Mostrando entradas con la etiqueta Dharma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dharma. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de febrero de 2011

Montaña vacía

Recupero para el blog un texto de 1996 del escultor Eduardo Chillida sobre un proyecto suyo que nunca se llevó a cabo:

Hace años tuve una intuición que, sinceramente, creí utópica. Dentro de una montaña, crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia.

Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad. La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada. El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente...

El apoyo dado por el Gobierno de Canarias a la idea escultórica reforzó mi ilusión. Creí que la obra no suscitaría controversia en el pueblo canario, al que pensé donar la escultura y mi trabajo en ella. Pero he comprobado que el proyecto escultórico despierta en muchos resquemores y suspicacias imprevistos, una oposición difícil de evaluar ahora en su verdadera importancia, pero suficiente para mermar mi entusiasmo hasta desistir de la realización de la obra. Sin embargo, creo que sería muy positivo mostrar al pueblo canario y al mundo en una exposición de maquetas y dibujos lo que se pretendía hacer en Tindaya.

La escultura está concebida como un monumento a la tolerancia y es una obra para el pueblo canario. No deseo, pues, que sirva como elemento de división, y menos aún como piedra de escándalo arrojada en luchas políticas, que no comprendo y en las que no deseo verme envuelto.

Solo me interesa el debate artístico, que, lamentablemente, no se ha producido. No he oído ni leído ninguna crítica desfavorable de la escultura que haya sido realizada por alguien que verdaderamente conozca el proyecto. Pero sé que algunas personas que lo desconocen han afirmado que la obra destrozaría la montaña, cuando mi obra lo que quería era salvarla.

Quizá la utopía no pueda ser nunca realidad. Quizá otros lo consigan en otro lugar. O quizá la escultura, ese espacio amplio y profundo, accesible a la luz del Sol y de la Luna, lugar de encuentro de los hombres, pueda llegar al corazón de la montaña sagrada de Tindaya.

¿Por qué lo traigo a colación aquí, en un blog budista? No porque ahora parezca cobrar fuerza la posibilidad de reemprender el proyecto; es más bien porque la idea-semilla que lo inspiró, el vaciamiento interno, guarda una asombrosa semejanza con el camino del Dharma.

A partir de ahora, a quien me pregunte a qué **** nos dedicamos en el Dharma, le contestaré con otra pregunta: “¿Conoces el proyecto de Chillida en Tindaya? Pues eso”.

Así es, con una diferencia importante: que, en nuestra práctica, somos cada uno de nosotros los que nos vaciamos. En cierto sentido, cada uno es una montaña que se va excavando a sí misma para liberar un espacio interior.

¿Y de qué nos vaciamos? Primero, de piedras sueltas –esto es, las identidades, esos complejos de impulsos subliminales que han estado parasitando desde que nacimos nuestros procesos viscerales, emocionales y mentales, mediante los que nos relacionamos con el mundo y con los demás. Hay que sacar todos esos trastos viejos y ese equipaje radioactivo. Luego, nos ocupamos de la roca más firme y recalcitrante: la creencia subconsciente en la realidad separada y permanente de todas las cosas que los budistas llaman ignorancia (avidya) y nosotros, dualidad.

Nuestras herramientas para ese trabajo de minería interna son las enseñanzas, la meditación y la observación aplicada en el día a día. No es fácil, pero es fascinante a su manera.

Igual que en Tindaya, si conseguimos “excavarnos” a nosotros mismos, crearemos en nosotros un espacio libre y liberador donde acoger limpiamente y sin distorsiones al mundo y a los demás. Así, en virtud de nuestro vaciamiento, ese espacio podría ser una auténtica casa para todos, desde el más humilde hasta el más poderoso en apariencia… un lugar donde todos puedan sentirse bienvenidos por igual y reconciliarse con su dimensión humana común. ¡Qué bien se estaría ahí!

Pero hay más, porque esta conexión con el concepto de espacio compartido nos lleva, dando un rodeo inesperado, a la antigua China. Hay un vínculo muy interesante entre estas ideas de Chillida y el idioma chino –un ejemplo quizá del tipo de encuentro intuitivo, aunque virtual, que él quería ofrecer a sus hermanos humanos.

Me pregunto si Chillida tenía conocimiento del carácter chino , zhái, “residencia”, que muestra paralelismos insospechados con su proyecto de Tindaya.

Para empezar, según el estilo caligráfico que se use para escribirlo, zhái puede recordar algunos grabados del artista vasco, como en el segundo de estos ejemplos:
Aunque no hay consenso sobre su etimología, parece que el carácter zhái se compone a su vez de los caracteres “tejado” y “brote”. Es una hermosa interpretación del concepto de hogar: un tejado bajo el que se pueden echar raíces y crecer hacia la luz.

El espacio de Tindaya estaría abierto a la luz del Sol y de la Luna, símbolos ancestrales de los principios masculino y femenino que operan en la naturaleza humana liberada. Por otra parte, en el Dao, esos principios masculino y femenino se simbolizan con el Cielo y la Tierra. Así pues, la Tierra en la que hunde sus raíces la planta de , zhái, y el Cielo hacia el que se eleva son esos mismos Sol y Luna cuya luz Chillida quería que iluminara su hueco dentro de la montaña: El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente... La montaña vacía de Tindaya sería por tanto una casa donde la naturaleza humana podría crecer y unificar los principios masculino y femenino, en unidad con todo lo que existe.

Pero es que además hay otros sentidos de zhái encajan perfectamente con la intención de Chillida de crear un “lugar de encuentro de los hombres”: además de “residencia”, zhái significa “vivienda”, “casa”… y “tumba”.

¿Tumba…? ¡Pues claro! Volviendo al Dharma, para ser una residencia abierta a todos, uno primero tiene que convertirse en tumba de las identidades y la dualidad. Hay que hacerle sitio al mundo y desprenderse de lo viejo que estorba antes de abrirse a lo nuevo.

Además, este mismo carácter aparece en , zhuì zhè, que denota el cuerpo humano en sentido físico. Y, como dijo el Buda, “dentro de este cuerpo mismo, mortal como es y de apenas seis pies de largo, os declaro que están el mundo y el origen del mundo, la cesación del mundo y asimismo el camino que lleva a su cesación”. Hay liberación (o vaciamiento) porque hay cuerpo; y por esa misma razón hay encuentro con los demás.

Al final, se haga o no el proyecto de Tindaya según lo soñó Chillida, personalmente lo adopto como otra guía más en el camino del Dharma. Suena raro, y quizá mental, pero desde hoy aspiro a ser una Tindaya ambulante. Y animo a todos, Shanes y demás, a convertirnos en montañas huecas para crear una gran cordillera de la verdadera naturaleza humana recuperada –un espacio abierto, libre e imparcial donde respire sin trabas este magnífico mundo de ilusiones y toda la vida que contiene.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Un destello familiar

Caminaba por la calle, hablando por el móvil, cuando de repente me adelantaron dos mujeres que paseaban a una perra con una correa.

La perra, una especie de pastor alemán de color pardo, pasó junto a mí. En ese momento pisé, levanté el pie y algo se movió debajo de mi bota. La perra giró levemente la cabeza para fijarse en lo que había ahí –un cartón de color que parecía una seta aplastada– y luego siguió su camino sin detenerse ni mirar hacia atrás.

Solo en ese gesto de mirar y desechar noté una cercanía con esa perra que me hizo sonreír, como si me hubiera mostrado sin querer lo que explican las enseñanzas –en este caso, la clara comprensión en acción, como un fogonazo que se va tan rápido como viene. Limpio. Sin residuos. Abierto a lo siguiente que provoque su reacción.

Para mí es indudable que en nuestras ciudades, y a pesar de las locuras de sus amos, estos animales aportan con su conducta el ejemplo más cercano al Dharma en acción.

Algunos conocidos míos se sorprenden o incluso se molestan conmigo cuando insisto, a veces con ánimo de sacarlos de su complacencia aunque sea escandalizando, en que son seres superiores.

Aquí, en la jungla de asfalto, son maestros involuntarios del Dharma. Y sin decir una sola palabra de más.

domingo, 10 de octubre de 2010

¿Ballenas antropomorfas? ¡No, gracias!


Hoy voy a hacer trampas: me voy a apoyar en un texto que he leído en prensa para escribir la entrada. El artículo trata sobre las ballenas y la fascinación que ejercen sobre los humanos.

Aunque mi contacto con estos cetáceos se limita a contemplar sus chorros de agua desde la costa norte de California y a escuchar de niño sus cantos grabados en unos discos de plástico flexible que incluía entre sus páginas la revista National Geographic allá por los años ’70, algunas de las cosas que dice me resuenan:

Contemplar una ballena es, en el fondo, asomarse al misterio de la vida: es un ser incomprensible y a la vez cercano, nos causa una enorme emoción sin llegar a entender muy bien por qué, y sabemos que nunca olvidaremos el momento en el que, por primera vez, escuchamos sus sonidos, vimos cómo su chorro de agua surgía del mar y percibimos su lomo o su frente salir por unos instantes del agua.

Sin embargo, son otras reflexiones las que me chocan, porque representan una postura sobre los animales muy común en nuestra sociedad; probablemente, yo mismo no andaba demasiado lejos de esas ideas antes de embarcarme en el camino del Dharma, que en realidad es un camino de comunión con la fuerza de la vida.

Desde mi punto de vista, la actitud que traslucen estas palabras a pesar de toda su aparente reverencia hacia las ballenas es prácticamente una garantía de que nunca podremos entrar en unidad real con ellas ni con ningún otro ser sintiente:

Hoare describe muy bien la impresión que provoca contemplar ese inmenso animal. “Es difícil no referirse a las ballenas en términos románticos”, escribe. “He visto a hombres adultos romper a llorar al ver su primera ballena. Y aunque es un error antropomorfizar a los animales, sólo por el hecho de que sean grandes o pequeños o monos o inteligentes, es propio de los humanos hacerlo, porque nosotros lo somos y ellos no. Es la única forma de alcanzar a comprenderlos”.

Esa última frase es la que me hace saltar, primero con incredulidad. ¿Cómo sabe el autor que “antropomorfizar a los animales es la única forma de alcanzar a comprenderlos”? ¿Cuántas otras maneras ha probado? Y, si ha probado varias que no han funcionado, ¿está seguro de que es porque son equivocadas y no porque simplemente las aplicó mal?

Pero, dejando eso de lado, lo que más me chirría es la proposición de proyectar nuestra humanidad sobre los demás seres vivos para comprenderlos.

Para empezar, proyectar no parece una buena manera de entender nada; al contrario, parece más bien una manera de mirarnos en el espejo. Y eso, sin contar con que la humanidad que proyectamos seguramente estará manchada por nuestra identidad –enfermedad que, curiosamente, las ballenas no tienen.

En ese caso, si las hacemos humanas, ¿las estamos apreciando o rebajando con nuestras proyecciones?

¿Qué hay de entender a las plantas y animales en sus propios términos? Esa proyección me recuerda a los argumentos bienintencionados pero miopes de quienes proponen extender los derechos humanos a los simios superiores en función de cuánto se parece su sistema nervioso al humano. ¿No tiene toda vida una dignidad inherente, con independencia de su semejanza o su utilidad para nosotros? ¿Acaso la vida de los demás seres sólo es valiosa en la medida en que se parece a la nuestra? Qué arrogancia y qué cortedad de miras. Si esos son los argumentos de los amantes de los animales… ¡menudo favor les estamos haciendo!

Afortunadamente, el camino del Dharma abre nuevas posibilidades en esta aventura en la que nos acompañan las amenazadas plantas y animales de este planeta: el potencial de abrir y desplegar la fuerza de la vida que compartimos con ellos y ser los guardianes y custodios que favorezcan la continuidad de la vida en toda su diversidad, más allá de los individuos particulares de cada especie, incluida la nuestra.

Ahí sí vislumbro una verdadera comprensión y unión con la vida y todos sus representantes, desde las majestuosas ballenas hasta el musgo más aparentemente insignificante.

Para eso, hará falta que dejemos de proyectar nuestras manchas de identidad sobre los animales… y también sobre nosotros mismos. Buen trabajo tenemos por delante.

Como parece decir la ballena de la foto al despedirse con su cola, “¡Antropomorfizaos vosotros! A mí dejadme en paz”. 


¿Cómo no estar de acuerdo con ella?

sábado, 24 de julio de 2010

Meditación bajo los cedros



Ayer, esperando a un amigo bajo los cedros, me preguntaba de dónde salía esa sensación de estar en casa junto a los árboles.

En Can Catarí tengo la suerte de estar cerca de la enseñanza del Dharma y rodeado de naturaleza. Son dos cosas que van tan bien juntas que en realidad se acompañan y refuerzan la una a la otra.

Pero aquí en la ciudad las cosas son distintas, porque falta el “hervor” de la enseñanza. En estas circunstancias, la naturaleza se convierte en un refugio reconfortante, pero también me recuerda que en cierto sentido aún estoy “cojo”.

Miro hacia las ramas y las copas de los grandes árboles y siento que, al ser tal como son y vivir como viven, están hablando el mismo lenguaje inmemorial que hablaron sus antecesores desde la noche de los tiempos.

Miro los pájaros que revolotean en el aire dorado del atardecer y los perros que corretean por la pradera oliéndolo todo mientras ignoran las llamadas perentorias de sus amos, y sé que participan en la misma conversación que los cedros, los chopos y la hierba.

Pero luego miro al parque y sus jardines cuidadosamente diseñados y veo la obra de mentes humanas, con su afán por el orden y las formas nítidas, alejadas de la unidad con la fuerza primordial que ha producido toda esta vida. Incluso en el macizo más encantador de pensamientos arremolinados en torno a un abeto noto cierta violencia hacia el Dao natural.

Y entonces me miro a mí mismo y me veo… ¿cómo? A medio camino entre una y otra orilla… dejando atrás la llave paralizante de la mente cuadriculada y aprendiendo el lenguaje/no-lenguaje de la pura experiencia de estar vivo y ser uno con todo lo que vive.

Algún día, espero, sabré ese idioma. Por ahora, sigo trabajando con las torpes, torpes palabras humanas... y mirando más allá, hacia lo que asoma en el horizonte... bajo los cedros, entre las hierbas, en la luz de un atardecer de oro.

viernes, 28 de mayo de 2010

La red de Indra

En el Dharma, llega con suerte un momento en las prácticas en el que te queda claro por fin que no te estás ocupando de tu conciencia individual, con todos los contenidos específicos de tu biografía. Entonces la práctica cobra una dimensión mucho más profunda, porque de verdad sientes que al dedicarte a ella estás llevando de la mano sutilmente a todos los demás por el mismo camino. Ya no caminas solo por el ancho mundo.

Esta idea de que no hay seres individuales, porque la separación entre unos y otros es una ilusión, es un aroma constante en las enseñanzas del Mahayana. Sin embargo, no es fácil procesarla e integrarla en la meditación, porque para ello hace falta abstraerse de lo que experimentamos, de la evidencia de que las cosas son tal cual las percibimos, para abrirse a otra dimensión que se mantiene oculta detrás de las apariencias –y no sólo oculta en el espacio sino también en el tiempo.

De hecho, en las contemplaciones del Celo y, sobre todo, de Shén, estamos abriéndonos al contacto con experiencias atávicas que no son “nuestras” en sentido estricto, pero tampoco son ajenas del todo, ya que podemos evocarlas desde dentro de nuestra mente. Es cierto que ese contacto con las experiencias latentes en la mente puede resultar esquivo e impredecible, pero al final la propia ambigüedad entre lo que es “mío” y lo que es “de la especie”, por así decirlo, socava aún más cualquier noción de que “yo” sea una persona individual, con una esencia sustancial y duradera. Para mí, la imagen que mejor lo explica es la red de Indra:

Muy lejos, en la morada celeste del gran dios Indra, hay una red maravillosa que ha sido colgada por algún ingenioso artífice de tal modo que se extiende indefinidamente en todas las direcciones. De acuerdo con los suntuosos gustos de las deidades, el artífice ha colgado una joya brillante en cada “ojo” de la red, y como la red es infinita en todas las direcciones, las joyas son infinitas en número. Allí cuelgan las joyas, brillando como estrellas de primera magnitud, en una vista maravillosa de contemplar. Si ahora elegimos al azar una de estas joyas para inspeccionarla y la miramos de cerca, descubriremos que en su pulida superficie se reflejan todas las otras joyas de la red, infinitas en número. No sólo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya refleja a su vez todas las demás joyas, de suerte que se produce un proceso de reflexión infinito.

Si sustituimos las joyas por experiencias humanas que resuenan y se comunican unas con otras (como ocurre en la práctica), diría que así es como me siento tras las contemplaciones: suspendido en un espacio-tiempo infinito, implicado en una malla impersonal de ilusiones que surgen, se alimentan mutuamente y se multiplican sin cuento, insustancial en el fondo pero infinitamente acompañado… de camino a experimentar la propia “flotación” de esa red sin identificarme con ninguna de sus partes.

viernes, 21 de mayo de 2010

Ruiseñores psicotrópicos


Uno de los beneficios colaterales de vivir en Can Catarí es oír los cantos de los ruiseñores en primavera. Al oírlos a todas horas, mañana, tarde y noche, uno tiene tiempo de empaparse de esa música lo suficiente para dejar atrás su melodía e ir más allá, a las raíces de donde brota el canto. Es una práctica que tiene algo de mágico, casi como un viaje psicodélico, pero os aseguro que no me he “metido” nada para realizarla aparte de las meditaciones del Dharma.

¿Qué tiene el canto del ruiseñor, que tan revelador me resulta? Aparte de la literatura que lo celebra, yo sólo conocía de oídas su reputación como cantor, y no ha sido hasta hace poco, al oírlo en vivo una y otra vez, cuando he entendido lo que de verdad me sugiere esta criatura como ningún otro pájaro, que yo sepa.

Es cierto que ya conocía el canto del mirlo, que anuncia la llegada de la primavera en la meseta con un canto algo más sobrio y denso, que recuerda a la sonoridad del clarinete. Pero, por algún motivo, por mucho que lo disfrute, no tiene los mismos efectos sobre mí. Sólo ahora me he dado cuenta de lo que me estaba perdiendo sin ruiseñores en mi vida.

No se trata del mero placer estético de oír sus inverosímiles cabriolas vocales –silbidos, trinos y gorjeos que se suceden en una gloriosa anarquía. Tampoco se debe a la agradable asociación con la oscuridad y frescura de estas noches de mediados de mayo que ya invitan a quedarse al aire libre, después del invierno largo y riguroso, y simplemente escuchar a cielo abierto, bajo la inmensa cúpula de las estrellas, esas voces que cobran mayor relieve ante el silencio reinante por doquier.

Es algo más sutil que detecto en esas arias imprevisibles, como al trasluz de sus notas: un cantor fundido con su canto, como si fuera un surfista montado en la cresta de una ola que se va desplegando ante él sin que sepa, de un momento a otro, por dónde va a romper… Un cantor que se disuelve en el canto y le cede el poder, pero aún retiene suficiente conciencia para asombrarse ante lo que está pasando…

Ése parece ser el secreto del ruiseñor: la pura experiencia del canto vivida como una sorpresa constante, sin plan ni proyecto, que responde al impulso natural de cada momento sin detenerse en ello, sino sumando a esa corriente que fluye desde dentro el asombro ante sus resultados… asombro que a su vez refresca e impulsa el canto hacia delante en un bucle gozoso. El canto se canta sin cantor alguno. Qué maravilla.

Así que ahora puedo responder a la pregunta que me hacía para empezar: ¿qué es lo que me conmueve del canto del ruiseñor?

Si dijera que es la ausencia de cálculo y de identidad, sería verdad, aunque sólo en parte.

Lo mismo ocurriría si afirmara que me resuena profundamente porque es una demostración práctica del Dharma natural.

En el fondo, lo que me conmueve del canto del ruiseñor es lo que sugiere: el aroma de cómo puede ser la experiencia de la mente pura liberada de su esclavitud cognitiva.

Todo esto me enseñan los ruiseñores sin intentarlo ni quererlo, sin ni siquiera darse cuenta. Ni falta que les hace. ¡Bendita ignorancia la que rinde estos frutos!

lunes, 10 de mayo de 2010

A beber, que son dos días

Hace un instante, mientras subía la escalera al segundo piso de Can Catarí Nou, me he dado cuenta de que estaba sonriendo de oreja a oreja. ¿Por qué? En primera instancia, porque oía a dos de nuestros perros, Apolo y Lluna, bebiendo agua al alimón con alegre chapoteo. Así de sencillo, y así de tonto. Pero hay algo más.

Los dos acababan de entrar en casa de nuevo después de una inesperada correría de medianoche. En medio de la paz nocturna, cuando se supone que todos duermen ya, se habían puesto a ladrar agitadamente ante la puerta. Bajé, pensando que probablemente estaban ladrando por la presencia de jabalíes en el pequeño bosque que bordea la masía.

Era natural que quisieran defender su territorio, ¿no?, así que les abrí la puerta y ambos salieron disparados hacia fuera.

Yo les seguí con más calma. Hacía una noche maravillosa, con una tenue neblina húmeda pegada al suelo por la lluvia caída esta tarde bajo un cielo despejado en el que se divisaban con nitidez las estrellas. Olía a tierra mojada y a champiñones o algo similar, desenterrado quizá por los jabalíes.

Apolo desapareció cojeando entre la bruma irisada por un farol, olvidándose de su apatía de hoy y del dolor de su pata trasera; mientras tanto, en la oscuridad se oían los cascabeles de Lluna en medio de la espesura, asegurándose de que ningún jabalí invasor quedara impune. Por el silencio estaba claro que ni siquiera llegó a haber una escaramuza, pero ambos estaban totalmente volcados en su misión de intercepción, cada uno a su manera, así que los dejé estar.

Confiando en nuestros perros, me volví adentro, permitiendo que ellos dos también ejercieran sus funciones de guardianes y guerreros del Dharma. Me cepillé los dientes y al salir del baño ahí estaban en el cuarto de estar, lamiendo con estrépito unísono el agua de los baldes, casi diría que con la satisfacción del deber cumplido. Pasé de largo, apagué la luz, subí las escaleras, y ahí seguían, dale que te pego con el agua.

Eso, la alegría de ver la naturalidad de sus acciones, fue lo que me provocó la sonrisa: ladrar a deshoras, salir corriendo con entusiasmo a perseguir sombras olvidándose de que uno está cojo, volver a casa cuando quieren ellos y no yo, beber ya esté la luz encendida o apagada... qué libertad.

Amigos Shanes, no os preocupéis por nosotros: con Apolo y Lluna, estamos en buenas zarpas. Son maestros involuntarios a todas horas y nos protegen celosamente del jabalí de la ignorancia de nuestra propia fuerza natural, siempre que estemos dispuestos a abrirles la puerta de nuestra mente-corazón.

lunes, 12 de abril de 2010

Captar la vida al vuelo


Al hilo de la entrada anterior sobre la costumbre de disecar animales como trofeos, recuerdo que el Huahujing dice:


El Dao hace surgir todas las formas, pero él mismo no tiene forma.
Si intentas representar su imagen en tu mente, lo perderás.
Es como clavar una mariposa con un alfiler: se capta la cáscara, pero se pierde el vuelo.
¿Por qué no contentarse simplemente con vivirlo?


Podemos probar a contestar esa pregunta: ¿por qué no nos contentamos los humanos con simplemente vivir la unidad de toda la vida en vez de coleccionar cadáveres como tristes testimonios de nuestra incapacidad de conectar ella?


El caso de los animales disecados es un ejemplo extremo, pero la misma “desconexión” puede explicar por qué maltratamos a mascotas o hacemos bonsais –dos ejemplos de violencia humana más o menos sutil contra las condiciones naturales que sustentan a algunos organismos vivos de este planeta.


Desde la perspectiva del Dharma, la respuesta es clara: porque nos hemos acostumbrado a acumular cosas para mitigar nuestra sensación de inseguridad y sinsentido vital, estamos poseídos por la inercia del menor esfuerzo, y además nos sentimos con derecho a despreciar y violar la naturaleza y desarrollo natural de todo lo que no encaje con nuestras estrechas miras y proyectos. ¿O es que no somos los amos y señores de la creación?


El resultado es que, estando como estamos, “simplemente” vivir esa experiencia de unidad no parece nada simple... pero nada en absoluto. Así que nos echamos otra vez en brazos de nuestros hábitos malsanos, con mala conciencia quizá, pero sin una idea clara de cuáles pueden ser las alternativas.


En el fondo, ¿no es esa añorada cercanía a la vida natural lo que explica la costumbre humana de domesticar a ciertos seres vivos para que nos hagan compañía? ¿Estamos seguros de que, al hacerlo, estamos respetando de verdad la naturaleza del animal o de la planta en cuestión? Lo contrario equivaldría a tomar rehenes de la naturaleza para satisfacer carencias propias, cuando mejor podríamos resolver esa carencia yendo a sus causas, en vez de coleccionando sucedáneos paliativos.


Lo asombroso de verdad es que, a pesar de todas las tropelías que hemos cometido y seguimos cometiendo contra ella, la naturaleza sigue ofreciéndonos sus puertas abiertas. Sólo hace falta tener la suficiente humildad para reconocer las raíces comunes que nos unen con toda la vida del planeta. Nuestro potencial es entrar en comunión con ella, atravesando su desconcertante revoltijo de supervivencia y muerte, creación y destrucción, aparente crueldad, indiferencia y falta de sentido, para sentir su fuerza pura de modo que nos transforme en custodios y guardianes de toda la vida, sean cuales sean sus formas.


PD: Sé que esta entrada me ha salido muy cognitiva, pero la envío de todas formas como muestra de las dificultades que estoy teniendo para encontrarle el punto a las prácticas de Shén.


A veces tengo la impresión de que este blog es como una herida purulenta: al abrirla, primero sale el pus cognitivo, pero mi esperanza es que la sangre de las experiencias no cognitivas que vaya saliendo luego lave la herida y favorezca la curación correcta.