miércoles, 22 de septiembre de 2010

Inteligencia orgánica

Paseo de nuevo con los perros. Dejando atrás el asfalto y las casas, nos metemos por un camino de tierra. 

Primer encuentro: un montón de basura que alguien ha tirado en el borde. Menudo "cantazo". Sin exagerar, cuando veo cosas así, tengo la misma impresión que si viera a alguien cagar en el mismo plato en el que come, y luego seguir comiendo como si nada.

Segundo encuentro: un hormiguero reciente, con la tierra aún húmeda por las últimas lluvias. No se ven hormigas, pero se nota su huella en esa estructura algo irregular y sin embargo perfectamente adecuada para su propósito, que sugiere la actividad de una inteligencia orgánica, poco preocupada por las formas y aun así (o precisamente por eso) capaz de crear armonía y belleza.

Dos maneras de estar en el mundo.

También nosotros podemos elegir.

sábado, 18 de septiembre de 2010

"Imper-Marmellar-nencia"



Nos habíamos acercado los tres perros y yo al pueblo abandonado de Sant Miquel de Marmellar. Para mí no era la primera vez que lo visitaba, pero para ellos sí. Tras corretear por las casas vacías con la excitación del descubrimiento, entraron conmigo en lo que queda de la iglesia: cuatro paredes sin techo, llenas de zarzas y escombros, con el maltrecho campanario aún en pie y un gran hueco en la fachada donde en su día debió de lucir un rosetón que recogía los rayos del sol poniente y los convertía en colores ornamentales. Fuera, la luz de la tarde se inclinaba sobre campos que se extendían a lo lejos entre colinas –el mismo sol que alumbró y las mismas tierras que sustentaron con sus cosechas a los antiguos pobladores de este lugar.

En esa iglesia derruida sentí por unos instantes cómo durante años generaciones de fieles se habían congregado ahí para oír la palabra de Dios en misas y sermones; casi podía notar el peso de cientos o quizá miles de vidas marcadas por ritmos naturales hoy soslayados por el “progreso”: la alternancia de luz y oscuridad en días y noches, el lento paso del tiempo, las estaciones que van marcando las faenas del campo… Quizá los lugareños encontraran ahí cierto sentido a sus vidas, moldeadas por tareas, costumbres y gestos mil veces repetidos, transmitidos de padres a hijos; quién sabe si incluso sentirían su pertenencia al orden natural del universo. Pero ahora, entre la devastación reinante, ese rosetón hueco, símbolo y testigo de una época pasada, me recordaba la cuenca vacía de un ojo atónito, alucinado ante la desaparición irremediable de ese mundo tradicional que antes reconfortaba y ofrecía seguridad…

Ajena a mis ponderosas meditaciones y a la solemnidad del entorno, Lluna, la sharpei que venía en el grupo, aprovechó la ocasión para cagar en pleno centro de la iglesia.

Por mi parte, sobrecogido un tanto por una irrevocable impresión de fugacidad, tomé una mora de una zarza cercana y me la comí, como para sellar esa comprensión con una comunión espontánea.

La verdad es que al salir de las ruinas y durante todo el camino de vuelta a casa la sensación del tiempo como un torbellino que todo lo devora era intensa, casi mareante.

En resumen: ya nadie vive en Sant Miquel, la iglesia y el pueblo no existen más que en ruinas y Lluna misma murió este verano y está enterrada frente a Can Catarí Nou. Pero aún hay más: mi propia mente, que tuvo esas impresiones, también ha cambiado desde entonces y seguirá cambiando hasta que acabe por desaparecer como todo lo demás. No hay nada que se mantenga firme, inmutable, fiable… excepto la certeza de que todo cambia y está en perpetua transformación.

Sé por experiencia que en el corazón de esta conciencia aparentemente amarga yace una gran liberación y alivio, que a veces incluso puede manifestarse como una cierta euforia cuando soy capaz de “acompañar” ese movimiento incesante… cosa que no siempre ocurre. Ése es el mensaje y la esperanza que me recuerda el oscuro jugo de las moras silvestres maduras, que sigo comiendo de vez en cuando mientras paseo a los perros en este verano tardío y veo en la distancia el campanario de la iglesia tuerta de Sant Miquel de Marmellar, escenario de mi inesperada confirmación budista de anicca, la impermanencia.





martes, 14 de septiembre de 2010

¡Que viene el lobo!

¿Quién es este animal?

Su nombre científico es canis lupus y su apellido, signatus.

De niños aprendimos que era “el lobo feroz”: el terror de los cuentos infantiles, el castigo con el que nos amenazaban algunos adultos desaprensivos, quizá incluso el causante involuntario de alguna pesadilla… en una palabra, era el Mal.

Como mayor carnívoro que queda en Europa y depredador máximo del ecosistema peninsular, el lobo ha sido enemigo tradicional de ganaderos y pastores, y más ahora que los humanos hemos ido liquidando a sus presas naturales, los grandes ungulados cuyas cornamentas adornan tantos salones de cazadores españoles. Por eso, junto con las batidas organizadas para exterminarlos se le ha sometido en paralelo a una campaña continua de difamación que “justificaba” su persecución y aniquilamiento. En su conflicto con el ser humano, el lobo se ha llevado con mucho la peor parte, tanto en su supervivencia como en su reputación.

Pero esta tarde he visto en un documental algo que nunca me habría imaginado y que me ha dejado asombrado. Es verdad que se trataba de un antiguo episodio de la serie El hombre y la Tierra, del cuestionado Félix Rodríguez de la Fuente, pero realmente no me parece que se haya podido manipular (como se alega de alguna que otra escena en esta serie) más allá de ciertas posibles libertades en el montaje de la secuencia.

En la filmación se veía a una manada de lobos en una montaña arrastrando ladera abajo a una muflona que acababan de matar. Por los motivos que fueran, tras un rato uno de ellos volvía sobre sus pasos para recuperar un pedazo de carne que se había quedado atrás, y que en esos momentos ya estaba devorando un gran buitre.

Sorprendentemente, el ave carroñera, haciendo gala de un criterio más que dudoso, se negaba a retirarse y desplegaba sus grandes alas para amedrentar al lobo, al tiempo que lo amenazaba con su pico. Craso error. Tras estudiarlo un instante y rodearlo con cautela, el lobo se abalanzaba como un relámpago sobre él y lo agarraba hábilmente del cuello, sin que el buitre pudiera hacer nada por soltarse ni tampoco herirlo.

¿Qué pasó entonces? Que este depredador supuestamente terrorífico, digno de exterminio por su crueldad sanguinaria, se alejó unos metros de la presa en liza manteniendo al buitre a su merced, con el cuello apresado entre sus poderosas fauces y batiendo las alas inútilmente. Cuando consideró que era suficiente distancia, simplemente lo soltó, sano y salvo, antes de volver ladera arriba para recobrar su pedazo de carne de muflona.

Por supuesto, el buitre se cuidó muy mucho de volver a disputársela; menudo indulto inesperado había encontrado...

No recuerdo un ejemplo tan nítido de la frugalidad del instinto natural, que impulsa a matar para comer y casi nunca más.

Ese lobo, en plena lucha por la comida, fue capaz de tratar a un rival derrotado con la misma delicadeza con la que llevaría a sus propias crías entre sus colmillos para trasladarlas de un lugar a otro. Increíble, ¿no?

El lobo no pensó: “Pero ¿quién se ha creído que es este pajarraco de mierda para plantarme cara a mí, el rey de la fauna ibérica, por una presa que además he matado yo? Le voy a dar una buena lección a él y a todos sus congéneres”.

No pensó: “Bueno, si le rompo el cuello seguro que podré comer más tranquilo”.

No pensó: “Puedo matar a este buitre también y así tendré más carne disponible para mañana”.

No pensó: “Uy, no sé qué dirán de mí mis compañeros si dejo escapar con vida a este buitre insolente. Mejor aprieto las mandíbulas –bastará con una ligera presión– y me quito de problemas…”.

No. Ese lobo actuó sin pensar, pero con una destreza magistral, una calma absoluta y, seamos sinceros, una magnanimidad que rara vez mostramos los humanos cuando entramos en conflicto unos con otros (y menos aún cuando el conflicto es con otros seres percibidos como “inferiores”).

La naturaleza está llena de sorpresas. Para verlas sólo hace falta mirar, sí, pero también limpiarnos la mirada de prejuicios condicionados por una educación parcial, tendenciosa y, en definitiva, destructora de nuestra comprensión de los demás seres vivos y de nuestra verdadera relación natural con ellos.

Sé que suena tonto, sobre todo habiéndolo visto por televisión y no en vivo, pero este comportamiento del lobo me ha provocado una alegría inexplicable, junto con una oleada de profunda confianza en la elegancia y belleza del Dao y Dharma.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

Meditación musgosa


Después de la meditación, me viene una impresión que luego toma cuerpo como certeza: nosotros, los humanos, no venimos de ninguna parte; hemos crecido a partir de lo que ya había aquí, como un musgo sobre la corteza de un árbol.

Tampoco, claro, vamos luego a ninguna parte, sino que volvemos a fundirnos en lo que hay a la vista aquí, regresando a la misma unidad de donde surgimos para empezar. Todo queda en casa.

Somos de aquí. Más que eso, somos lo mismo que hay aquí, con un aspecto diferente. Cuando sientes la unidad de todo, te das cuenta de que no estamos “nosotros los humanos” por un lado y luego lo demás: hay una vida total aparente, y nosotros somos eso. Lo que pasa es que somos eso con algo más, que también ha crecido desde dentro. Somos vida con capacidad para darse cuenta de sí misma y para actuar sobre sí misma (y en ese “sí misma” están incluidas todas las formas de vida, no sólo las humanas). En ese sentido, somos como los ojos y las manos de la vida en este planeta.

Asombroso, ¿no?

Si es así, merecería la pena prestar atención y actuar con cuidado y respeto mientras pisemos esta tierra, respiremos su aire y comamos sus frutos, ¿verdad? Sin embargo, ¡qué lejos estamos de ello!

Es fácil entender a los maestros rugientes que denuncian las tropelías del egoísmo humano. No se trata sólo del desperdicio de nuestro propio potencial; es la destrucción de algo precioso y quizá irrecuperable que deberíamos salvaguardar, porque somos los únicos dotados para hacerlo. En cambio, en vez de usar nuestras facultades para favorecer la continuidad de la vida, las desplegamos contra la naturaleza para explotarla hasta agotarla.

Éramos como los gallos del corral, con dominio natural sobre todo… hasta que llegado cierto momento decidimos mutarnos en zorros. Bien, el corral sigue siendo el mismo, el único que conocemos, pero cada vez somos más los zorros y menos las gallinas.

¿Cómo acabará esto?

lunes, 23 de agosto de 2010

Otra lección


Estaba ahora mismo ponderando la noticia que acabo de leer, sobre cómo un temporal en Amsterdam ha abatido el castaño centenario que Ana Frank, autora del famoso Diario y víctima del genocidio en Bergen Belsen, veía desde su escondite antes de ser descubierta y deportada:


Como se intuye por las fotos, era un ejemplar soberbio de aesculus hippocastanum, a pesar de estar enfermo de hongos y de haber sido apuntalado por el ayuntamiento para evitar su caída. Igual que con el árbol del bodhi de Bodhgaya –que según la leyenda desciende directamente del original que extendía sus ramas ahí cuando Siddhartha Gautama alcanzó el despertar–, también la Fundación Anna Frank ha intentado asegurar la descendencia de este espécimen al recoger y distribuir sus castañas por colegios de todo el mundo para que las planten.

Me preguntaba, claro, de cuánta historia habría sido testigo ese árbol superviviente de dos guerras mundiales, cuántas historias humanas y mundanas habría presenciado, desde la comedia más burbujeante a la tragedia más siniestra, y qué importancia habría tenido todo eso desde su punto de vista… Ninguno, seguramente. Nació allá por 1860, creció, se reprodujo (o se va a reproducir con ayuda humana) y ahora ha muerto. Se cierra el círculo; otros se abren, o ya estaban abiertos y siguen su curso lejos de nuestra vista. Una vez más, la impermanencia llama a la puerta con su perenne recordatorio.

Pensé entonces en la curiosa yuxtaposición de Ana Frank y el castaño, tan juntos y tan distantes a la vez: ella, sumida en el miedo, el aburrimiento, la angustia, la rabia… probablemente en todas esas pequeñas vivencias a las que damos tanta importancia y que asociamos superficialmente con “ser humanos”; él, dedicado en exclusiva a crecer y reproducirse.

Siendo sinceros, cuando nos comparamos así de crudamente con los demás seres vivos, ¿qué humano sale bien parado al respecto? Aunque vivieron dos años a sólo metros de distancia, la adolescente y el árbol eran dos universos paralelos que probablemente nunca se rozaron más que muy levemente. ¿No es eso una tragedia en sí mismo? Pero… ¿somos diferentes nosotros hoy en día con la vida que nos rodea?

En esas estaba cuando me levanto del asiento frente al ordenador, miro por la ventana y… ¡¿qué veo?!

El viento acaba de desgajar una gran rama de uno de los olmos que bordean la calle, que ahora yace cruzada en la calzada cortando el tráfico.

La impermanencia ha entrado hasta la cocina.

¿Dónde deja esta coincidencia todas mis reflexiones anteriores?

No valen más que las de Ana Frank ni las de ninguna otra persona involucrada en su identidad, a no ser que sirvan de estímulo o combustible para entrar de verdad en unidad con ese castaño truncado, esos hongos, ese olmo manco… con toda esa vida, en definitiva, que siempre parece estar disponible y esperando pacientemente por si hacemos el esfuerzo de abrirnos a ella.

Hale, me voy a meditar.


sábado, 21 de agosto de 2010

Una lección de vida

Estábamos todos congregados en torno a Lluna, que se nos acababa de morir delante de las narices sin que pudiéramos hacer nada para evitarlo. Personalmente, estaba entre consternado y cabreado; parecía un desperdicio tan evitable…

Entonces a alguien se le ocurrió traer a Apolo, el doberman que llegó con ella a Can Catarí hace año y medio. Ambos tenían un vínculo especial a pesar de sus diferentes caracteres y parece que antes de “aterrizar” con nosotros incluso habían tenido una camada juntos. Parecía buena idea darle la oportunidad de despedirse de su compañera de correrías.

Pero Apolo nos dio una gran lección. Se acercó al círculo que formábamos mirándonos por turnos a unos y otros, atento a lo que pudiéramos ofrecerle o pedirle. No hizo ni caso del cuerpo inerte de Lluna. No es que no lo mirara ni lo oliera; es que lo ignoró por completo, como si ahí no hubiese nada.

¿Qué sugiere eso? Que este perro, al que muchos considerarían un animal inferior, reaccionó ante la muerte con una naturalidad sorprendente de la que nosotros carecíamos. Apolo no reaccionó a las formas, a pesar de que el cuerpo de Lluna estaba ahí delante y aún no se había enfriado del todo; Apolo sólo reaccionaba a la fuerza de la vida, presente en los humanos que estábamos en corro.

Nosotros seguíamos viendo la cáscara; él veía más allá, y actuaba en consecuencia.

Dice el refrán que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Yo aquí le daría la vuelta: no hay mayor aprecio que hacer aprecio de lo que realmente importa. Ahí y en ese momento, bajo el almendro y a la luz del foco de la fachada de Can Catarí, Apolo nos enseñó cómo la fuerza de la vida es tajante en su dedicación exclusiva a la supervivencia.

Parafraseando al Evangelio, el mensaje de la fuerza vital que nos transmitió a cada uno con su lenguaje canino era en el fondo uno bien conocido:

“Dejad que los muertos entierren a sus muertos, y tú, que estás vivo, ¡sígueme!”

Por supuesto que enterramos a Lluna al día siguiente; pero no como muertos, espero, sino siendo conscientes de la línea finísima que separa la aparente vida de la aparente muerte… y de lo inexplicable que resulta estar vivo… y de la suerte que supone oír esa llamada y poder seguirla.

Adónde nos pueda llevar esa llamada no importa; de alguna manera sutil, bajo la inmensidad del cielo estrellado, esa noche comprendimos que era lo único que vale en este mundo.

martes, 3 de agosto de 2010

Raca-raca-raca


¿Alguien quiere saber cuál es la “canción del verano”? Para mí está claro: el canto de las cigarras, sin duda.

Raca-raca-raca… raca-raca-raca… raca-raca-raca… sin cesar, desde que el sol empieza a verter por todo el paisaje sus rayos ardientes como plomo fundido hasta que afloja su martilleo.

Hace ya más de un mes, en cuanto llegaron los calores del pleno verano, que empezó a oírse en Can Catarí este tradicional himno mediterráneo.

Cuando regresé a Madrid hace dos semanas, dejé atrás los montes cubiertos de pinos, los acebuches, almeces y almendros de la masía, los cantos de muchos pájaros, el vuelo de las mariposas, la brisa fresca del anochecer… todo lo que ayudaba tanto a la contemplación, excepto el canto de las cigarras, que me recibió también ahí como una señal de que seguía “en casa”.

Raca-raca-raca… raca-raca-raca… raca-raca-raca…

Sólo que en la ciudad, oía también otro tipo de “cantos” tradicionales provocados por el calor:

“Jesús, ¡qué calor hace!”
“Sí, acabo de pasar por un termómetro ¡y marcaba 37!”
“¡Qué barbaridad! Al final, van a tener razón estos del calentamiento global”.
“Pues dicen que mañana va a apretar más”.
“Pues yo ya no he podido dormir en toda la noche, así que mañana no sé qué voy a hacer”.

Etc. Ya os hacéis una idea.

Se dice que las comparaciones son odiosas, pero en este caso tampoco parece que los humanos con identidad estemos a la altura de las simples cigarras, tan pacientes, tan naturales, tan integradas con todo lo que está pasando a su alrededor.

Raca-raca-raca… raca-raca-raca… raca-raca-raca…

A algunos la imagen de este insecto les puede provocar cierto rechazo, o incluso abierta repugnancia. Pero no sé si no sería más apropiado reservar esa reacción para el comportamiento de las identidades humanas, que tan inútiles y absurdas son (en el mejor de los casos), cuando no directamente dañinas.

Sí, las identidades humanas... siempre tan dispuestas a quejarse, a buscar su propio provecho, a afirmar con violencia su pretendida superioridad sobre los demás seres vivos.

No hay identidad en el canto de las cigarras. Para mí es una canción de bienvenida, esté donde esté, que parece repetir sin pausa un mensaje sutil… Algo así como “Sí… Es verano y hace calor… Es correcto y natural... Qué bien que las cosas sean como son”.

Raca-raca-raca… raca-raca-raca… raca-raca-raca…

miércoles, 28 de julio de 2010

Toros y tortura: aún queda camino por recorrer


“Durante estas fiestas, populares en Cataluña, los toros habitualmente se quedan ciegos o sufren graves daños oculares por la caída de las cenizas candentes en sus ojos”.

Antes de que nadie eche las campanas al vuelo para celebrar los valores éticos y progresistas de la clase política catalana por la prohibición de las corridas de toros, aprobada hoy por mayoría absoluta en el Parlament, convendría no perder de vista la cruda realidad: los correbous siguen siendo legales en Cataluña, a pesar de las altisonantes proclamas de algunos protagonistas de la iniciativa, satisfechos de haberse acercado un poco más a Europa en su imaginación al tiempo que mantienen intactas ciertas costumbres propias de la España más negra.

Los correbous [“corretoros”, en traducción literal del catalán] son los encierros propios de las fiestas mayores en las localidades de la zona [sur de Tarragona]. En ellos, los animales son cercados y más o menos maltratados según el lugar, la tradición –en algunos pueblos se le ponen bolas de fuego en los cuernos– o las ocurrencias improvisadas de los jóvenes armados con palos y barrotes durante las fiestas. La popularidad de esta celebración, supuestamente blindada y desligada de la posible prohibición de las corridas de toros, se convierte hoy en recelo: grupos antitaurinos recuerdan que en los correbous también se maltrata –en mayor o menor medida– a los toros, motivo clave por el que los partidarios de la abolición justifican la prohibición de los toros. ¿Y de los correbous?

Los políticos asumen que prohibirlos supondría un coste político impagable. Por ello desde el inicio del debate aseguraron a las bases locales que la prohibición a las corridas iría de la mano de una norma que blindaría a los encierros con una ley específica. El argumento consensuado es que a estos toros locales no se les da muerte, lo que las hace aceptables. (Ferrán Balsells, EL PAÍS, 28 de julio de 2010; el énfasis es mío).

Después de leer esto, ¿hay razones para la esperanza? Parecería que sí, si atendemos a las razones dadas por algunos altos cargos políticos:

El vicepresidente de la Generalitat, Josep-Lluís Carod-Rovira, ha votado a favor de la prohibición de las corridas porque “el siglo XXI debería ser incompatible con la tortura pública de los animales como espectáculo”. El vicepresidente ha justificado su voto favorable porque “todas las tradiciones, por más catalanas que sean, tienen que adaptarse a su época” (EL PAÍS, 28 de julio de 2010).

Pero, ¿qué dicen los hechos? ¿Se trata de verdad de respeto a la dignidad de los animales, o es un debate contaminado por los intereses políticos del momento? Algunos medios de comunicación menos afectos al actual gobierno tripartito de Cataluña son muy críticos respecto de la práctica continuada de encierros con correbous:

El año pasado se presentaron nueve recursos ante la delegación del Gobierno catalán por presunto maltrato a los toros. […] los casos son archivados sistemáticamente […].

«Los bous no son un espectáculo como las corridas, sino un juego entre el animal y el hombre», afirma el diputado convergente Francesc Sancho.


En las tierras del Ebro son tradicionales cinco modalidades: en la plaza, en la calle, ensogado o capllaçat, de fuego o embolat, y de exhibición de habilidades. En las dos primeras, se deja libre el toro en el recinto pertinente y los jóvenes provocan sus embestidas e intentan esquivarlas.


En poblaciones como L'Ampolla y Les Cases d’Alcanar el recorrido se desarrolla en el puerto marítimo, en cuyas aguas caen continuamente mozos y bous [cabe preguntarse, añado yo, cómo sale el toro del mar… si es que sale]. Esa variante específica, junto con las modalidades de capllaçats y embolats, son las más perseguidas por las protectoras.


La primera de estas últimas consiste en soltar el toro por las calles con los cuernos atados a una cuerda que los mozos estiran para controlar la carrera del animal. En el embolat, se instala una estructura metálica en los cuernos con dos bolas de fuego en la parte superior.


Desde el 2004 los organizadores adoptan voluntariamente un Manual de Buenas Prácticas que incluye, al finalizar el festejo, una revisión veterinaria.


«Sus informes fundamentan el archivo de las denuncias», explica el delegado del Govern en las Terres de l’Ebre, Lluís Salvadó. «Es una aberración decir que hay maltrato, como lo sería decir que se maltrata a los caracoles en Lérida», asegura Miquel Ferré, presidente de la Agrupació de Penyes de les Terres de l'Ebre (Periodista Digital, 28 de julio de 2010).


La verdadera aberración es que se permita seguir con esta costumbre, ya sea en Cataluña o en el resto de España. La dignidad intrínseca de la vida recomienda vivamente y sin cesar que se suprima todo tipo de maltrato animal –por no hablar de la tortura pública y comunal como forma de diversión popular, práctica que en España cuenta tristemente con una larga tradición.


Pero júntese la cortedad de la mente cognitiva, la mezquindad de los intereses y apaños políticos de cortos vuelos, y el falso y ciego orgullo de las identidades individuales y colectivas… y se obtendrá un engendro bastante parecido a lo que hemos visto y oído hoy.


Hay que ir más profundo. No se puede ir haciendo equilibrios con la vida y la muerte según convenga.


Como dijo Buda, todo lo que les hacemos a los demás, nos lo hacemos a nosotros mismos. Para mí, en ese “demás” están todos los seres vivos.



sábado, 24 de julio de 2010

Meditación bajo los cedros



Ayer, esperando a un amigo bajo los cedros, me preguntaba de dónde salía esa sensación de estar en casa junto a los árboles.

En Can Catarí tengo la suerte de estar cerca de la enseñanza del Dharma y rodeado de naturaleza. Son dos cosas que van tan bien juntas que en realidad se acompañan y refuerzan la una a la otra.

Pero aquí en la ciudad las cosas son distintas, porque falta el “hervor” de la enseñanza. En estas circunstancias, la naturaleza se convierte en un refugio reconfortante, pero también me recuerda que en cierto sentido aún estoy “cojo”.

Miro hacia las ramas y las copas de los grandes árboles y siento que, al ser tal como son y vivir como viven, están hablando el mismo lenguaje inmemorial que hablaron sus antecesores desde la noche de los tiempos.

Miro los pájaros que revolotean en el aire dorado del atardecer y los perros que corretean por la pradera oliéndolo todo mientras ignoran las llamadas perentorias de sus amos, y sé que participan en la misma conversación que los cedros, los chopos y la hierba.

Pero luego miro al parque y sus jardines cuidadosamente diseñados y veo la obra de mentes humanas, con su afán por el orden y las formas nítidas, alejadas de la unidad con la fuerza primordial que ha producido toda esta vida. Incluso en el macizo más encantador de pensamientos arremolinados en torno a un abeto noto cierta violencia hacia el Dao natural.

Y entonces me miro a mí mismo y me veo… ¿cómo? A medio camino entre una y otra orilla… dejando atrás la llave paralizante de la mente cuadriculada y aprendiendo el lenguaje/no-lenguaje de la pura experiencia de estar vivo y ser uno con todo lo que vive.

Algún día, espero, sabré ese idioma. Por ahora, sigo trabajando con las torpes, torpes palabras humanas... y mirando más allá, hacia lo que asoma en el horizonte... bajo los cedros, entre las hierbas, en la luz de un atardecer de oro.

martes, 20 de julio de 2010

Malas hierbas


Anoche, por una circunstancia poco habitual, nos encontramos un rato Shandiedang y yo con Shan-jiàn y Sellva delante del local donde viven en Vilafranca.

En un momento dado de nuestra conversación, nos fijamos en unas hierbas silvestres, de esas que convencionalmente se suelen llamar “malas hierbas”, que habían brotado entre el bordillo de la acera y el asfalto y recorrían prácticamente toda la calle desde los contenedores de basura del inicio hasta la pared del fondo.

Como dedujimos rápidamente, las hierbas se beneficiaban del agua que recorría ese borde de la calzada aprovechando su ligera cuesta abajo, como se veía por las marcas que había dejado en el pavimento con el paso del tiempo.

Esa agua era probablemente la que venía del restaurante de la esquina, que vacía en la calle baldes y cubos con el agua sucia de fregar los suelos, preparar los alimentos y limpiar las cocinas.

Pensándolo un momento, me quedó clarísimo cuánta razón tenemos en llamarles “malas” a estas hierbas.

Crecen al lado de la fantástica basura y la cochambre aromática que los buenísimos humanos amontonamos en los contenedores, y a menudo alrededor de ellos también, en plena calle.

Están aprisionadas entre el noble cemento de los bordillos y el espléndido asfalto con el que enmoquetamos la tierra, y se empeñan en romper el orden estéril de líneas y ángulos rectos que tanto nos gusta imponer allá donde vivamos. 

Rompen la armonía de grises urbanos con colores no homologados por nuestro magnífico Ayuntamiento.

Brotan en un exclusivo callejón oscuro donde a menudo apenas luce el sol.

Las regamos con la sublime agua sucia de nuestros baldes y fregonas, llena de productos químicos nocivos para la vida.

Pero ellas, las muy condenadas, se empeñan en asomar la cabeza y seguir viviendo.

Dales un mínimo resquicio, el hueco más inverosímil, y por ahí brotan y se ponen a crecer en silencio, sin protestar ni lamentarse.

Dales las condiciones más desfavorables para que desplieguen su propia naturaleza y ellas siguen dando el 100% de su potencial, sin reservarse nada para tiempos mejores, sin hacerle ningún asco o reproche a nada ni nadie.

¡Malas hierbas, sin duda!

Habrá que darles unos buenos azotes…

miércoles, 14 de julio de 2010

Renacimiento (sin identidad)


Esta mañana, al mirar por la ventana del baño, he tenido una pequeña sorpresa: una de las ramas del olivo, que se había desgajado durante la gran nevada de este invierno pasado y que algunos Shanes solícitos habían vuelto a colocar en su sitio asegurándola con cable eléctrico y embadurnando la “herida” con barro para evitar infecciones, ha vuelto a brotar.

Ahora no es más que una especie de miembro amputado atado a la parte sana del árbol: muy poca cosa en comparación con la magnífica rama frondosa que cedió bajo el peso de la nieve. Aun así, de su cuerpo salen varios brotes que apuntan a lo alto, como flechas festivas adornadas por unas hojas pequeñas y de un verde más vivo que las demás, encantadas de ser las últimas en llegar.

Algo se me ha movido dentro cuando lo he visto. Si este árbol lo está consiguiendo, también hay esperanza para nosotros, que estamos en un trance similar. Nosotros también hemos quedado mutilados bajo el peso de la identidad.

Igual el camino pasa por recuperar nuestra propia “mente de olivo”, que, a pesar del ruido innecesario que arrastramos en la cabeza, es capaz de atender a lo que importa con calma, paciencia, perseverancia, introspección y determinación.

Este olivo, que aguanta con la misma paciencia las nevadas y el sol inclemente de julio, se ha convertido para mí un símbolo del no resistirse y no rendirse, y de la mente budista que sabe cómo hacer lo que hay que hacer sin fanfarrias ni alharacas.

¡Larga vida a este olivo y a todos los seres vivos que embellecen la tierra con sus vidas y sus muertes y nos dan lecciones constantes sobre cómo volver a ser, por fin, seres humanos de verdad!

miércoles, 23 de junio de 2010

Agarrarse a la vida


Salgo al jardín y miro la hiedra, que se abraza al muro hasta formar una tupida alfombra verde y vertical entre cuyas hojas asoman aquí y allá unos troncos nudosos. Es la tenacidad de la vida.

Recuerdo cuando plantamos los primeros esquejes en la tierra, hace años ya… ¿Cómo sabe la hiedra que tiene que crecer hacia arriba? ¿Cómo son capaces estas trepadoras de detectar a ciegas que hay algo que les puede servir de apoyo para estirarse hacia lo alto?

Miro las hojas de la hiedra, las del magnolio, las del arce sicomoro al trasluz y siento cómo los rayos del sol atraviesan sus membranas y activan el metabolismo de cada planta. Hay una asombrosa sofisticación en la frugalidad que emplean para seguir vivas.

¿Cómo es posible que exista algo tan maravilloso?

¿Cómo es posible que esté delante de nuestros ojos y narices, rodeándonos por todas partes (si tenemos la suerte de no vivir en medio de la jungla de asfalto), y no nos demos cuenta?

Más aún, ¿cómo es posible que nosotros mismos seamos eso y sin embargo vivamos de espaldas a ello, embebidos en el páramo de nuestras mentes robotizadas, como si no existiera este prodigio continuo?

Es un gran misterio…

domingo, 20 de junio de 2010

Mamba

El aparente declive de Mamba, una de las sharpeis de Can Catarí, es una buena “prueba del algodón” de cómo vivo el proceso de la muerte.

También aquí puedo trabajar sobre la última conceptualización de la naturaleza, porque ¿qué sería la naturaleza sin la vida? ¿Y qué sería la vida sin la muerte? No se pueden entender por separado.

Cualquier cosa que se marcha de este mundo del samsara le está haciendo sitio a la que viene detrás, ya mismo, para sucederle. Nos perdemos el ritmo de ese baile universal si nos enfrascamos en un caso particular.

Cuando me despedí de Mamba ayer, antes de tomar el tren a Madrid, nos miramos un momento a los ojos –bueno, al ojo, porque sólo abrió el derecho mientras yo le acariciaba la barbilla. Siempre es interesante entrar en la mirada de los animales, porque nos llega de un lugar desconocido donde no hay identidad.

Es cierto que Mamba tenía la mirada vidriosa, y si quisiera darme aires incluso podría decir que detecté en ella la veladura de la muerte; pero lo que no capté ni por asomo fue miedo, ansiedad, angustia ni reproche alguno.

Mamba llegó a Can Catarí hace cuatro meses largos, con un diagnóstico de insuficiencia renal y el veredicto de cierto veterinario de que había que sacrificarla. En este tiempo ha vivido una vida más natural y sana que antes: ha jugado y corrido al aire libre con otros perros, ha ladrado y se ha divertido provocando a las otras sharpeis, ha gruñido a todo perro que se acercara a “su” balde de agua, incluso ha pegado y recibido mordiscos en un par de trifulcas caninas y ha recibido todo tipo de cuidados y cariño natural de los humanos que se ocupaban de ella –sin los mimos culinarios a los que la habían acostumbrado sus anteriores dueños. En ningún momento se ha quejado ni ha dado muestras evidentes de que sería más humanitario sacrificarla. Yo diría que ha estado feliz, con el bienestar natural que no tiene contraparte.

Todo este tiempo ha sido un “sí” a la vida. Incluso diría que en su mirada ayer había un “sí” a la vida. Mejor dicho, su mirada mantenía una llama de vida, que en sí misma dice siempre “Sí”.

Esa es la fuerza de la naturaleza para mí, ese “Sí” sempiterno, incondicional, venga lo que venga… hasta la muerte: un “Sí” sin “No”; un “Sí” que simplemente se apaga cuando llega el momento… al tiempo que se enciende en otro lugar, en mil otros lugares, en millones y millones de formas diferentes del ciclo de las existencias.

Sí… adelante, adelante… Sí.

Siempre Sí.

miércoles, 9 de junio de 2010

Arder


Especulando sobre la fuerza de la vida que me encuentro por todas partes en la naturaleza, se me antoja que es como una llama encendida en un espacio oscuro.

La llama no se ve afectada en la intensidad de su luz o de su calor ya esté encerrada en un armario minúsculo o bien luzca a cielo abierto, en la inmensa oscuridad de una noche sin estrellas.

La llama no se ve afectada por la certeza de que antes o después la vela que la alimenta se agotará y ella misma acabará por extinguirse.

La llama no se ve afectada por su indefensión ante cualquier acto externo que pueda amenzarla o directamente apagarla.

La llama sigue hacendo lo único que sabe hacer, y lo único que importa: arder.

Eso me recuerda un antiguo haiku japonés:

Insectos en una rama
Que flota río abajo
Cantando

Hay algo en esa ecuanimidad ante el precario equilibrio entre vida y muerte que me resulta muy conmovedor…

jueves, 3 de junio de 2010

Earthlings (Terrícolas)

Escribo estas líneas a punto de coger el tren para acudir al retiro Chan-Dao de Can Catarí, revuelto e impresionado aún por el documental Earthlings, que Shan-die Dang incluyó en su blog y que yo he acabado de ver esta mañana.

Lo había empezado a ver ayer, pero lo tuve que dejar a medias por lo duras y difíciles de aguantar que me resultaban sus imágenes. Hoy, sin afán de masoquismo, me he puesto a ello otra vez con la idea de que, si soy un estudiante del Dharma que además participa como consumidor final en algunas de estas salvajadas, no puedo permitirme mirar hacia otro lado cuando me presentan la verdad.

El documental en sí es una colección de secuencias grabadas en su mayoría con cámara oculta que dan fe del trato cruel e inhumano que los seres humanos dispensamos a los animales en la industria de la alimentación, la peletería, el entretenimiento y la investigación científica. Confieso que en varias ocasiones he tenido que apartar la mirada de la pantalla. La crueldad del hombre puede llegar a extremos de una obscenidad indescriptible.

Pero, aparte de escandalizarme, también he estado observando mis reacciones mientras veía el documental. Aunque sin duda tenía ese sentido de violación de la fuerza de la vida del que Shan-jiàn nos habla a menudo, en mi caso era aún más fuerte la sensación de estar manchado por los actos de mis semejantes contra los animales, así como una profunda vergüenza de formar parte de todo ello. Me imagino que serán las diferencias propias de cada temperamento.

Es curioso que simplemente mirando a un rectángulo iluminado, como es la pantalla del ordenador, se susciten reacciones tan violentas. También lo es que, sin haber cometido ninguna de las barbaridades que se ven, me sienta como si yo mismo estuviese infectado por ellas, como si esa identificación fuese el reverso negativo de la idea budista de que no hay individuos.

En todo caso, este documental se ha convertido en otra motivación más, y muy poderosa, para renovar mi compromiso con el camino de la liberación de la mente humana enferma.

Los que tengáis estómago, podéis encontrar la película en Google, ya sea en inglés con subtítulos o doblada:


http://video.google.com/videoplay?docid=7576567901991519153#



domingo, 30 de mayo de 2010

¿Qué vino primero...?

Siguiendo el hilo de mi entrada-divagación anterior, retomo una frase de Samuel Butler recogida en el blog de Shan-jiàn:

“La gallina no es más que la manera que un huevo tiene de hacer otro huevo”.

Me encanta esa manera de trastocar las prioridades y darles la vuelta, usando en este caso el pensamiento lateral gallináceo.

En esencia, es lo mismo que dice Richard Dawkins, el pope de la biología evolutiva actual, sólo que cambiando los protagonistas: cada ser humano no es más que una estación de paso en la longeva trayectoria de los genes que lo componen.

(Curiosamente, y si mal no recuerdo, Dawkins omite citar a Butler entre los reconocimientos de deuda intelectual que incluye en su libro El gen egoísta; ¿de verdad no lo conocía?).

Si trasladamos el mismo mecanismo a la condición humana, pero ahora en sentido dhármico, ¿no podríamos decir también que la vida del aparente individuo no es más que la manera que la clara luz no diferenciada (al nacer) tiene de generar más clara luz (al morir)?

Quizá no sea una analogía perfecta, ya que la clara luz no se “genera”; pero para mí lo interesante es que, si lo vemos así, ponemos las peripecias de la vida del aparente individuo en el mismo nivel de irrelevancia que las de una gallina común.

Hmmm… chocante, ¿no?

Pero, en el fondo, ¿no es ésa una medida más ajustada al Dharma de lo que importan los detalles mundanos de nuestras vidas? Que uno sea rico o pobre, guapo o feo, alto o bajo, incluso catalán o madrileño… ¿qué más da? La biografía de cada cual –ese tesoro tan preciado, que merece toda nuestra atención y cuidados– no sería entonces más que un paréntesis en la clara luz… un hipo del universo.

Sólo importa una cosa: que la clara luz sea capaz de “crear” más clara luz antes de la muerte del aparente individuo que la encarna. Eso sí sería un acontecimiento relevante… reunir a huevo y gallina en un solo ser aparente.

¿Cómo llamaríamos a este bípedo implume ovo-gallináceo? Por ahora, pongamos que un ser humano despertado.

Intentaré ceñirme más al tema en mi siguiente entrada. Hoy igual he tomado demasiado Avecrem y se me ha subido a la cabeza.

¡Co-coro-cocóóó!

viernes, 28 de mayo de 2010

La red de Indra

En el Dharma, llega con suerte un momento en las prácticas en el que te queda claro por fin que no te estás ocupando de tu conciencia individual, con todos los contenidos específicos de tu biografía. Entonces la práctica cobra una dimensión mucho más profunda, porque de verdad sientes que al dedicarte a ella estás llevando de la mano sutilmente a todos los demás por el mismo camino. Ya no caminas solo por el ancho mundo.

Esta idea de que no hay seres individuales, porque la separación entre unos y otros es una ilusión, es un aroma constante en las enseñanzas del Mahayana. Sin embargo, no es fácil procesarla e integrarla en la meditación, porque para ello hace falta abstraerse de lo que experimentamos, de la evidencia de que las cosas son tal cual las percibimos, para abrirse a otra dimensión que se mantiene oculta detrás de las apariencias –y no sólo oculta en el espacio sino también en el tiempo.

De hecho, en las contemplaciones del Celo y, sobre todo, de Shén, estamos abriéndonos al contacto con experiencias atávicas que no son “nuestras” en sentido estricto, pero tampoco son ajenas del todo, ya que podemos evocarlas desde dentro de nuestra mente. Es cierto que ese contacto con las experiencias latentes en la mente puede resultar esquivo e impredecible, pero al final la propia ambigüedad entre lo que es “mío” y lo que es “de la especie”, por así decirlo, socava aún más cualquier noción de que “yo” sea una persona individual, con una esencia sustancial y duradera. Para mí, la imagen que mejor lo explica es la red de Indra:

Muy lejos, en la morada celeste del gran dios Indra, hay una red maravillosa que ha sido colgada por algún ingenioso artífice de tal modo que se extiende indefinidamente en todas las direcciones. De acuerdo con los suntuosos gustos de las deidades, el artífice ha colgado una joya brillante en cada “ojo” de la red, y como la red es infinita en todas las direcciones, las joyas son infinitas en número. Allí cuelgan las joyas, brillando como estrellas de primera magnitud, en una vista maravillosa de contemplar. Si ahora elegimos al azar una de estas joyas para inspeccionarla y la miramos de cerca, descubriremos que en su pulida superficie se reflejan todas las otras joyas de la red, infinitas en número. No sólo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya refleja a su vez todas las demás joyas, de suerte que se produce un proceso de reflexión infinito.

Si sustituimos las joyas por experiencias humanas que resuenan y se comunican unas con otras (como ocurre en la práctica), diría que así es como me siento tras las contemplaciones: suspendido en un espacio-tiempo infinito, implicado en una malla impersonal de ilusiones que surgen, se alimentan mutuamente y se multiplican sin cuento, insustancial en el fondo pero infinitamente acompañado… de camino a experimentar la propia “flotación” de esa red sin identificarme con ninguna de sus partes.

viernes, 21 de mayo de 2010

Ruiseñores psicotrópicos


Uno de los beneficios colaterales de vivir en Can Catarí es oír los cantos de los ruiseñores en primavera. Al oírlos a todas horas, mañana, tarde y noche, uno tiene tiempo de empaparse de esa música lo suficiente para dejar atrás su melodía e ir más allá, a las raíces de donde brota el canto. Es una práctica que tiene algo de mágico, casi como un viaje psicodélico, pero os aseguro que no me he “metido” nada para realizarla aparte de las meditaciones del Dharma.

¿Qué tiene el canto del ruiseñor, que tan revelador me resulta? Aparte de la literatura que lo celebra, yo sólo conocía de oídas su reputación como cantor, y no ha sido hasta hace poco, al oírlo en vivo una y otra vez, cuando he entendido lo que de verdad me sugiere esta criatura como ningún otro pájaro, que yo sepa.

Es cierto que ya conocía el canto del mirlo, que anuncia la llegada de la primavera en la meseta con un canto algo más sobrio y denso, que recuerda a la sonoridad del clarinete. Pero, por algún motivo, por mucho que lo disfrute, no tiene los mismos efectos sobre mí. Sólo ahora me he dado cuenta de lo que me estaba perdiendo sin ruiseñores en mi vida.

No se trata del mero placer estético de oír sus inverosímiles cabriolas vocales –silbidos, trinos y gorjeos que se suceden en una gloriosa anarquía. Tampoco se debe a la agradable asociación con la oscuridad y frescura de estas noches de mediados de mayo que ya invitan a quedarse al aire libre, después del invierno largo y riguroso, y simplemente escuchar a cielo abierto, bajo la inmensa cúpula de las estrellas, esas voces que cobran mayor relieve ante el silencio reinante por doquier.

Es algo más sutil que detecto en esas arias imprevisibles, como al trasluz de sus notas: un cantor fundido con su canto, como si fuera un surfista montado en la cresta de una ola que se va desplegando ante él sin que sepa, de un momento a otro, por dónde va a romper… Un cantor que se disuelve en el canto y le cede el poder, pero aún retiene suficiente conciencia para asombrarse ante lo que está pasando…

Ése parece ser el secreto del ruiseñor: la pura experiencia del canto vivida como una sorpresa constante, sin plan ni proyecto, que responde al impulso natural de cada momento sin detenerse en ello, sino sumando a esa corriente que fluye desde dentro el asombro ante sus resultados… asombro que a su vez refresca e impulsa el canto hacia delante en un bucle gozoso. El canto se canta sin cantor alguno. Qué maravilla.

Así que ahora puedo responder a la pregunta que me hacía para empezar: ¿qué es lo que me conmueve del canto del ruiseñor?

Si dijera que es la ausencia de cálculo y de identidad, sería verdad, aunque sólo en parte.

Lo mismo ocurriría si afirmara que me resuena profundamente porque es una demostración práctica del Dharma natural.

En el fondo, lo que me conmueve del canto del ruiseñor es lo que sugiere: el aroma de cómo puede ser la experiencia de la mente pura liberada de su esclavitud cognitiva.

Todo esto me enseñan los ruiseñores sin intentarlo ni quererlo, sin ni siquiera darse cuenta. Ni falta que les hace. ¡Bendita ignorancia la que rinde estos frutos!

domingo, 16 de mayo de 2010

En la variedad está el... ¿disgusto?

El otro día, mientras me asomaba a la ladera desde el balcón de Can Catarí Nou y constataba la proliferación de hierbas y plantas de todo tipo que estaba volviendo a cubrir las zonas que desbrocé a brazo partido, con innegable heroísmo, hace unos años, me vino a la mente una pregunta:

¿Por qué hay tanta variedad de formas de vida? ¿Por qué no puede haber nada más “plantas”, o a lo sumo “hierba” y “árboles”? ¿Por qué, en vez de eso, tiene que haber hinojo y lentisco, garriga y cardos, zarzas y pinos, diente de león, olivos, hiedra, margaritas, encinas, trigo y cebada silvestre, esparragueras… y decenas de otras especies, cuyo nombre ignoro?

(En realidad, la pregunta tomó más bien la forma de un “¿Por qué **** hay tanta variedad…?”, pero tampoco hay que cebarse en los detalles).

Claro que era mi remolona identidad de confusión la que se hacía estas preguntas, suspirando ante la perspectiva nada apetecible de enfrentarse de nuevo a un segundo desbroce... que, por supuesto, tampoco sería definitivo. Y es que, aunque a corto plazo el humano se pueda imponer, a la larga la naturaleza suele acabar prevaleciendo, porque es una fuerza formidable e inasequible al desaliento, a la que nada distrae de su única misión, que es crecer y multiplicarse, como dice el Génesis.

En definitiva, parece como si todo mi esfuerzo de limpieza no hubiera servido para otra cosa que para darle más empuje a la naturaleza, que ahora se despliega exultante y vuelve a reclamar para sí los espacios que le había arrebatado. Ni que decir tiene que me sentí muy poca cosa, como David contra Goliat (o el Valladolid contra el Barça), ante el triunfo evidente de esa fuerza ciega; un triunfo más rotundo si cabe ahora gracias a los chaparrones y los primeros calores de esta primavera, refrendado por la unanimidad entusiasta con la que todas las plantas se han lanzado a recuperar el terreno perdido.

Pero, más allá de mis lamentaciones, la pregunta no sólo tiene sentido sino que además ofrece una respuesta bastante probable. ¿Por qué tanta variedad? Porque la naturaleza desarrolla su programa de supervivencia con previsión y prudencia, sin poner todos los huevos en la misma cesta.

Eso significa que, en un entorno en constante transformación donde nunca se sabe qué puede ocurrir, lo más seguro es generar distintas especies, cada una con su configuración específica de puntos fuertes y débiles, para que ante un cambio drástico en las circunstancias no sucumban todas a la vez. Cada especie sería entonces como un ensayo más en la larga carrera de prueba y error que es la evolución de la vida en este tercer planeta del Sol: un experimento inacabado, sí, pero no inacabable.

En ese sentido, lo importante es que la vida siga adelante, sea cual sea la forma particular que tome, y no la fortuna individual de una especie concreta, ni siquiera del ser humano. Desde el punto de vista de esa fuerza inteligente que alienta en todos los seres vivos y reacciona adaptando sus genotipos y fenotipos a los cambios del ambiente, los aparentes individuos somos prescindibles, desechables, meras anécdotas en la gran corriente viva que habita el planeta. Si nosotros nos vamos, otros ocuparán nuestro lugar, como sostenía ese documental sobre insectos que hace ya muchos años llegó a los cines españoles con el ominoso título de Heredarán la tierra.

Nos guste o no, para la naturaleza, la vida, o como quiera que la llamemos, no importa si en un momento dado lo único que sobrevive en la tierra son las cucarachas o, por el contrario, el elenco más selecto y refinado de bailarines y bailarinas del ballet Bolshoi; ella seguirá adelante con lo que haya a mano, tenga las patas que tenga.

Por contra, los humanos hemos acumulado un poder de destrucción inimaginable y probablemente estamos ya en posición de aniquilar toda forma de vida y convertir a la tierra en un pedrusco sideral yerto y desolado. Ahí le superamos sin duda a la naturaleza, aunque sea un mérito más que dudoso. En cambio, cuando llega el momento de crear no somos más que una sombra pasajera en comparación con ella, sobre todo si lo hacemos enfrentándonos a sus impulsos –como sólo los humanos somos capaces de hacer– o si esa “creación” no nace enraizada y alimentada por la fuente misma que nos presta la vida a todos los seres.

Es algo que intentaré tener presente si en algún momento, desatendiendo el sentido común, me animo a desbrozar esa ladera otra vez.

lunes, 10 de mayo de 2010

A beber, que son dos días

Hace un instante, mientras subía la escalera al segundo piso de Can Catarí Nou, me he dado cuenta de que estaba sonriendo de oreja a oreja. ¿Por qué? En primera instancia, porque oía a dos de nuestros perros, Apolo y Lluna, bebiendo agua al alimón con alegre chapoteo. Así de sencillo, y así de tonto. Pero hay algo más.

Los dos acababan de entrar en casa de nuevo después de una inesperada correría de medianoche. En medio de la paz nocturna, cuando se supone que todos duermen ya, se habían puesto a ladrar agitadamente ante la puerta. Bajé, pensando que probablemente estaban ladrando por la presencia de jabalíes en el pequeño bosque que bordea la masía.

Era natural que quisieran defender su territorio, ¿no?, así que les abrí la puerta y ambos salieron disparados hacia fuera.

Yo les seguí con más calma. Hacía una noche maravillosa, con una tenue neblina húmeda pegada al suelo por la lluvia caída esta tarde bajo un cielo despejado en el que se divisaban con nitidez las estrellas. Olía a tierra mojada y a champiñones o algo similar, desenterrado quizá por los jabalíes.

Apolo desapareció cojeando entre la bruma irisada por un farol, olvidándose de su apatía de hoy y del dolor de su pata trasera; mientras tanto, en la oscuridad se oían los cascabeles de Lluna en medio de la espesura, asegurándose de que ningún jabalí invasor quedara impune. Por el silencio estaba claro que ni siquiera llegó a haber una escaramuza, pero ambos estaban totalmente volcados en su misión de intercepción, cada uno a su manera, así que los dejé estar.

Confiando en nuestros perros, me volví adentro, permitiendo que ellos dos también ejercieran sus funciones de guardianes y guerreros del Dharma. Me cepillé los dientes y al salir del baño ahí estaban en el cuarto de estar, lamiendo con estrépito unísono el agua de los baldes, casi diría que con la satisfacción del deber cumplido. Pasé de largo, apagué la luz, subí las escaleras, y ahí seguían, dale que te pego con el agua.

Eso, la alegría de ver la naturalidad de sus acciones, fue lo que me provocó la sonrisa: ladrar a deshoras, salir corriendo con entusiasmo a perseguir sombras olvidándose de que uno está cojo, volver a casa cuando quieren ellos y no yo, beber ya esté la luz encendida o apagada... qué libertad.

Amigos Shanes, no os preocupéis por nosotros: con Apolo y Lluna, estamos en buenas zarpas. Son maestros involuntarios a todas horas y nos protegen celosamente del jabalí de la ignorancia de nuestra propia fuerza natural, siempre que estemos dispuestos a abrirles la puerta de nuestra mente-corazón.