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martes, 1 de febrero de 2011

Montaña vacía

Recupero para el blog un texto de 1996 del escultor Eduardo Chillida sobre un proyecto suyo que nunca se llevó a cabo:

Hace años tuve una intuición que, sinceramente, creí utópica. Dentro de una montaña, crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia.

Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad. La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada. El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente...

El apoyo dado por el Gobierno de Canarias a la idea escultórica reforzó mi ilusión. Creí que la obra no suscitaría controversia en el pueblo canario, al que pensé donar la escultura y mi trabajo en ella. Pero he comprobado que el proyecto escultórico despierta en muchos resquemores y suspicacias imprevistos, una oposición difícil de evaluar ahora en su verdadera importancia, pero suficiente para mermar mi entusiasmo hasta desistir de la realización de la obra. Sin embargo, creo que sería muy positivo mostrar al pueblo canario y al mundo en una exposición de maquetas y dibujos lo que se pretendía hacer en Tindaya.

La escultura está concebida como un monumento a la tolerancia y es una obra para el pueblo canario. No deseo, pues, que sirva como elemento de división, y menos aún como piedra de escándalo arrojada en luchas políticas, que no comprendo y en las que no deseo verme envuelto.

Solo me interesa el debate artístico, que, lamentablemente, no se ha producido. No he oído ni leído ninguna crítica desfavorable de la escultura que haya sido realizada por alguien que verdaderamente conozca el proyecto. Pero sé que algunas personas que lo desconocen han afirmado que la obra destrozaría la montaña, cuando mi obra lo que quería era salvarla.

Quizá la utopía no pueda ser nunca realidad. Quizá otros lo consigan en otro lugar. O quizá la escultura, ese espacio amplio y profundo, accesible a la luz del Sol y de la Luna, lugar de encuentro de los hombres, pueda llegar al corazón de la montaña sagrada de Tindaya.

¿Por qué lo traigo a colación aquí, en un blog budista? No porque ahora parezca cobrar fuerza la posibilidad de reemprender el proyecto; es más bien porque la idea-semilla que lo inspiró, el vaciamiento interno, guarda una asombrosa semejanza con el camino del Dharma.

A partir de ahora, a quien me pregunte a qué **** nos dedicamos en el Dharma, le contestaré con otra pregunta: “¿Conoces el proyecto de Chillida en Tindaya? Pues eso”.

Así es, con una diferencia importante: que, en nuestra práctica, somos cada uno de nosotros los que nos vaciamos. En cierto sentido, cada uno es una montaña que se va excavando a sí misma para liberar un espacio interior.

¿Y de qué nos vaciamos? Primero, de piedras sueltas –esto es, las identidades, esos complejos de impulsos subliminales que han estado parasitando desde que nacimos nuestros procesos viscerales, emocionales y mentales, mediante los que nos relacionamos con el mundo y con los demás. Hay que sacar todos esos trastos viejos y ese equipaje radioactivo. Luego, nos ocupamos de la roca más firme y recalcitrante: la creencia subconsciente en la realidad separada y permanente de todas las cosas que los budistas llaman ignorancia (avidya) y nosotros, dualidad.

Nuestras herramientas para ese trabajo de minería interna son las enseñanzas, la meditación y la observación aplicada en el día a día. No es fácil, pero es fascinante a su manera.

Igual que en Tindaya, si conseguimos “excavarnos” a nosotros mismos, crearemos en nosotros un espacio libre y liberador donde acoger limpiamente y sin distorsiones al mundo y a los demás. Así, en virtud de nuestro vaciamiento, ese espacio podría ser una auténtica casa para todos, desde el más humilde hasta el más poderoso en apariencia… un lugar donde todos puedan sentirse bienvenidos por igual y reconciliarse con su dimensión humana común. ¡Qué bien se estaría ahí!

Pero hay más, porque esta conexión con el concepto de espacio compartido nos lleva, dando un rodeo inesperado, a la antigua China. Hay un vínculo muy interesante entre estas ideas de Chillida y el idioma chino –un ejemplo quizá del tipo de encuentro intuitivo, aunque virtual, que él quería ofrecer a sus hermanos humanos.

Me pregunto si Chillida tenía conocimiento del carácter chino , zhái, “residencia”, que muestra paralelismos insospechados con su proyecto de Tindaya.

Para empezar, según el estilo caligráfico que se use para escribirlo, zhái puede recordar algunos grabados del artista vasco, como en el segundo de estos ejemplos:
Aunque no hay consenso sobre su etimología, parece que el carácter zhái se compone a su vez de los caracteres “tejado” y “brote”. Es una hermosa interpretación del concepto de hogar: un tejado bajo el que se pueden echar raíces y crecer hacia la luz.

El espacio de Tindaya estaría abierto a la luz del Sol y de la Luna, símbolos ancestrales de los principios masculino y femenino que operan en la naturaleza humana liberada. Por otra parte, en el Dao, esos principios masculino y femenino se simbolizan con el Cielo y la Tierra. Así pues, la Tierra en la que hunde sus raíces la planta de , zhái, y el Cielo hacia el que se eleva son esos mismos Sol y Luna cuya luz Chillida quería que iluminara su hueco dentro de la montaña: El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente... La montaña vacía de Tindaya sería por tanto una casa donde la naturaleza humana podría crecer y unificar los principios masculino y femenino, en unidad con todo lo que existe.

Pero es que además hay otros sentidos de zhái encajan perfectamente con la intención de Chillida de crear un “lugar de encuentro de los hombres”: además de “residencia”, zhái significa “vivienda”, “casa”… y “tumba”.

¿Tumba…? ¡Pues claro! Volviendo al Dharma, para ser una residencia abierta a todos, uno primero tiene que convertirse en tumba de las identidades y la dualidad. Hay que hacerle sitio al mundo y desprenderse de lo viejo que estorba antes de abrirse a lo nuevo.

Además, este mismo carácter aparece en , zhuì zhè, que denota el cuerpo humano en sentido físico. Y, como dijo el Buda, “dentro de este cuerpo mismo, mortal como es y de apenas seis pies de largo, os declaro que están el mundo y el origen del mundo, la cesación del mundo y asimismo el camino que lleva a su cesación”. Hay liberación (o vaciamiento) porque hay cuerpo; y por esa misma razón hay encuentro con los demás.

Al final, se haga o no el proyecto de Tindaya según lo soñó Chillida, personalmente lo adopto como otra guía más en el camino del Dharma. Suena raro, y quizá mental, pero desde hoy aspiro a ser una Tindaya ambulante. Y animo a todos, Shanes y demás, a convertirnos en montañas huecas para crear una gran cordillera de la verdadera naturaleza humana recuperada –un espacio abierto, libre e imparcial donde respire sin trabas este magnífico mundo de ilusiones y toda la vida que contiene.

sábado, 24 de julio de 2010

Meditación bajo los cedros



Ayer, esperando a un amigo bajo los cedros, me preguntaba de dónde salía esa sensación de estar en casa junto a los árboles.

En Can Catarí tengo la suerte de estar cerca de la enseñanza del Dharma y rodeado de naturaleza. Son dos cosas que van tan bien juntas que en realidad se acompañan y refuerzan la una a la otra.

Pero aquí en la ciudad las cosas son distintas, porque falta el “hervor” de la enseñanza. En estas circunstancias, la naturaleza se convierte en un refugio reconfortante, pero también me recuerda que en cierto sentido aún estoy “cojo”.

Miro hacia las ramas y las copas de los grandes árboles y siento que, al ser tal como son y vivir como viven, están hablando el mismo lenguaje inmemorial que hablaron sus antecesores desde la noche de los tiempos.

Miro los pájaros que revolotean en el aire dorado del atardecer y los perros que corretean por la pradera oliéndolo todo mientras ignoran las llamadas perentorias de sus amos, y sé que participan en la misma conversación que los cedros, los chopos y la hierba.

Pero luego miro al parque y sus jardines cuidadosamente diseñados y veo la obra de mentes humanas, con su afán por el orden y las formas nítidas, alejadas de la unidad con la fuerza primordial que ha producido toda esta vida. Incluso en el macizo más encantador de pensamientos arremolinados en torno a un abeto noto cierta violencia hacia el Dao natural.

Y entonces me miro a mí mismo y me veo… ¿cómo? A medio camino entre una y otra orilla… dejando atrás la llave paralizante de la mente cuadriculada y aprendiendo el lenguaje/no-lenguaje de la pura experiencia de estar vivo y ser uno con todo lo que vive.

Algún día, espero, sabré ese idioma. Por ahora, sigo trabajando con las torpes, torpes palabras humanas... y mirando más allá, hacia lo que asoma en el horizonte... bajo los cedros, entre las hierbas, en la luz de un atardecer de oro.

lunes, 12 de abril de 2010

Captar la vida al vuelo


Al hilo de la entrada anterior sobre la costumbre de disecar animales como trofeos, recuerdo que el Huahujing dice:


El Dao hace surgir todas las formas, pero él mismo no tiene forma.
Si intentas representar su imagen en tu mente, lo perderás.
Es como clavar una mariposa con un alfiler: se capta la cáscara, pero se pierde el vuelo.
¿Por qué no contentarse simplemente con vivirlo?


Podemos probar a contestar esa pregunta: ¿por qué no nos contentamos los humanos con simplemente vivir la unidad de toda la vida en vez de coleccionar cadáveres como tristes testimonios de nuestra incapacidad de conectar ella?


El caso de los animales disecados es un ejemplo extremo, pero la misma “desconexión” puede explicar por qué maltratamos a mascotas o hacemos bonsais –dos ejemplos de violencia humana más o menos sutil contra las condiciones naturales que sustentan a algunos organismos vivos de este planeta.


Desde la perspectiva del Dharma, la respuesta es clara: porque nos hemos acostumbrado a acumular cosas para mitigar nuestra sensación de inseguridad y sinsentido vital, estamos poseídos por la inercia del menor esfuerzo, y además nos sentimos con derecho a despreciar y violar la naturaleza y desarrollo natural de todo lo que no encaje con nuestras estrechas miras y proyectos. ¿O es que no somos los amos y señores de la creación?


El resultado es que, estando como estamos, “simplemente” vivir esa experiencia de unidad no parece nada simple... pero nada en absoluto. Así que nos echamos otra vez en brazos de nuestros hábitos malsanos, con mala conciencia quizá, pero sin una idea clara de cuáles pueden ser las alternativas.


En el fondo, ¿no es esa añorada cercanía a la vida natural lo que explica la costumbre humana de domesticar a ciertos seres vivos para que nos hagan compañía? ¿Estamos seguros de que, al hacerlo, estamos respetando de verdad la naturaleza del animal o de la planta en cuestión? Lo contrario equivaldría a tomar rehenes de la naturaleza para satisfacer carencias propias, cuando mejor podríamos resolver esa carencia yendo a sus causas, en vez de coleccionando sucedáneos paliativos.


Lo asombroso de verdad es que, a pesar de todas las tropelías que hemos cometido y seguimos cometiendo contra ella, la naturaleza sigue ofreciéndonos sus puertas abiertas. Sólo hace falta tener la suficiente humildad para reconocer las raíces comunes que nos unen con toda la vida del planeta. Nuestro potencial es entrar en comunión con ella, atravesando su desconcertante revoltijo de supervivencia y muerte, creación y destrucción, aparente crueldad, indiferencia y falta de sentido, para sentir su fuerza pura de modo que nos transforme en custodios y guardianes de toda la vida, sean cuales sean sus formas.


PD: Sé que esta entrada me ha salido muy cognitiva, pero la envío de todas formas como muestra de las dificultades que estoy teniendo para encontrarle el punto a las prácticas de Shén.


A veces tengo la impresión de que este blog es como una herida purulenta: al abrirla, primero sale el pus cognitivo, pero mi esperanza es que la sangre de las experiencias no cognitivas que vaya saliendo luego lave la herida y favorezca la curación correcta.