ocupamos y preocupamos con nuestras fantasmagorías privadas.

Que la vida humana es efímera es algo sabido desde la noche de los tiempos. Según Homero,

Cual la generación de las hojas, tal es también la de los hombres: las hojas, unas las echa el viento a tierra, mas otras hace renacer el bosque reverdeciente al llegar la estación de la primavera. Así la generación de los hombres, una nace, mas otra termina.

El almez y sus hojas están haciendo ahora lo que les toca, y de forma impecable. ¿Y nosotros?


viernes, 29 de octubre de 2010

Llueve sobre la ciudad

Hoy, después de semanas de tiempo seco y soleado, por fin llueve otra vez en Madrid.

Paseo por la calle y siento la lluvia como una bendición, como si el cielo, que retenía sus regalos, se reconciliara una vez más con la tierra.

Entonces me pregunto si esto no tendrá que ver también con la fuerza de la vida, con la evidencia de que tras mucho tiempo de sol que propicia la fotosíntesis ahora viene bien algo de agua para completar la alimentación de las plantas a través de sus raíces. ¿Vendrá sólo de ahí mi alegría?

Mentiría si dijera que sí… Hace unos días, cuando subí a las montañas, miré a la ciudad y la vi cubierta por una “boina” de contaminación de color pardo grisáceo: una auténtica marranada. Eso es lo que se respira en la gran ciudad.

La llegada de las lluvias y los vientos del otoño también me alegra porque ayudarán a dispersar esa nube ponzoñosa que colgaba sobre nuestras cabezas y nuestros pulmones… aunque no a eliminar el problema que supone toda esa contaminación que arrojamos a la atmósfera.

Y entonces pienso si no habrá gente que viva inconscientemente la llegada de las lluvias y los vientos como un cheque en blanco para seguir con el mismo estilo de vida consumista y contaminante que nos lleva a la destrucción. Eso es, después de todo, lo que hace la identidad: apropiarse de experiencias perfectamente válidas del sistema natural y tergiversarlas a favor de sus propios intereses.

Y entonces miro un poco más profundo y pienso, “Y yo mismo, cuando subí a las montañas y sentí esa revulsión, ¿en qué fui?”. Y la respuesta es: en coche.

Ay.

Qué enemigo más hábil y escurridizo es la identidad. Incluso bajo el sentimiento más noble en apariencia pueden esconderse sus tentáculos venenosos. Habrá que andarse con ojo. Con razón dijo el Buda:

Los inmaduros descuidan su vigilancia,
pero los sabios la guardan como su mayor tesoro.

domingo, 24 de octubre de 2010

Las tres Ces: Curiosidad, Creatividad y... mucho Curro

 Leo en prensa una entrevista con Konstantin Novoselov, reciente Premio Nobel de Física, y encuentro multitud de consideraciones que me valen igualmente para la práctica del Dharma con mente abierta y flexible. Realmente escribo esto para mí mismo, pues me llega en un momento muy oportuno; pero quizá otros también encuentren aquí un punto extra de motivación para perseverar en el camino.

Lo primero que me ha atraído es la normalidad del personaje y de su estilo de vida, alejado de la pompa y ceremonia del mundo académico, del “glamour” de los premios y de la atención aduladora de los medios de comunicación. Esperemos que la fama y celebridad que va a atraer este galardón-engorro sobre Novoselov no sean como el toque de Midas, que convierte todo en oro frío y estéril:

Ante la solemne ceremonia de entrega del galardón (el 10 de diciembre en Estocolmo), lo que más le incomoda es tener que ir de compras y hacerse con la indumentaria apropiada. “Espero que de esto se ocupe mi esposa, ir de compras es algo que odio”, dice Novoselov. “La verdad es que no tengo un traje...”, afirma, y apunta con extrañeza algunos comentarios que le han hecho sobre su aspecto desaliñado, con camiseta y vaqueros, en las fotos que dieron la vuelta al mundo al anunciarse el galardón. “Es que yo vengo a trabajar así”, dice. Y efectivamente hoy va con camiseta y vaqueros.

La normalidad para este físico de estado sólido es su despacho y las horas que pasa en su laboratorio, al otro lado del pasillo, donde hace seis años, haciendo experimentos con Geim, obtuvieron por primera vez el grafeno, material con unas propiedades fascinantes y unas aplicaciones potenciales tan atractivas (en pantallas táctiles o en paneles solares) que se ha convertido ya en el material de moda.

Es muy interesante la forma inesperada en la que surgió su hallazgo, aunque favorecido sin duda por una rutina sólidamente establecida y por un ambiente despreocupado y abierto a las sorpresas (es decir, también a los posibles errores), sin los frenos de las expectativas ni la ambición de conseguir un resultado específico:

El hallazgo surgió en lo que estos dos científicos rusos que trabajan en Reino Unido llaman los experimentos de los viernes, cuando, una vez que dejan atrás las actividades normales de la semana, se meten en el laboratorio a jugar con la ciencia, a ensayar ideas y ponerlas en práctica con sus propias manos y los medios que tienen a su alrededor, “para probar cosas locas y divertirnos un poco en el laboratorio antes de ir a tomar unas cervezas”, cuenta Novoselov.

Serio, seguramente tímido, concentrado en su trabajo, con determinación y seguridad en sí mismo, piensa unos instantes las respuestas, cortas y concisas. (...) “¿Es usted un genio?” La respuesta es inmediata: “No, en absoluto. La ciencia me divierte, eso es lo esencial”.

En esas condiciones, simplemente trastear con los materiales a mano dio origen al descubrimiento, aunque con el enorme beneficio del efecto multiplicador que aporta un colega y compañero de aventuras:

El método por el que obtuvieron el grafeno parecía casi una broma en el comunicado de la Fundación Nobel que describía el trabajo de Geim y Novoselov, si uno cree que la ciencia actual exige grandes y avanzadísimas instalaciones para lograr resultados que merezcan la pena. “La idea de intentar algo con el grafeno fue de André y la forma de lograrlo fue mía”, explica Novoselov.

Esa forma de lograrlo era tan simple como ir sacando láminas del grafito del que están hechas las minas de los lapiceros, mediante una cinta adhesiva corriente. Eso sí, jugó el factor suerte en esos experimentos de los viernes, cuando eligieron como soporte de la lámina bidimensional de carbono un trozo de silicio con el espesor de óxido que resultó ser apropiado. Ese material estaba por allí, pero no hubiera servido cualquier soporte. Eso sí, que nadie se engañe, en ciencia uno tiene que saber dónde está, saber lo que busca, entender lo que ha descubierto y, en resumen, como dice Novoselov, “trabajar mucho”. Aunque, añade, “es muy divertido”.

Parece claro que el espíritu de curiosidad, creatividad y juego (aparte de la suerte, que también cuenta) fue algo esencial para que saltara la chispa:

En los últimos años, Novoselov y Geim andan muy ocupados y los experimentos de los viernes han quedado un poco relegados; solo recientemente los han podido retomar con asiduidad. “Es el placer de experimentar en nuestro laboratorio. A lo largo de los años hemos hecho muchas cosas, unas funcionan y otras no”, dice. Tampoco rige para estos dos físicos la supuesta diferencia entre ciencia básica y aplicada. “No tiene mucho sentido, hacemos la investigación que nos parece estimulante y a veces son cosas muy prácticas, mientras que otras son de física básica”.

Naturalmente, no todo han sido éxitos, pero ahora parece como si incluso los resultados aparentemente más ridículos e inservibles se pudieran aceptar con espíritu deportivo y una sonrisa:

En uno de esos experimentos hecho con plena libertad y guiado por la inspiración y la curiosidad, Geim logró hacer levitar ranas en un campo electromagnético, mereciendo por ello el IgNobel, el premio Nobel alternativo y humorístico. Fue en los años noventa y Novoselov aún no trabajaba con él, pero afirma que no le importaría en absoluto, al contrario, recibir ese otro galardón.

Y tampoco es que su éxito fuese irrevocable desde el principio; al contrario, también tuvieron sus reveses y contrariedades:

Hace seis años, cuando estos dos rusos afincados en Reino Unido dieron con el grafeno, la idea de esa forma del carbono estaba en el ambiente científico y varios grupos en el mundo perseguían su obtención. El anuncio del éxito fue tan poco corriente como los dos descubridores. Geim y Novoselov escribieron un artículo científico, como hace cualquier investigador que descubre algo, y lo enviaron a una de las más prestigiosas revistas especializadas: Nature. Sin embargo, se lo rechazaron. “Pusieron pegas sobre unas medidas de los experimentos que en realidad todavía ahora no se han completado, pero lo cierto es que no lo aceptaron”, recuerda Novoselov. “Lo arreglamos un poco y lo enviamos a Science [la publicación competidora de Nature] y nos dijeron que sí... Con estas revistas siempre te puedes esperar cosas así”, dice.

Novoselov no pasa por alto en absoluto que la ciencia es un entorno muy competitivo. “La competencia es buena porque te ayuda y te orienta para hacer las cosas mejor y más rápido, lo que es estúpido es hacer tu trabajo para publicar los resultados y no por la ciencia en sí”.

Lo que más me resuena de las palabras de Novoselov es la impresión de que, aunque no les hubiesen dado el premio, él y su colega habrían seguido disfrutando con sus experimentos con independencia de los resultados y de la aclamación popular. En cuanto al ingrediente básico de su éxito, está bien claro: unas 12 horas de trabajo al día.

La jornada de Novoselov arranca muy temprano. “Despierto a las niñas, Sofia y Victoria, les doy el desayuno, las preparo y las llevo a la guardería; llego a la universidad sobre las 9.30 y salgo hacia las 9.30 de la noche. Es que si quieres lograr algo no basta con ser suficientemente inteligente, también tienes que trabajar mucho”.

Una última pregunta: ¿cómo explicaría el placer de investigar y descubrir a alguien no familiarizado con la ciencia? Lo piensa unos segundos y una leve sonrisa indica que ha dado con la respuesta satisfactoria: “Imagine que está recorriendo el Gran Cañón de Colorado o un sitio así de bonito en España, o en Canadá... El paisaje que se le va apareciendo ante los ojos es grandioso y uno sigue avanzando convencido de que un poco más allá habrá otro panorama más estupendo aún. Tienes que trabajar duro para avanzar, pero lo haces porque esperas encontrar algo magnífico, interesante. Esta es la mejor comparación con la investigación”.


Bien, tras leer esta entrevista creo que tengo la mirada más limpia para apreciar el paisaje que se va abriendo ante mí en este camino de Dao y Chan.

Y ahora, a currar. El laboratorio lo llevo en mi propia mente, donde paso más de doce horas al día, y el “colega” que me acompaña en la experimentación es el maestro. Está todo a mano.

Lo único que está por ver es lo de las cervezas… 

sábado, 23 de octubre de 2010

¿Qué estamos premiando?

Ayer se fallaron unos famosos premios de fotografía de la naturaleza y la ganadora fue esta foto de hormigas en Costa Rica.

La verdad es que la imagen es chocante y llamativa: el color verde al trasluz como fondo de un teatro de sombras chinescas, la variedad y el desorden de las hormigas, la coordinación evidente pero algo anárquica de sus esfuerzos, que sin embargo ya han conseguido horadar parte de la hoja y están cortando nuevos trozos… todo eso está ahí. Es una auténtica sinfonía de la vida, con una tribu trabajando por la supervivencia común, a costa de otras vidas, sí, pero sin identidad. Materia para meditar y llenarse de alegría y asombro.

Y, sin embargo, la página de los premios menciona orgullosamente su sustancial dotación y se limita a mencionar algunos detalles técnicos de la fotografía: dónde y a qué hora se tomó, qué cámara se utilizó, cómo era la iluminación, etc. Todo son detalles desde fuera. No hay ni rastro de comunión real con el sujeto retratado.

Es, en definitiva, un premio a la pericia del fotógrafo… Al parecer, la naturaleza sólo era una excusa.

(Claro. ¿En qué estaría yo pensando?).

Curiosamente, en el apartado de fotografía de denuncia, el ganador ha sido un catalán. Esta es su foto:


Un periódico local se ha hecho eco de la gran noticia. No sé por qué, pero tengo la impresión de que hay cierta actitud de “Hemos ganado” en la columna que lo da a conocer. Y tampoco sé si el periodista y el redactor han caído en la cuenta de que la tortuga que aparece en la foto también se podría considerar catalana… y quién sabe si no se podría decir lo mismo de las redes que la aprisionan.

Aunque es una fotografía de denuncia, no he conseguido averiguar si el fotógrafo-submarinista logró liberar a la tortuga de las redes… o si la dejó morir ahí abajo mientras él salía a la superficie a competir y triunfar con el premio Veolia a la mejor foto en la categoría “One Earth”.

martes, 19 de octubre de 2010

Olivos meditativos

En la sala de meditación de Can Catarí hay unos troncos de olivo en vez de estatuas o imágenes de Buda. Me resulta muy inspirador.

Por un lado, veo en ellos la huella de la fuerza de la vida: cómo cada ejemplar creció fiel a su genotipo de olivo, a la vez que de manera individual en función del terreno en el que estaba plantado, la abundancia o carestía de agua, la orientación de la luz del sol, etc. Veo su crecimiento y desarrollo como un baile a cámara súper-lenta en el que cada uno de ellos fue extendiendo sus ramas en el espacio hacia arriba y hacia fuera, torciéndolas a su ritmo, de forma orgánica, hasta componer un gesto único.

Por otro, capto cómo todos, tras haber desplegado su propia naturaleza de olivo, ya no están vivos y lo único que queda de ellos es su cáscara, el gesto congelado de un baile cuya música ya ha dejado de sonar, pero que persiste como una escultura que se va desintegrando a una velocidad igualmente imperceptible para nosotros… Otra vez, la cámara súper-lenta.

Este contraste de velocidades entre la vida de los olivos y la de los humanos me da qué pensar.

Si lo miramos desde el punto de vista de los olivos, son nuestras vidas las que transcurren a cámara súper-rápida –o a velocidad de vértigo, si hablamos de nuestras mentes.

¿Cuánta de esa agitación es realmente necesaria?

¿Cuánto hay de natural y orgánico en nuestro desarrollo y nuestra actividad diaria?

Cuando llegue el fin de nuestros días, ¿podremos responder por nuestras vidas con la misma dignidad que estos olivos, sin una palabra de remordimiento o reproche, o tendremos que lamentarnos de la oportunidad perdida de habernos convertido en seres humanos genuinos, capaces de desplegar nuestra verdadera naturaleza y acoger a otras formas de vida, como en su día hicieron las copas serenas de estos árboles?

viernes, 15 de octubre de 2010

El quinto elemento

Paseando con los perros por la riera que hay al pie del Castell de Marmellar, veo cómo las lluvias del puente pasado han llenado el cauce habitualmente seco y han peinado las hierbas que crecían en él, que se han quedado tumbadas señalando claramente por dónde llegó y por dónde se fue el agua.

Por el trayecto también se ven restos del conflicto de los elementos y el rastro que dejan en la naturaleza: los numerosos pinos abatidos por el viento, los desmontes y derrumbes de tierra, incluso el tamaño de los pinos, menores en algunas laderas que en otras, indica que hace un tiempo pasó por ahí un fuego devastador pero selectivo.

Agua, aire, tierra y fuego… como en las antiguas cosmologías.

Pero ¡alto ahí! ¿Qué veo? Hay un quinto elemento –y no es precisamente la quintaesencia de los anteriores.

(Siento repetirme tanto, pero es que los seres humanos también repetimos una y otra vez las mismas afrentas contra la fuerza de la vida, y aún no dejan de molestarme).

Basura humana: ésa es la otra huella que me encuentro a diario en la naturaleza. No importa si es una lata de refresco o un alerón de plástico que se le ha caído a un quad… la fealdad de los restos delata la fealdad de las mentes que los dejaron ahí.

Un estudio reciente afirma que, si los humanos desapareciéramos de la tierra de golpe, las huellas más duraderas de nuestro paso por el planeta –y las de mayor impacto para otros seres vivos– serían los plásticos y los residuos radioactivos. No es como para estar orgullosos, ¿no?

Menudos “elementos” estamos hechos.