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martes, 13 de septiembre de 2011

Se siente como CR9

¿Hay alguna duda de quién sale ganando en este siniestro espectáculo público?

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/siento/Cristiano/Ronaldo/elpepusoc/20110913elpepusoc_2/Tes

Él (su identidad) se siente como Cristiano Ronaldo.

Él se siente como Dios.

Probablemente incluso sea capaz de ir a la iglesia y conmoverse ante el crucifijo que muestra a Jesucristo lanceado en el costado por un intrépido y noble soldado romano.

Y el toro... ¿qué siente?

Yo solo siento ganas de vomitar.

martes, 12 de abril de 2011

Mushotoku

He terminado de trabajar con cemento hace un rato cuando me he dado cuenta de una cosa: ahí, subido en una escalera, ocupado en algo que no es para mí y que igual no va a ser apreciado o ni siquiera usado por sus destinatarios finales (que son unos perros muy majos pero despreocupados), es cuando más cerca he estado últimamente de la propia naturaleza.

No es así solo porque estuviera al aire libre, soleándome bajo el cielo azul, rodeado del zumbido de las abejas y los cantos de los ruiseñores… Es porque en esa condición estaba más en sintonía que nunca con esos insectos y aves, con esos árboles y flores… simplemente, porque durante un rato he estado sin identidad –o casi.

Es curioso, pero parece que solo consigo desprenderme de esa identidad cuando hago las cosas con ese espíritu que en japonés se llama mushotoku –sin ánimo de lucro (esta expresión es una de las pocas cosas que me han quedado de mi paso por el Zen). 

Por ahora prácticamente todo lo que hago –desde ir al baño hasta dormir– sigue impregnado de esa peste; no creo que haya una sola acción o pensamiento diario donde me libere del todo de esa carga. Solo en el trabajo desinteresado en beneficio de otros encuentro ese espacio vacío y generoso donde puede respirar la no-identidad. Es un truco, sí, pero funciona por ahora y apunta en una dirección interesante.

Los animales, en cambio, son superiores, porque ellos sí son capaces de recolectar polen, por ejemplo, y hacerlo sin egoísmo de la identidad… o de cantar para aparearse solo con la propia naturaleza, sin interferencias de un “yo, mí, me, conmigo” que planea y calcula los beneficios que va a obtener.

A veces parece que la distancia que me separa de ellos es infinita... y a veces, parece que casi los puedo tocar con la punta de los dedos... siempre que no sean “mis dedos”.

Si todo esto parece complicado, las reclamaciones, por favor, a Adán y Eva. ¡En vaya lío nos metieron...! 

martes, 1 de febrero de 2011

Montaña vacía

Recupero para el blog un texto de 1996 del escultor Eduardo Chillida sobre un proyecto suyo que nunca se llevó a cabo:

Hace años tuve una intuición que, sinceramente, creí utópica. Dentro de una montaña, crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia.

Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad. La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada. El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente...

El apoyo dado por el Gobierno de Canarias a la idea escultórica reforzó mi ilusión. Creí que la obra no suscitaría controversia en el pueblo canario, al que pensé donar la escultura y mi trabajo en ella. Pero he comprobado que el proyecto escultórico despierta en muchos resquemores y suspicacias imprevistos, una oposición difícil de evaluar ahora en su verdadera importancia, pero suficiente para mermar mi entusiasmo hasta desistir de la realización de la obra. Sin embargo, creo que sería muy positivo mostrar al pueblo canario y al mundo en una exposición de maquetas y dibujos lo que se pretendía hacer en Tindaya.

La escultura está concebida como un monumento a la tolerancia y es una obra para el pueblo canario. No deseo, pues, que sirva como elemento de división, y menos aún como piedra de escándalo arrojada en luchas políticas, que no comprendo y en las que no deseo verme envuelto.

Solo me interesa el debate artístico, que, lamentablemente, no se ha producido. No he oído ni leído ninguna crítica desfavorable de la escultura que haya sido realizada por alguien que verdaderamente conozca el proyecto. Pero sé que algunas personas que lo desconocen han afirmado que la obra destrozaría la montaña, cuando mi obra lo que quería era salvarla.

Quizá la utopía no pueda ser nunca realidad. Quizá otros lo consigan en otro lugar. O quizá la escultura, ese espacio amplio y profundo, accesible a la luz del Sol y de la Luna, lugar de encuentro de los hombres, pueda llegar al corazón de la montaña sagrada de Tindaya.

¿Por qué lo traigo a colación aquí, en un blog budista? No porque ahora parezca cobrar fuerza la posibilidad de reemprender el proyecto; es más bien porque la idea-semilla que lo inspiró, el vaciamiento interno, guarda una asombrosa semejanza con el camino del Dharma.

A partir de ahora, a quien me pregunte a qué **** nos dedicamos en el Dharma, le contestaré con otra pregunta: “¿Conoces el proyecto de Chillida en Tindaya? Pues eso”.

Así es, con una diferencia importante: que, en nuestra práctica, somos cada uno de nosotros los que nos vaciamos. En cierto sentido, cada uno es una montaña que se va excavando a sí misma para liberar un espacio interior.

¿Y de qué nos vaciamos? Primero, de piedras sueltas –esto es, las identidades, esos complejos de impulsos subliminales que han estado parasitando desde que nacimos nuestros procesos viscerales, emocionales y mentales, mediante los que nos relacionamos con el mundo y con los demás. Hay que sacar todos esos trastos viejos y ese equipaje radioactivo. Luego, nos ocupamos de la roca más firme y recalcitrante: la creencia subconsciente en la realidad separada y permanente de todas las cosas que los budistas llaman ignorancia (avidya) y nosotros, dualidad.

Nuestras herramientas para ese trabajo de minería interna son las enseñanzas, la meditación y la observación aplicada en el día a día. No es fácil, pero es fascinante a su manera.

Igual que en Tindaya, si conseguimos “excavarnos” a nosotros mismos, crearemos en nosotros un espacio libre y liberador donde acoger limpiamente y sin distorsiones al mundo y a los demás. Así, en virtud de nuestro vaciamiento, ese espacio podría ser una auténtica casa para todos, desde el más humilde hasta el más poderoso en apariencia… un lugar donde todos puedan sentirse bienvenidos por igual y reconciliarse con su dimensión humana común. ¡Qué bien se estaría ahí!

Pero hay más, porque esta conexión con el concepto de espacio compartido nos lleva, dando un rodeo inesperado, a la antigua China. Hay un vínculo muy interesante entre estas ideas de Chillida y el idioma chino –un ejemplo quizá del tipo de encuentro intuitivo, aunque virtual, que él quería ofrecer a sus hermanos humanos.

Me pregunto si Chillida tenía conocimiento del carácter chino , zhái, “residencia”, que muestra paralelismos insospechados con su proyecto de Tindaya.

Para empezar, según el estilo caligráfico que se use para escribirlo, zhái puede recordar algunos grabados del artista vasco, como en el segundo de estos ejemplos:
Aunque no hay consenso sobre su etimología, parece que el carácter zhái se compone a su vez de los caracteres “tejado” y “brote”. Es una hermosa interpretación del concepto de hogar: un tejado bajo el que se pueden echar raíces y crecer hacia la luz.

El espacio de Tindaya estaría abierto a la luz del Sol y de la Luna, símbolos ancestrales de los principios masculino y femenino que operan en la naturaleza humana liberada. Por otra parte, en el Dao, esos principios masculino y femenino se simbolizan con el Cielo y la Tierra. Así pues, la Tierra en la que hunde sus raíces la planta de , zhái, y el Cielo hacia el que se eleva son esos mismos Sol y Luna cuya luz Chillida quería que iluminara su hueco dentro de la montaña: El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente... La montaña vacía de Tindaya sería por tanto una casa donde la naturaleza humana podría crecer y unificar los principios masculino y femenino, en unidad con todo lo que existe.

Pero es que además hay otros sentidos de zhái encajan perfectamente con la intención de Chillida de crear un “lugar de encuentro de los hombres”: además de “residencia”, zhái significa “vivienda”, “casa”… y “tumba”.

¿Tumba…? ¡Pues claro! Volviendo al Dharma, para ser una residencia abierta a todos, uno primero tiene que convertirse en tumba de las identidades y la dualidad. Hay que hacerle sitio al mundo y desprenderse de lo viejo que estorba antes de abrirse a lo nuevo.

Además, este mismo carácter aparece en , zhuì zhè, que denota el cuerpo humano en sentido físico. Y, como dijo el Buda, “dentro de este cuerpo mismo, mortal como es y de apenas seis pies de largo, os declaro que están el mundo y el origen del mundo, la cesación del mundo y asimismo el camino que lleva a su cesación”. Hay liberación (o vaciamiento) porque hay cuerpo; y por esa misma razón hay encuentro con los demás.

Al final, se haga o no el proyecto de Tindaya según lo soñó Chillida, personalmente lo adopto como otra guía más en el camino del Dharma. Suena raro, y quizá mental, pero desde hoy aspiro a ser una Tindaya ambulante. Y animo a todos, Shanes y demás, a convertirnos en montañas huecas para crear una gran cordillera de la verdadera naturaleza humana recuperada –un espacio abierto, libre e imparcial donde respire sin trabas este magnífico mundo de ilusiones y toda la vida que contiene.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Un refugio para Aire

Esta semana he recuperado algo que no sentía desde niño. Ha sido algo mágico, como recibir una visita de un amigo querido de la infancia cuya pista había perdido hace tiempo y comprobar que nuestra sintonía sigue intacta, como si no hubiese pasado el tiempo. Shanjiàn me ha sugerido que lo escriba en el blog y aquí está.

La “chispa” que lo provocó fue la caseta que construimos para Aire en la terraza que da al castell de Marmellar. Shanjiàn y yo habíamos hecho una especie de iglú para ella con bovedillas prefabricadas de hormigón: buena protección contra el viento y, con suerte, también contra la lluvia, pero casi nula contra el frío, que ahora ya empieza a notarse, sobre todo por la noche.

Sin deliberación por mi parte, el caso es que desde hace semanas me había estado rondando la cabeza la idea de acondicionar esta caseta para el invierno. Finalmente el viernes pasado, tras llevar a Shanjiàn y Sellva a Vilafranca, pasé por la ferretería y compré los materiales (planchas de poliespán aislante, tachas para sujetarlas a la pared, espuma fijadora y mortero) y el sábado me puse manos a la obra.

Como es habitual, una chapuza que parecía cuestión de un rato se acabó convirtiendo en un trabajo de varias horas, repartidas entre varios días; hoy le he dado la que creo que es la última capa de mortero. Pero no había disfrutado tanto en muchísimo tiempo, así que doy el esfuerzo por bien empleado incluso si Aire se niega a entrar nunca más en su nuevo búnker o si por cualquier otro motivo no llega a tener el uso que quise darle –y confieso que en algún momento incluso me puse en la piel de Milarepa, obligado por su maestro Marpa a erigir y derribar una y otra vez la misma estupa como antídoto frustrante para machacar su fuerte identidad. Por suerte, eso no ha ocurrido en mi caso (o al menos aún no); pero, pase lo que pase de ahora en adelante, puedo decir que la tarea ha sido su propia recompensa.

Mirando hacia atrás, me pregunto qué fue lo que suscitó ese sentimiento. Creo que había parte de exploración creativa, parte de afrontar y superar los pequeños problemas que se iban presentando en el proyecto, y parte de estar haciendo algo para otros y no para mí. En ese sentido, Aire en realidad no es sólo una pinscher alemana; es todos los perros y todos los seres vivos.

Se me ocurre ahora que la mejor descripción de la experiencia es que era de una gratuidad total –un individuo vestido estrafalariamente, ensimismado e integrado en su tarea en la terraza de una masía perdida en el monte en medio de ninguna parte, absolutamente feliz con esa aparente nimiedad y ajeno a todo lo demás mientras el mundo seguía dando vueltas al ritmo de su propia locura. Absurdo, sí, puede ser… pero también insuperable a su manera.

Creo que no me he sentido así desde que era un crío… Me recuerda a mis primeros paseos en bici, cuando sentía una libertad total y sólo deseaba que la tarde no acabara nunca para poder seguir montando y montando con mis amigos… sin rumbo ni propósito, sólo por el puro placer de montar… Ah, ¡qué hermosa era la vida entonces!… Ahora veo cuánto me he alejado de ella sin darme cuenta… De niño, sin ser nadie ni poseer nada, era el rey del mundo… hasta que lo cambié por un sucio plato de lentejas y me convertí en “alguien”, como esperaban de mí familia y sociedad.

Quién sabe si al reformar esta caseta como refugio para Aire no he encontrado de paso y sin ni siquiera sospecharlo una vía para reconectar con mi propia naturaleza y ponerla al abrigo de las inclemencias de las identidades, donde la he tenido malviviendo todos estos años; ésa es desde luego mi esperanza. Sería además una hermosa confirmación de que, como dijo Buda, “todo lo que les hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos”.



martes, 23 de noviembre de 2010

El albatros

Suelen, por divertirse, los mozos marineros
cazar albatros, grandes pájaros de los mares
que siguen lentamente, indolentes viajeros,
el barco, que navega sobre abismos y azares.

 Apenas los arrojan allí sobre cubierta,
príncipes del azul, torpes y avergonzados, 
el ala grande y blanca aflojan como muerta
y la dejan, cual remos, caer a sus costados.

¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!
Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!
Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,
otro imita, renqueando, del inválido el vuelo.

El poeta es igual... Allá arriba, en la altura,
¡qué importan flechas, rayos, tempestad desatada!
Desterrado en el mundo, concluyó la aventura:
¡sus alas de gigante no le sirven de nada!
Parece una fábula sobre la propia naturaleza, sometida y en manos de las identidades en el samsara... pero es un poema de Baudelaire... ¿o era al revés?

viernes, 29 de octubre de 2010

Llueve sobre la ciudad

Hoy, después de semanas de tiempo seco y soleado, por fin llueve otra vez en Madrid.

Paseo por la calle y siento la lluvia como una bendición, como si el cielo, que retenía sus regalos, se reconciliara una vez más con la tierra.

Entonces me pregunto si esto no tendrá que ver también con la fuerza de la vida, con la evidencia de que tras mucho tiempo de sol que propicia la fotosíntesis ahora viene bien algo de agua para completar la alimentación de las plantas a través de sus raíces. ¿Vendrá sólo de ahí mi alegría?

Mentiría si dijera que sí… Hace unos días, cuando subí a las montañas, miré a la ciudad y la vi cubierta por una “boina” de contaminación de color pardo grisáceo: una auténtica marranada. Eso es lo que se respira en la gran ciudad.

La llegada de las lluvias y los vientos del otoño también me alegra porque ayudarán a dispersar esa nube ponzoñosa que colgaba sobre nuestras cabezas y nuestros pulmones… aunque no a eliminar el problema que supone toda esa contaminación que arrojamos a la atmósfera.

Y entonces pienso si no habrá gente que viva inconscientemente la llegada de las lluvias y los vientos como un cheque en blanco para seguir con el mismo estilo de vida consumista y contaminante que nos lleva a la destrucción. Eso es, después de todo, lo que hace la identidad: apropiarse de experiencias perfectamente válidas del sistema natural y tergiversarlas a favor de sus propios intereses.

Y entonces miro un poco más profundo y pienso, “Y yo mismo, cuando subí a las montañas y sentí esa revulsión, ¿en qué fui?”. Y la respuesta es: en coche.

Ay.

Qué enemigo más hábil y escurridizo es la identidad. Incluso bajo el sentimiento más noble en apariencia pueden esconderse sus tentáculos venenosos. Habrá que andarse con ojo. Con razón dijo el Buda:

Los inmaduros descuidan su vigilancia,
pero los sabios la guardan como su mayor tesoro.

sábado, 23 de octubre de 2010

¿Qué estamos premiando?

Ayer se fallaron unos famosos premios de fotografía de la naturaleza y la ganadora fue esta foto de hormigas en Costa Rica.

La verdad es que la imagen es chocante y llamativa: el color verde al trasluz como fondo de un teatro de sombras chinescas, la variedad y el desorden de las hormigas, la coordinación evidente pero algo anárquica de sus esfuerzos, que sin embargo ya han conseguido horadar parte de la hoja y están cortando nuevos trozos… todo eso está ahí. Es una auténtica sinfonía de la vida, con una tribu trabajando por la supervivencia común, a costa de otras vidas, sí, pero sin identidad. Materia para meditar y llenarse de alegría y asombro.

Y, sin embargo, la página de los premios menciona orgullosamente su sustancial dotación y se limita a mencionar algunos detalles técnicos de la fotografía: dónde y a qué hora se tomó, qué cámara se utilizó, cómo era la iluminación, etc. Todo son detalles desde fuera. No hay ni rastro de comunión real con el sujeto retratado.

Es, en definitiva, un premio a la pericia del fotógrafo… Al parecer, la naturaleza sólo era una excusa.

(Claro. ¿En qué estaría yo pensando?).

Curiosamente, en el apartado de fotografía de denuncia, el ganador ha sido un catalán. Esta es su foto:


Un periódico local se ha hecho eco de la gran noticia. No sé por qué, pero tengo la impresión de que hay cierta actitud de “Hemos ganado” en la columna que lo da a conocer. Y tampoco sé si el periodista y el redactor han caído en la cuenta de que la tortuga que aparece en la foto también se podría considerar catalana… y quién sabe si no se podría decir lo mismo de las redes que la aprisionan.

Aunque es una fotografía de denuncia, no he conseguido averiguar si el fotógrafo-submarinista logró liberar a la tortuga de las redes… o si la dejó morir ahí abajo mientras él salía a la superficie a competir y triunfar con el premio Veolia a la mejor foto en la categoría “One Earth”.

domingo, 10 de octubre de 2010

¿Ballenas antropomorfas? ¡No, gracias!


Hoy voy a hacer trampas: me voy a apoyar en un texto que he leído en prensa para escribir la entrada. El artículo trata sobre las ballenas y la fascinación que ejercen sobre los humanos.

Aunque mi contacto con estos cetáceos se limita a contemplar sus chorros de agua desde la costa norte de California y a escuchar de niño sus cantos grabados en unos discos de plástico flexible que incluía entre sus páginas la revista National Geographic allá por los años ’70, algunas de las cosas que dice me resuenan:

Contemplar una ballena es, en el fondo, asomarse al misterio de la vida: es un ser incomprensible y a la vez cercano, nos causa una enorme emoción sin llegar a entender muy bien por qué, y sabemos que nunca olvidaremos el momento en el que, por primera vez, escuchamos sus sonidos, vimos cómo su chorro de agua surgía del mar y percibimos su lomo o su frente salir por unos instantes del agua.

Sin embargo, son otras reflexiones las que me chocan, porque representan una postura sobre los animales muy común en nuestra sociedad; probablemente, yo mismo no andaba demasiado lejos de esas ideas antes de embarcarme en el camino del Dharma, que en realidad es un camino de comunión con la fuerza de la vida.

Desde mi punto de vista, la actitud que traslucen estas palabras a pesar de toda su aparente reverencia hacia las ballenas es prácticamente una garantía de que nunca podremos entrar en unidad real con ellas ni con ningún otro ser sintiente:

Hoare describe muy bien la impresión que provoca contemplar ese inmenso animal. “Es difícil no referirse a las ballenas en términos románticos”, escribe. “He visto a hombres adultos romper a llorar al ver su primera ballena. Y aunque es un error antropomorfizar a los animales, sólo por el hecho de que sean grandes o pequeños o monos o inteligentes, es propio de los humanos hacerlo, porque nosotros lo somos y ellos no. Es la única forma de alcanzar a comprenderlos”.

Esa última frase es la que me hace saltar, primero con incredulidad. ¿Cómo sabe el autor que “antropomorfizar a los animales es la única forma de alcanzar a comprenderlos”? ¿Cuántas otras maneras ha probado? Y, si ha probado varias que no han funcionado, ¿está seguro de que es porque son equivocadas y no porque simplemente las aplicó mal?

Pero, dejando eso de lado, lo que más me chirría es la proposición de proyectar nuestra humanidad sobre los demás seres vivos para comprenderlos.

Para empezar, proyectar no parece una buena manera de entender nada; al contrario, parece más bien una manera de mirarnos en el espejo. Y eso, sin contar con que la humanidad que proyectamos seguramente estará manchada por nuestra identidad –enfermedad que, curiosamente, las ballenas no tienen.

En ese caso, si las hacemos humanas, ¿las estamos apreciando o rebajando con nuestras proyecciones?

¿Qué hay de entender a las plantas y animales en sus propios términos? Esa proyección me recuerda a los argumentos bienintencionados pero miopes de quienes proponen extender los derechos humanos a los simios superiores en función de cuánto se parece su sistema nervioso al humano. ¿No tiene toda vida una dignidad inherente, con independencia de su semejanza o su utilidad para nosotros? ¿Acaso la vida de los demás seres sólo es valiosa en la medida en que se parece a la nuestra? Qué arrogancia y qué cortedad de miras. Si esos son los argumentos de los amantes de los animales… ¡menudo favor les estamos haciendo!

Afortunadamente, el camino del Dharma abre nuevas posibilidades en esta aventura en la que nos acompañan las amenazadas plantas y animales de este planeta: el potencial de abrir y desplegar la fuerza de la vida que compartimos con ellos y ser los guardianes y custodios que favorezcan la continuidad de la vida en toda su diversidad, más allá de los individuos particulares de cada especie, incluida la nuestra.

Ahí sí vislumbro una verdadera comprensión y unión con la vida y todos sus representantes, desde las majestuosas ballenas hasta el musgo más aparentemente insignificante.

Para eso, hará falta que dejemos de proyectar nuestras manchas de identidad sobre los animales… y también sobre nosotros mismos. Buen trabajo tenemos por delante.

Como parece decir la ballena de la foto al despedirse con su cola, “¡Antropomorfizaos vosotros! A mí dejadme en paz”. 


¿Cómo no estar de acuerdo con ella?

lunes, 23 de agosto de 2010

Otra lección


Estaba ahora mismo ponderando la noticia que acabo de leer, sobre cómo un temporal en Amsterdam ha abatido el castaño centenario que Ana Frank, autora del famoso Diario y víctima del genocidio en Bergen Belsen, veía desde su escondite antes de ser descubierta y deportada:


Como se intuye por las fotos, era un ejemplar soberbio de aesculus hippocastanum, a pesar de estar enfermo de hongos y de haber sido apuntalado por el ayuntamiento para evitar su caída. Igual que con el árbol del bodhi de Bodhgaya –que según la leyenda desciende directamente del original que extendía sus ramas ahí cuando Siddhartha Gautama alcanzó el despertar–, también la Fundación Anna Frank ha intentado asegurar la descendencia de este espécimen al recoger y distribuir sus castañas por colegios de todo el mundo para que las planten.

Me preguntaba, claro, de cuánta historia habría sido testigo ese árbol superviviente de dos guerras mundiales, cuántas historias humanas y mundanas habría presenciado, desde la comedia más burbujeante a la tragedia más siniestra, y qué importancia habría tenido todo eso desde su punto de vista… Ninguno, seguramente. Nació allá por 1860, creció, se reprodujo (o se va a reproducir con ayuda humana) y ahora ha muerto. Se cierra el círculo; otros se abren, o ya estaban abiertos y siguen su curso lejos de nuestra vista. Una vez más, la impermanencia llama a la puerta con su perenne recordatorio.

Pensé entonces en la curiosa yuxtaposición de Ana Frank y el castaño, tan juntos y tan distantes a la vez: ella, sumida en el miedo, el aburrimiento, la angustia, la rabia… probablemente en todas esas pequeñas vivencias a las que damos tanta importancia y que asociamos superficialmente con “ser humanos”; él, dedicado en exclusiva a crecer y reproducirse.

Siendo sinceros, cuando nos comparamos así de crudamente con los demás seres vivos, ¿qué humano sale bien parado al respecto? Aunque vivieron dos años a sólo metros de distancia, la adolescente y el árbol eran dos universos paralelos que probablemente nunca se rozaron más que muy levemente. ¿No es eso una tragedia en sí mismo? Pero… ¿somos diferentes nosotros hoy en día con la vida que nos rodea?

En esas estaba cuando me levanto del asiento frente al ordenador, miro por la ventana y… ¡¿qué veo?!

El viento acaba de desgajar una gran rama de uno de los olmos que bordean la calle, que ahora yace cruzada en la calzada cortando el tráfico.

La impermanencia ha entrado hasta la cocina.

¿Dónde deja esta coincidencia todas mis reflexiones anteriores?

No valen más que las de Ana Frank ni las de ninguna otra persona involucrada en su identidad, a no ser que sirvan de estímulo o combustible para entrar de verdad en unidad con ese castaño truncado, esos hongos, ese olmo manco… con toda esa vida, en definitiva, que siempre parece estar disponible y esperando pacientemente por si hacemos el esfuerzo de abrirnos a ella.

Hale, me voy a meditar.


martes, 3 de agosto de 2010

Raca-raca-raca


¿Alguien quiere saber cuál es la “canción del verano”? Para mí está claro: el canto de las cigarras, sin duda.

Raca-raca-raca… raca-raca-raca… raca-raca-raca… sin cesar, desde que el sol empieza a verter por todo el paisaje sus rayos ardientes como plomo fundido hasta que afloja su martilleo.

Hace ya más de un mes, en cuanto llegaron los calores del pleno verano, que empezó a oírse en Can Catarí este tradicional himno mediterráneo.

Cuando regresé a Madrid hace dos semanas, dejé atrás los montes cubiertos de pinos, los acebuches, almeces y almendros de la masía, los cantos de muchos pájaros, el vuelo de las mariposas, la brisa fresca del anochecer… todo lo que ayudaba tanto a la contemplación, excepto el canto de las cigarras, que me recibió también ahí como una señal de que seguía “en casa”.

Raca-raca-raca… raca-raca-raca… raca-raca-raca…

Sólo que en la ciudad, oía también otro tipo de “cantos” tradicionales provocados por el calor:

“Jesús, ¡qué calor hace!”
“Sí, acabo de pasar por un termómetro ¡y marcaba 37!”
“¡Qué barbaridad! Al final, van a tener razón estos del calentamiento global”.
“Pues dicen que mañana va a apretar más”.
“Pues yo ya no he podido dormir en toda la noche, así que mañana no sé qué voy a hacer”.

Etc. Ya os hacéis una idea.

Se dice que las comparaciones son odiosas, pero en este caso tampoco parece que los humanos con identidad estemos a la altura de las simples cigarras, tan pacientes, tan naturales, tan integradas con todo lo que está pasando a su alrededor.

Raca-raca-raca… raca-raca-raca… raca-raca-raca…

A algunos la imagen de este insecto les puede provocar cierto rechazo, o incluso abierta repugnancia. Pero no sé si no sería más apropiado reservar esa reacción para el comportamiento de las identidades humanas, que tan inútiles y absurdas son (en el mejor de los casos), cuando no directamente dañinas.

Sí, las identidades humanas... siempre tan dispuestas a quejarse, a buscar su propio provecho, a afirmar con violencia su pretendida superioridad sobre los demás seres vivos.

No hay identidad en el canto de las cigarras. Para mí es una canción de bienvenida, esté donde esté, que parece repetir sin pausa un mensaje sutil… Algo así como “Sí… Es verano y hace calor… Es correcto y natural... Qué bien que las cosas sean como son”.

Raca-raca-raca… raca-raca-raca… raca-raca-raca…

domingo, 16 de mayo de 2010

En la variedad está el... ¿disgusto?

El otro día, mientras me asomaba a la ladera desde el balcón de Can Catarí Nou y constataba la proliferación de hierbas y plantas de todo tipo que estaba volviendo a cubrir las zonas que desbrocé a brazo partido, con innegable heroísmo, hace unos años, me vino a la mente una pregunta:

¿Por qué hay tanta variedad de formas de vida? ¿Por qué no puede haber nada más “plantas”, o a lo sumo “hierba” y “árboles”? ¿Por qué, en vez de eso, tiene que haber hinojo y lentisco, garriga y cardos, zarzas y pinos, diente de león, olivos, hiedra, margaritas, encinas, trigo y cebada silvestre, esparragueras… y decenas de otras especies, cuyo nombre ignoro?

(En realidad, la pregunta tomó más bien la forma de un “¿Por qué **** hay tanta variedad…?”, pero tampoco hay que cebarse en los detalles).

Claro que era mi remolona identidad de confusión la que se hacía estas preguntas, suspirando ante la perspectiva nada apetecible de enfrentarse de nuevo a un segundo desbroce... que, por supuesto, tampoco sería definitivo. Y es que, aunque a corto plazo el humano se pueda imponer, a la larga la naturaleza suele acabar prevaleciendo, porque es una fuerza formidable e inasequible al desaliento, a la que nada distrae de su única misión, que es crecer y multiplicarse, como dice el Génesis.

En definitiva, parece como si todo mi esfuerzo de limpieza no hubiera servido para otra cosa que para darle más empuje a la naturaleza, que ahora se despliega exultante y vuelve a reclamar para sí los espacios que le había arrebatado. Ni que decir tiene que me sentí muy poca cosa, como David contra Goliat (o el Valladolid contra el Barça), ante el triunfo evidente de esa fuerza ciega; un triunfo más rotundo si cabe ahora gracias a los chaparrones y los primeros calores de esta primavera, refrendado por la unanimidad entusiasta con la que todas las plantas se han lanzado a recuperar el terreno perdido.

Pero, más allá de mis lamentaciones, la pregunta no sólo tiene sentido sino que además ofrece una respuesta bastante probable. ¿Por qué tanta variedad? Porque la naturaleza desarrolla su programa de supervivencia con previsión y prudencia, sin poner todos los huevos en la misma cesta.

Eso significa que, en un entorno en constante transformación donde nunca se sabe qué puede ocurrir, lo más seguro es generar distintas especies, cada una con su configuración específica de puntos fuertes y débiles, para que ante un cambio drástico en las circunstancias no sucumban todas a la vez. Cada especie sería entonces como un ensayo más en la larga carrera de prueba y error que es la evolución de la vida en este tercer planeta del Sol: un experimento inacabado, sí, pero no inacabable.

En ese sentido, lo importante es que la vida siga adelante, sea cual sea la forma particular que tome, y no la fortuna individual de una especie concreta, ni siquiera del ser humano. Desde el punto de vista de esa fuerza inteligente que alienta en todos los seres vivos y reacciona adaptando sus genotipos y fenotipos a los cambios del ambiente, los aparentes individuos somos prescindibles, desechables, meras anécdotas en la gran corriente viva que habita el planeta. Si nosotros nos vamos, otros ocuparán nuestro lugar, como sostenía ese documental sobre insectos que hace ya muchos años llegó a los cines españoles con el ominoso título de Heredarán la tierra.

Nos guste o no, para la naturaleza, la vida, o como quiera que la llamemos, no importa si en un momento dado lo único que sobrevive en la tierra son las cucarachas o, por el contrario, el elenco más selecto y refinado de bailarines y bailarinas del ballet Bolshoi; ella seguirá adelante con lo que haya a mano, tenga las patas que tenga.

Por contra, los humanos hemos acumulado un poder de destrucción inimaginable y probablemente estamos ya en posición de aniquilar toda forma de vida y convertir a la tierra en un pedrusco sideral yerto y desolado. Ahí le superamos sin duda a la naturaleza, aunque sea un mérito más que dudoso. En cambio, cuando llega el momento de crear no somos más que una sombra pasajera en comparación con ella, sobre todo si lo hacemos enfrentándonos a sus impulsos –como sólo los humanos somos capaces de hacer– o si esa “creación” no nace enraizada y alimentada por la fuente misma que nos presta la vida a todos los seres.

Es algo que intentaré tener presente si en algún momento, desatendiendo el sentido común, me animo a desbrozar esa ladera otra vez.

lunes, 10 de mayo de 2010

Las malas artes del bonsai



Antes he hablado del impulso humano manchado de domesticar la naturaleza, reduciéndola a nuestra misma condición... Y es que, como dicen los anglosajones, misery loves company: a la desgracia le encanta sentirse acompañada.

Esa domesticación no sólo se aplica a las mascotas, sino que algunos, en su funesta inventiva, también han encontrado la manera de extenderla a los árboles. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Nos hemos alejado tanto de la vida natural que un simple árbol, inofensivo por lozano y soberbio que sea, parece una denuncia tácita de nuestra condición disminuida y una amenaza a nuestra autoestima como especie dominante.

Así es, sin duda. ¿Qué se habrán creído esos árboles? ¿Cómo se atreven a ser más altos que nosotros, a sacar su follaje y perderlo sin nuestra supervisión o permiso, a sobrevivir a sequías, rayos y vendavales, a brotar de las mismas piedras? Hay que parar esa locura... ¿Cómo? Muy fácil: hagámoslos enanos y dependientes, a nuestra imagen y semejanza. Hagamos bonsais.

No sé ni me imagino a quién demonios se le ocurriría esta idea por primera vez: tomar algo que en la naturaleza es absolutamente sublime, desterrarlo del hábitat que le es propio, transplantarlo a una mísera maceta, y ahí interferir con sus patrones de crecimiento y desarrollo natural, manipulándolo de diversas maneras supuestamente ingeniosas... Y todo, ¿para qué? Para convertirlo en un tullido, en un penoso remedo de lo que podría ser. ¡Digno triunfo de la mente mezquina que lo concibió!

La jugada casi recuerda a la de esos mendigos que atan e inmovilizan a sus bebés, forzándolos a contorsiones imposibles para causarles malformaciones. Así, una vez han sido apropiadamente lisiados de por vida, podrán suscitar la conmiseración de los transeúntes cuando crezcan y empiecen a mendigar y eso les permitirá arañar la suficiente limosna para no morirse de hambre: un ejemplo literal de “deformación profesional”.

En el bonsai también se aprovecha la pugna constante del árbol por crecer de acuerdo con lo que le dicta su propia naturaleza. Sólo que, ¿qué necesidad tiene el árbol de que alguien se apiade de él y le eche unas monedas? ¿O, visto de otro modo, de que alguien lo admire? El árbol sólo “quiere” ir a lo suyo, desplegando el programa de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte que le es inherente.

De esa manera retorcida, la lucha de la naturaleza por salir adelante con los medios a su alcance no hace más que jugar a favor del “bonsayista”, que gracias a ese impulso ciego puede modelar a su víctima de acuerdo con su capricho y exhibirlo como un triunfo de su propia voluntad y pericia. Qué abominación; pero qué revelador también sobre el trato que le damos al empuje vital, incluso al que alienta en nosotros mismos.

¿Qué necesidad tenemos de producir sucedáneos inferiores de la vida que brota espontánea y gratuitamente alrededor de nosotros? ¿Qué necesidad hay de dejar nuestra mancha humana en todo lo que hacemos, o de imponérsela a lo que aún no podemos imitar?

Con razón los bonsais nunca me han producido admiración, sino la misma mezcla de repugnancia y tristeza que también siento ante los animales amaestrados del circo, reflejos mortecinos de una mente enferma.

Pero, aparte del rechazo que puedan generar, estas formas torturadas nos deberían recordar algo importante: que la misma mente manchada y la misma vida natural que interactúan de forma nefasta en el bonsai también están presentes dentro de cada uno de nosotros, enfrentadas de la misma manera.

Por eso, en nuestras manos tenemos una elección tremenda: la posibilidad de vivir de acuerdo con el potencial natural del ser humano... o, por el contrario, de malgastar nuestra vida al servicio de la identidad y acabar convertidos en un engendro jibarizado.

¿Cuál de las dos elegiremos?

sábado, 8 de mayo de 2010

¿La "república independiente de tu casa"?

Cuando pienso en nuestra relación con los animales de compañía, empiezo a darme cuenta de cosas que antes me habían pasado desapercibidas. Esta reflexión abre un ángulo interesante, porque reúne por un lado a la naturaleza, representada por los animales, y por otro a los humanos, que supuestamente hemos superado el estadio natural en nuestra evolución para llegar a otro más “avanzado”.

Es evidente que ni los canarios, los hamsters o los gatos saben poner lavadoras, manejar la Thermomix ni programar la tele para grabar películas a las 2 de la madrugada; pero ¿los convierte eso en inferiores?

Hace tiempo que en Occidente consideramos un avance el habernos separado de la naturaleza. Los mitos fundacionales de nuestra cultura así lo reflejan, desde el proto-hombre Adán que se enseñoreó de la Creación por mandato divino a los héroes griegos que se dedicaron a limpiar el mundo de monstruos, hidras y gorgonas para hacerlo más habitable a sus semejantes. Otro gallo nos cantaría si fuésemos chinos, por ejemplo, y contáramos con un legado daoísta de unidad con la naturaleza; pero, para nosotros, habernos salido de la masa amorfa de la vida natural equivale a una emancipación.

¿Y qué fue lo que ganamos a cambio de dejar atrás a la “madre naturaleza”? Una respuesta obvia es la posesión de un hogar propio.

Antes, en las cuevas prehistóricas, los humanos primitivos convivían unos con otros, todos juntos y más o menos revueltos, en contacto con el mundo natural. Más adelante, las tiendas de los indios de las praderas o las yurtas de los mongoles muestran cómo eran las viviendas de los cazadores-recolectores: frugales, naturales por sus materiales de construcción y poco propicias al apego por el hecho de que cada cierto tiempo se desmontaban para cambiar de asentamiento.

Sin embargo, la suerte cambió con la llegada del sedentarismo y sus casas fijas. Una casa estable ya es un bien duradero, que se puede poseer (a costa de excluir a los demás) y al que uno se puede apegar. Hoy, la casa es el espacio de la identidad por excelencia, donde el guerrero urbano encuentra su reposo tras el largo combate en la oficina o el tajo. Como decía una reciente campaña publicitaria de gran éxito: “Bienvenido a la república independiente de tu casa”.

Uno de los problemas de ese espacio “independiente” es que nos separa de todo lo natural que es nuestra herencia. Ahora, la casa es la línea de batalla donde los humanos trazamos la división entre nuestro espacio y lo de fuera, incluyendo lo natural. Ahí dentro, incluso la persona más sensible y amante de los animales se siente justificada a la hora de matar insectos, ratones y cualquier forma de vida que le moleste. Después de todo, nos lo hemos ganado, ¿no?, ¡para eso somos superiores! Y con esas cuatro paredes bien cuadradotas y el cacho techo que las corona, ¡que no digan que se puede confundir con un espacio orgánico!

Pero, para no notar demasiado el ahogo que supone haberle dado la espalda a nuestras raíces de convivencia con toda la vida, contamos con nuestros animales de compañía: perros, gatos, jilgueros, conejos... hasta iguanas y gusanos de seda. Otra posesión más que unir a la colección que ya tenemos en casa: muebles, electrodomésticos, cd’s y dvd’s... (y quizá también... ¿la parienta?... ¿los niños?).

Sólo les exigimos una cosa para admitirlos en nuestro Club Méditerranée privado: que acepten que se les domestique.

¿Y qué es esa domesticación? Cortar, abortar y alterar sus comportamientos naturales para acomodarlos a nuestro hábitat no natural. En definitiva, tratarlos como si fueran bonsáis animales.

A veces me imagino lo que podría pasar si, en vez de domesticar así a los animales, les permitiéramos que ellos nos “des-domesticaran” a nosotros. No sería cuestión de asalvajarnos en el sentido de andar a cuatro patas, comer a dentelladas e ir cagando por las esquinas, sino de entrar en contacto con esa primogenitura natural que sacrificamos por un plato de... ladrillos.

En ese caso, igual podríamos experimentar de nuevo algo de la alegría desinteresada, el compañerismo genuino y la dedicación a los demás que nos corresponden y que aún se pueden vislumbrar entre las gentes de algunos países considerados subdesarrollados... y tienen raíces entre algunos de esos animales “inferiores”.

En realidad, nuestras casas no son espacios inertes, sino que ejercen una influencia sutil sobre las mentes que las conciben como algo real y permanente. Porque, bien visto, ¿quién ha domesticado a quién? Tristemente, son nuestras casas (en realidad, la mente que las concibe como casas) las que nos han domesticado a nosotros. Y ahora nosotros les queremos hacer lo mismo a los animales.

¿Por qué no dejamos que la vida animal y vegetal que aún nos rodea devuelva las cosas a un cauce más natural y acorde con el verdadero potencial del ser humano en su sentido más profundo?


¡Al cuerno la "república independiente de tu casa"! Bienvenido a la ancha tierra que compartimos con todos los demás seres vivos bajo un mismo cielo.