martes, 1 de febrero de 2011
Montaña vacía
jueves, 23 de diciembre de 2010
Un destello familiar
domingo, 10 de octubre de 2010
¿Ballenas antropomorfas? ¡No, gracias!
¿Cómo no estar de acuerdo con ella?
sábado, 24 de julio de 2010
Meditación bajo los cedros
viernes, 28 de mayo de 2010
La red de Indra
Esta idea de que no hay seres individuales, porque la separación entre unos y otros es una ilusión, es un aroma constante en las enseñanzas del Mahayana. Sin embargo, no es fácil procesarla e integrarla en la meditación, porque para ello hace falta abstraerse de lo que experimentamos, de la evidencia de que las cosas son tal cual las percibimos, para abrirse a otra dimensión que se mantiene oculta detrás de las apariencias –y no sólo oculta en el espacio sino también en el tiempo.
De hecho, en las contemplaciones del Celo y, sobre todo, de Shén, estamos abriéndonos al contacto con experiencias atávicas que no son “nuestras” en sentido estricto, pero tampoco son ajenas del todo, ya que podemos evocarlas desde dentro de nuestra mente. Es cierto que ese contacto con las experiencias latentes en la mente puede resultar esquivo e impredecible, pero al final la propia ambigüedad entre lo que es “mío” y lo que es “de la especie”, por así decirlo, socava aún más cualquier noción de que “yo” sea una persona individual, con una esencia sustancial y duradera. Para mí, la imagen que mejor lo explica es la red de Indra:
Muy lejos, en la morada celeste del gran dios Indra, hay una red maravillosa que ha sido colgada por algún ingenioso artífice de tal modo que se extiende indefinidamente en todas las direcciones. De acuerdo con los suntuosos gustos de las deidades, el artífice ha colgado una joya brillante en cada “ojo” de la red, y como la red es infinita en todas las direcciones, las joyas son infinitas en número. Allí cuelgan las joyas, brillando como estrellas de primera magnitud, en una vista maravillosa de contemplar. Si ahora elegimos al azar una de estas joyas para inspeccionarla y la miramos de cerca, descubriremos que en su pulida superficie se reflejan todas las otras joyas de la red, infinitas en número. No sólo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya refleja a su vez todas las demás joyas, de suerte que se produce un proceso de reflexión infinito.
Si sustituimos las joyas por experiencias humanas que resuenan y se comunican unas con otras (como ocurre en la práctica), diría que así es como me siento tras las contemplaciones: suspendido en un espacio-tiempo infinito, implicado en una malla impersonal de ilusiones que surgen, se alimentan mutuamente y se multiplican sin cuento, insustancial en el fondo pero infinitamente acompañado… de camino a experimentar la propia “flotación” de esa red sin identificarme con ninguna de sus partes.
viernes, 21 de mayo de 2010
Ruiseñores psicotrópicos
lunes, 10 de mayo de 2010
A beber, que son dos días
lunes, 12 de abril de 2010
Captar la vida al vuelo

Al hilo de la entrada anterior sobre la costumbre de disecar animales como trofeos, recuerdo que el Huahujing dice:
El Dao hace surgir todas las formas, pero él mismo no tiene forma.
Si intentas representar su imagen en tu mente, lo perderás.
Es como clavar una mariposa con un alfiler: se capta la cáscara, pero se pierde el vuelo.
¿Por qué no contentarse simplemente con vivirlo?
Podemos probar a contestar esa pregunta: ¿por qué no nos contentamos los humanos con simplemente vivir la unidad de toda la vida en vez de coleccionar cadáveres como tristes testimonios de nuestra incapacidad de conectar ella?
El caso de los animales disecados es un ejemplo extremo, pero la misma “desconexión” puede explicar por qué maltratamos a mascotas o hacemos bonsais –dos ejemplos de violencia humana más o menos sutil contra las condiciones naturales que sustentan a algunos organismos vivos de este planeta.
Desde la perspectiva del Dharma, la respuesta es clara: porque nos hemos acostumbrado a acumular cosas para mitigar nuestra sensación de inseguridad y sinsentido vital, estamos poseídos por la inercia del menor esfuerzo, y además nos sentimos con derecho a despreciar y violar la naturaleza y desarrollo natural de todo lo que no encaje con nuestras estrechas miras y proyectos. ¿O es que no somos los amos y señores de la creación?
El resultado es que, estando como estamos, “simplemente” vivir esa experiencia de unidad no parece nada simple... pero nada en absoluto. Así que nos echamos otra vez en brazos de nuestros hábitos malsanos, con mala conciencia quizá, pero sin una idea clara de cuáles pueden ser las alternativas.
En el fondo, ¿no es esa añorada cercanía a la vida natural lo que explica la costumbre humana de domesticar a ciertos seres vivos para que nos hagan compañía? ¿Estamos seguros de que, al hacerlo, estamos respetando de verdad la naturaleza del animal o de la planta en cuestión? Lo contrario equivaldría a tomar rehenes de la naturaleza para satisfacer carencias propias, cuando mejor podríamos resolver esa carencia yendo a sus causas, en vez de coleccionando sucedáneos paliativos.
Lo asombroso de verdad es que, a pesar de todas las tropelías que hemos cometido y seguimos cometiendo contra ella, la naturaleza sigue ofreciéndonos sus puertas abiertas. Sólo hace falta tener la suficiente humildad para reconocer las raíces comunes que nos unen con toda la vida del planeta. Nuestro potencial es entrar en comunión con ella, atravesando su desconcertante revoltijo de supervivencia y muerte, creación y destrucción, aparente crueldad, indiferencia y falta de sentido, para sentir su fuerza pura de modo que nos transforme en custodios y guardianes de toda la vida, sean cuales sean sus formas.
PD: Sé que esta entrada me ha salido muy cognitiva, pero la envío de todas formas como muestra de las dificultades que estoy teniendo para encontrarle el punto a las prácticas de Shén.
A veces tengo la impresión de que este blog es como una herida purulenta: al abrirla, primero sale el pus cognitivo, pero mi esperanza es que la sangre de las experiencias no cognitivas que vaya saliendo luego lave la herida y favorezca la curación correcta.






