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martes, 19 de octubre de 2010

Olivos meditativos

En la sala de meditación de Can Catarí hay unos troncos de olivo en vez de estatuas o imágenes de Buda. Me resulta muy inspirador.

Por un lado, veo en ellos la huella de la fuerza de la vida: cómo cada ejemplar creció fiel a su genotipo de olivo, a la vez que de manera individual en función del terreno en el que estaba plantado, la abundancia o carestía de agua, la orientación de la luz del sol, etc. Veo su crecimiento y desarrollo como un baile a cámara súper-lenta en el que cada uno de ellos fue extendiendo sus ramas en el espacio hacia arriba y hacia fuera, torciéndolas a su ritmo, de forma orgánica, hasta componer un gesto único.

Por otro, capto cómo todos, tras haber desplegado su propia naturaleza de olivo, ya no están vivos y lo único que queda de ellos es su cáscara, el gesto congelado de un baile cuya música ya ha dejado de sonar, pero que persiste como una escultura que se va desintegrando a una velocidad igualmente imperceptible para nosotros… Otra vez, la cámara súper-lenta.

Este contraste de velocidades entre la vida de los olivos y la de los humanos me da qué pensar.

Si lo miramos desde el punto de vista de los olivos, son nuestras vidas las que transcurren a cámara súper-rápida –o a velocidad de vértigo, si hablamos de nuestras mentes.

¿Cuánta de esa agitación es realmente necesaria?

¿Cuánto hay de natural y orgánico en nuestro desarrollo y nuestra actividad diaria?

Cuando llegue el fin de nuestros días, ¿podremos responder por nuestras vidas con la misma dignidad que estos olivos, sin una palabra de remordimiento o reproche, o tendremos que lamentarnos de la oportunidad perdida de habernos convertido en seres humanos genuinos, capaces de desplegar nuestra verdadera naturaleza y acoger a otras formas de vida, como en su día hicieron las copas serenas de estos árboles?

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Meditación musgosa


Después de la meditación, me viene una impresión que luego toma cuerpo como certeza: nosotros, los humanos, no venimos de ninguna parte; hemos crecido a partir de lo que ya había aquí, como un musgo sobre la corteza de un árbol.

Tampoco, claro, vamos luego a ninguna parte, sino que volvemos a fundirnos en lo que hay a la vista aquí, regresando a la misma unidad de donde surgimos para empezar. Todo queda en casa.

Somos de aquí. Más que eso, somos lo mismo que hay aquí, con un aspecto diferente. Cuando sientes la unidad de todo, te das cuenta de que no estamos “nosotros los humanos” por un lado y luego lo demás: hay una vida total aparente, y nosotros somos eso. Lo que pasa es que somos eso con algo más, que también ha crecido desde dentro. Somos vida con capacidad para darse cuenta de sí misma y para actuar sobre sí misma (y en ese “sí misma” están incluidas todas las formas de vida, no sólo las humanas). En ese sentido, somos como los ojos y las manos de la vida en este planeta.

Asombroso, ¿no?

Si es así, merecería la pena prestar atención y actuar con cuidado y respeto mientras pisemos esta tierra, respiremos su aire y comamos sus frutos, ¿verdad? Sin embargo, ¡qué lejos estamos de ello!

Es fácil entender a los maestros rugientes que denuncian las tropelías del egoísmo humano. No se trata sólo del desperdicio de nuestro propio potencial; es la destrucción de algo precioso y quizá irrecuperable que deberíamos salvaguardar, porque somos los únicos dotados para hacerlo. En cambio, en vez de usar nuestras facultades para favorecer la continuidad de la vida, las desplegamos contra la naturaleza para explotarla hasta agotarla.

Éramos como los gallos del corral, con dominio natural sobre todo… hasta que llegado cierto momento decidimos mutarnos en zorros. Bien, el corral sigue siendo el mismo, el único que conocemos, pero cada vez somos más los zorros y menos las gallinas.

¿Cómo acabará esto?

lunes, 23 de agosto de 2010

Otra lección


Estaba ahora mismo ponderando la noticia que acabo de leer, sobre cómo un temporal en Amsterdam ha abatido el castaño centenario que Ana Frank, autora del famoso Diario y víctima del genocidio en Bergen Belsen, veía desde su escondite antes de ser descubierta y deportada:


Como se intuye por las fotos, era un ejemplar soberbio de aesculus hippocastanum, a pesar de estar enfermo de hongos y de haber sido apuntalado por el ayuntamiento para evitar su caída. Igual que con el árbol del bodhi de Bodhgaya –que según la leyenda desciende directamente del original que extendía sus ramas ahí cuando Siddhartha Gautama alcanzó el despertar–, también la Fundación Anna Frank ha intentado asegurar la descendencia de este espécimen al recoger y distribuir sus castañas por colegios de todo el mundo para que las planten.

Me preguntaba, claro, de cuánta historia habría sido testigo ese árbol superviviente de dos guerras mundiales, cuántas historias humanas y mundanas habría presenciado, desde la comedia más burbujeante a la tragedia más siniestra, y qué importancia habría tenido todo eso desde su punto de vista… Ninguno, seguramente. Nació allá por 1860, creció, se reprodujo (o se va a reproducir con ayuda humana) y ahora ha muerto. Se cierra el círculo; otros se abren, o ya estaban abiertos y siguen su curso lejos de nuestra vista. Una vez más, la impermanencia llama a la puerta con su perenne recordatorio.

Pensé entonces en la curiosa yuxtaposición de Ana Frank y el castaño, tan juntos y tan distantes a la vez: ella, sumida en el miedo, el aburrimiento, la angustia, la rabia… probablemente en todas esas pequeñas vivencias a las que damos tanta importancia y que asociamos superficialmente con “ser humanos”; él, dedicado en exclusiva a crecer y reproducirse.

Siendo sinceros, cuando nos comparamos así de crudamente con los demás seres vivos, ¿qué humano sale bien parado al respecto? Aunque vivieron dos años a sólo metros de distancia, la adolescente y el árbol eran dos universos paralelos que probablemente nunca se rozaron más que muy levemente. ¿No es eso una tragedia en sí mismo? Pero… ¿somos diferentes nosotros hoy en día con la vida que nos rodea?

En esas estaba cuando me levanto del asiento frente al ordenador, miro por la ventana y… ¡¿qué veo?!

El viento acaba de desgajar una gran rama de uno de los olmos que bordean la calle, que ahora yace cruzada en la calzada cortando el tráfico.

La impermanencia ha entrado hasta la cocina.

¿Dónde deja esta coincidencia todas mis reflexiones anteriores?

No valen más que las de Ana Frank ni las de ninguna otra persona involucrada en su identidad, a no ser que sirvan de estímulo o combustible para entrar de verdad en unidad con ese castaño truncado, esos hongos, ese olmo manco… con toda esa vida, en definitiva, que siempre parece estar disponible y esperando pacientemente por si hacemos el esfuerzo de abrirnos a ella.

Hale, me voy a meditar.


viernes, 21 de mayo de 2010

Ruiseñores psicotrópicos


Uno de los beneficios colaterales de vivir en Can Catarí es oír los cantos de los ruiseñores en primavera. Al oírlos a todas horas, mañana, tarde y noche, uno tiene tiempo de empaparse de esa música lo suficiente para dejar atrás su melodía e ir más allá, a las raíces de donde brota el canto. Es una práctica que tiene algo de mágico, casi como un viaje psicodélico, pero os aseguro que no me he “metido” nada para realizarla aparte de las meditaciones del Dharma.

¿Qué tiene el canto del ruiseñor, que tan revelador me resulta? Aparte de la literatura que lo celebra, yo sólo conocía de oídas su reputación como cantor, y no ha sido hasta hace poco, al oírlo en vivo una y otra vez, cuando he entendido lo que de verdad me sugiere esta criatura como ningún otro pájaro, que yo sepa.

Es cierto que ya conocía el canto del mirlo, que anuncia la llegada de la primavera en la meseta con un canto algo más sobrio y denso, que recuerda a la sonoridad del clarinete. Pero, por algún motivo, por mucho que lo disfrute, no tiene los mismos efectos sobre mí. Sólo ahora me he dado cuenta de lo que me estaba perdiendo sin ruiseñores en mi vida.

No se trata del mero placer estético de oír sus inverosímiles cabriolas vocales –silbidos, trinos y gorjeos que se suceden en una gloriosa anarquía. Tampoco se debe a la agradable asociación con la oscuridad y frescura de estas noches de mediados de mayo que ya invitan a quedarse al aire libre, después del invierno largo y riguroso, y simplemente escuchar a cielo abierto, bajo la inmensa cúpula de las estrellas, esas voces que cobran mayor relieve ante el silencio reinante por doquier.

Es algo más sutil que detecto en esas arias imprevisibles, como al trasluz de sus notas: un cantor fundido con su canto, como si fuera un surfista montado en la cresta de una ola que se va desplegando ante él sin que sepa, de un momento a otro, por dónde va a romper… Un cantor que se disuelve en el canto y le cede el poder, pero aún retiene suficiente conciencia para asombrarse ante lo que está pasando…

Ése parece ser el secreto del ruiseñor: la pura experiencia del canto vivida como una sorpresa constante, sin plan ni proyecto, que responde al impulso natural de cada momento sin detenerse en ello, sino sumando a esa corriente que fluye desde dentro el asombro ante sus resultados… asombro que a su vez refresca e impulsa el canto hacia delante en un bucle gozoso. El canto se canta sin cantor alguno. Qué maravilla.

Así que ahora puedo responder a la pregunta que me hacía para empezar: ¿qué es lo que me conmueve del canto del ruiseñor?

Si dijera que es la ausencia de cálculo y de identidad, sería verdad, aunque sólo en parte.

Lo mismo ocurriría si afirmara que me resuena profundamente porque es una demostración práctica del Dharma natural.

En el fondo, lo que me conmueve del canto del ruiseñor es lo que sugiere: el aroma de cómo puede ser la experiencia de la mente pura liberada de su esclavitud cognitiva.

Todo esto me enseñan los ruiseñores sin intentarlo ni quererlo, sin ni siquiera darse cuenta. Ni falta que les hace. ¡Bendita ignorancia la que rinde estos frutos!