miércoles, 28 de julio de 2010

Toros y tortura: aún queda camino por recorrer


“Durante estas fiestas, populares en Cataluña, los toros habitualmente se quedan ciegos o sufren graves daños oculares por la caída de las cenizas candentes en sus ojos”.

Antes de que nadie eche las campanas al vuelo para celebrar los valores éticos y progresistas de la clase política catalana por la prohibición de las corridas de toros, aprobada hoy por mayoría absoluta en el Parlament, convendría no perder de vista la cruda realidad: los correbous siguen siendo legales en Cataluña, a pesar de las altisonantes proclamas de algunos protagonistas de la iniciativa, satisfechos de haberse acercado un poco más a Europa en su imaginación al tiempo que mantienen intactas ciertas costumbres propias de la España más negra.

Los correbous [“corretoros”, en traducción literal del catalán] son los encierros propios de las fiestas mayores en las localidades de la zona [sur de Tarragona]. En ellos, los animales son cercados y más o menos maltratados según el lugar, la tradición –en algunos pueblos se le ponen bolas de fuego en los cuernos– o las ocurrencias improvisadas de los jóvenes armados con palos y barrotes durante las fiestas. La popularidad de esta celebración, supuestamente blindada y desligada de la posible prohibición de las corridas de toros, se convierte hoy en recelo: grupos antitaurinos recuerdan que en los correbous también se maltrata –en mayor o menor medida– a los toros, motivo clave por el que los partidarios de la abolición justifican la prohibición de los toros. ¿Y de los correbous?

Los políticos asumen que prohibirlos supondría un coste político impagable. Por ello desde el inicio del debate aseguraron a las bases locales que la prohibición a las corridas iría de la mano de una norma que blindaría a los encierros con una ley específica. El argumento consensuado es que a estos toros locales no se les da muerte, lo que las hace aceptables. (Ferrán Balsells, EL PAÍS, 28 de julio de 2010; el énfasis es mío).

Después de leer esto, ¿hay razones para la esperanza? Parecería que sí, si atendemos a las razones dadas por algunos altos cargos políticos:

El vicepresidente de la Generalitat, Josep-Lluís Carod-Rovira, ha votado a favor de la prohibición de las corridas porque “el siglo XXI debería ser incompatible con la tortura pública de los animales como espectáculo”. El vicepresidente ha justificado su voto favorable porque “todas las tradiciones, por más catalanas que sean, tienen que adaptarse a su época” (EL PAÍS, 28 de julio de 2010).

Pero, ¿qué dicen los hechos? ¿Se trata de verdad de respeto a la dignidad de los animales, o es un debate contaminado por los intereses políticos del momento? Algunos medios de comunicación menos afectos al actual gobierno tripartito de Cataluña son muy críticos respecto de la práctica continuada de encierros con correbous:

El año pasado se presentaron nueve recursos ante la delegación del Gobierno catalán por presunto maltrato a los toros. […] los casos son archivados sistemáticamente […].

«Los bous no son un espectáculo como las corridas, sino un juego entre el animal y el hombre», afirma el diputado convergente Francesc Sancho.


En las tierras del Ebro son tradicionales cinco modalidades: en la plaza, en la calle, ensogado o capllaçat, de fuego o embolat, y de exhibición de habilidades. En las dos primeras, se deja libre el toro en el recinto pertinente y los jóvenes provocan sus embestidas e intentan esquivarlas.


En poblaciones como L'Ampolla y Les Cases d’Alcanar el recorrido se desarrolla en el puerto marítimo, en cuyas aguas caen continuamente mozos y bous [cabe preguntarse, añado yo, cómo sale el toro del mar… si es que sale]. Esa variante específica, junto con las modalidades de capllaçats y embolats, son las más perseguidas por las protectoras.


La primera de estas últimas consiste en soltar el toro por las calles con los cuernos atados a una cuerda que los mozos estiran para controlar la carrera del animal. En el embolat, se instala una estructura metálica en los cuernos con dos bolas de fuego en la parte superior.


Desde el 2004 los organizadores adoptan voluntariamente un Manual de Buenas Prácticas que incluye, al finalizar el festejo, una revisión veterinaria.


«Sus informes fundamentan el archivo de las denuncias», explica el delegado del Govern en las Terres de l’Ebre, Lluís Salvadó. «Es una aberración decir que hay maltrato, como lo sería decir que se maltrata a los caracoles en Lérida», asegura Miquel Ferré, presidente de la Agrupació de Penyes de les Terres de l'Ebre (Periodista Digital, 28 de julio de 2010).


La verdadera aberración es que se permita seguir con esta costumbre, ya sea en Cataluña o en el resto de España. La dignidad intrínseca de la vida recomienda vivamente y sin cesar que se suprima todo tipo de maltrato animal –por no hablar de la tortura pública y comunal como forma de diversión popular, práctica que en España cuenta tristemente con una larga tradición.


Pero júntese la cortedad de la mente cognitiva, la mezquindad de los intereses y apaños políticos de cortos vuelos, y el falso y ciego orgullo de las identidades individuales y colectivas… y se obtendrá un engendro bastante parecido a lo que hemos visto y oído hoy.


Hay que ir más profundo. No se puede ir haciendo equilibrios con la vida y la muerte según convenga.


Como dijo Buda, todo lo que les hacemos a los demás, nos lo hacemos a nosotros mismos. Para mí, en ese “demás” están todos los seres vivos.



sábado, 24 de julio de 2010

Meditación bajo los cedros



Ayer, esperando a un amigo bajo los cedros, me preguntaba de dónde salía esa sensación de estar en casa junto a los árboles.

En Can Catarí tengo la suerte de estar cerca de la enseñanza del Dharma y rodeado de naturaleza. Son dos cosas que van tan bien juntas que en realidad se acompañan y refuerzan la una a la otra.

Pero aquí en la ciudad las cosas son distintas, porque falta el “hervor” de la enseñanza. En estas circunstancias, la naturaleza se convierte en un refugio reconfortante, pero también me recuerda que en cierto sentido aún estoy “cojo”.

Miro hacia las ramas y las copas de los grandes árboles y siento que, al ser tal como son y vivir como viven, están hablando el mismo lenguaje inmemorial que hablaron sus antecesores desde la noche de los tiempos.

Miro los pájaros que revolotean en el aire dorado del atardecer y los perros que corretean por la pradera oliéndolo todo mientras ignoran las llamadas perentorias de sus amos, y sé que participan en la misma conversación que los cedros, los chopos y la hierba.

Pero luego miro al parque y sus jardines cuidadosamente diseñados y veo la obra de mentes humanas, con su afán por el orden y las formas nítidas, alejadas de la unidad con la fuerza primordial que ha producido toda esta vida. Incluso en el macizo más encantador de pensamientos arremolinados en torno a un abeto noto cierta violencia hacia el Dao natural.

Y entonces me miro a mí mismo y me veo… ¿cómo? A medio camino entre una y otra orilla… dejando atrás la llave paralizante de la mente cuadriculada y aprendiendo el lenguaje/no-lenguaje de la pura experiencia de estar vivo y ser uno con todo lo que vive.

Algún día, espero, sabré ese idioma. Por ahora, sigo trabajando con las torpes, torpes palabras humanas... y mirando más allá, hacia lo que asoma en el horizonte... bajo los cedros, entre las hierbas, en la luz de un atardecer de oro.

martes, 20 de julio de 2010

Malas hierbas


Anoche, por una circunstancia poco habitual, nos encontramos un rato Shandiedang y yo con Shan-jiàn y Sellva delante del local donde viven en Vilafranca.

En un momento dado de nuestra conversación, nos fijamos en unas hierbas silvestres, de esas que convencionalmente se suelen llamar “malas hierbas”, que habían brotado entre el bordillo de la acera y el asfalto y recorrían prácticamente toda la calle desde los contenedores de basura del inicio hasta la pared del fondo.

Como dedujimos rápidamente, las hierbas se beneficiaban del agua que recorría ese borde de la calzada aprovechando su ligera cuesta abajo, como se veía por las marcas que había dejado en el pavimento con el paso del tiempo.

Esa agua era probablemente la que venía del restaurante de la esquina, que vacía en la calle baldes y cubos con el agua sucia de fregar los suelos, preparar los alimentos y limpiar las cocinas.

Pensándolo un momento, me quedó clarísimo cuánta razón tenemos en llamarles “malas” a estas hierbas.

Crecen al lado de la fantástica basura y la cochambre aromática que los buenísimos humanos amontonamos en los contenedores, y a menudo alrededor de ellos también, en plena calle.

Están aprisionadas entre el noble cemento de los bordillos y el espléndido asfalto con el que enmoquetamos la tierra, y se empeñan en romper el orden estéril de líneas y ángulos rectos que tanto nos gusta imponer allá donde vivamos. 

Rompen la armonía de grises urbanos con colores no homologados por nuestro magnífico Ayuntamiento.

Brotan en un exclusivo callejón oscuro donde a menudo apenas luce el sol.

Las regamos con la sublime agua sucia de nuestros baldes y fregonas, llena de productos químicos nocivos para la vida.

Pero ellas, las muy condenadas, se empeñan en asomar la cabeza y seguir viviendo.

Dales un mínimo resquicio, el hueco más inverosímil, y por ahí brotan y se ponen a crecer en silencio, sin protestar ni lamentarse.

Dales las condiciones más desfavorables para que desplieguen su propia naturaleza y ellas siguen dando el 100% de su potencial, sin reservarse nada para tiempos mejores, sin hacerle ningún asco o reproche a nada ni nadie.

¡Malas hierbas, sin duda!

Habrá que darles unos buenos azotes…

miércoles, 14 de julio de 2010

Renacimiento (sin identidad)


Esta mañana, al mirar por la ventana del baño, he tenido una pequeña sorpresa: una de las ramas del olivo, que se había desgajado durante la gran nevada de este invierno pasado y que algunos Shanes solícitos habían vuelto a colocar en su sitio asegurándola con cable eléctrico y embadurnando la “herida” con barro para evitar infecciones, ha vuelto a brotar.

Ahora no es más que una especie de miembro amputado atado a la parte sana del árbol: muy poca cosa en comparación con la magnífica rama frondosa que cedió bajo el peso de la nieve. Aun así, de su cuerpo salen varios brotes que apuntan a lo alto, como flechas festivas adornadas por unas hojas pequeñas y de un verde más vivo que las demás, encantadas de ser las últimas en llegar.

Algo se me ha movido dentro cuando lo he visto. Si este árbol lo está consiguiendo, también hay esperanza para nosotros, que estamos en un trance similar. Nosotros también hemos quedado mutilados bajo el peso de la identidad.

Igual el camino pasa por recuperar nuestra propia “mente de olivo”, que, a pesar del ruido innecesario que arrastramos en la cabeza, es capaz de atender a lo que importa con calma, paciencia, perseverancia, introspección y determinación.

Este olivo, que aguanta con la misma paciencia las nevadas y el sol inclemente de julio, se ha convertido para mí un símbolo del no resistirse y no rendirse, y de la mente budista que sabe cómo hacer lo que hay que hacer sin fanfarrias ni alharacas.

¡Larga vida a este olivo y a todos los seres vivos que embellecen la tierra con sus vidas y sus muertes y nos dan lecciones constantes sobre cómo volver a ser, por fin, seres humanos de verdad!

miércoles, 23 de junio de 2010

Agarrarse a la vida


Salgo al jardín y miro la hiedra, que se abraza al muro hasta formar una tupida alfombra verde y vertical entre cuyas hojas asoman aquí y allá unos troncos nudosos. Es la tenacidad de la vida.

Recuerdo cuando plantamos los primeros esquejes en la tierra, hace años ya… ¿Cómo sabe la hiedra que tiene que crecer hacia arriba? ¿Cómo son capaces estas trepadoras de detectar a ciegas que hay algo que les puede servir de apoyo para estirarse hacia lo alto?

Miro las hojas de la hiedra, las del magnolio, las del arce sicomoro al trasluz y siento cómo los rayos del sol atraviesan sus membranas y activan el metabolismo de cada planta. Hay una asombrosa sofisticación en la frugalidad que emplean para seguir vivas.

¿Cómo es posible que exista algo tan maravilloso?

¿Cómo es posible que esté delante de nuestros ojos y narices, rodeándonos por todas partes (si tenemos la suerte de no vivir en medio de la jungla de asfalto), y no nos demos cuenta?

Más aún, ¿cómo es posible que nosotros mismos seamos eso y sin embargo vivamos de espaldas a ello, embebidos en el páramo de nuestras mentes robotizadas, como si no existiera este prodigio continuo?

Es un gran misterio…

domingo, 20 de junio de 2010

Mamba

El aparente declive de Mamba, una de las sharpeis de Can Catarí, es una buena “prueba del algodón” de cómo vivo el proceso de la muerte.

También aquí puedo trabajar sobre la última conceptualización de la naturaleza, porque ¿qué sería la naturaleza sin la vida? ¿Y qué sería la vida sin la muerte? No se pueden entender por separado.

Cualquier cosa que se marcha de este mundo del samsara le está haciendo sitio a la que viene detrás, ya mismo, para sucederle. Nos perdemos el ritmo de ese baile universal si nos enfrascamos en un caso particular.

Cuando me despedí de Mamba ayer, antes de tomar el tren a Madrid, nos miramos un momento a los ojos –bueno, al ojo, porque sólo abrió el derecho mientras yo le acariciaba la barbilla. Siempre es interesante entrar en la mirada de los animales, porque nos llega de un lugar desconocido donde no hay identidad.

Es cierto que Mamba tenía la mirada vidriosa, y si quisiera darme aires incluso podría decir que detecté en ella la veladura de la muerte; pero lo que no capté ni por asomo fue miedo, ansiedad, angustia ni reproche alguno.

Mamba llegó a Can Catarí hace cuatro meses largos, con un diagnóstico de insuficiencia renal y el veredicto de cierto veterinario de que había que sacrificarla. En este tiempo ha vivido una vida más natural y sana que antes: ha jugado y corrido al aire libre con otros perros, ha ladrado y se ha divertido provocando a las otras sharpeis, ha gruñido a todo perro que se acercara a “su” balde de agua, incluso ha pegado y recibido mordiscos en un par de trifulcas caninas y ha recibido todo tipo de cuidados y cariño natural de los humanos que se ocupaban de ella –sin los mimos culinarios a los que la habían acostumbrado sus anteriores dueños. En ningún momento se ha quejado ni ha dado muestras evidentes de que sería más humanitario sacrificarla. Yo diría que ha estado feliz, con el bienestar natural que no tiene contraparte.

Todo este tiempo ha sido un “sí” a la vida. Incluso diría que en su mirada ayer había un “sí” a la vida. Mejor dicho, su mirada mantenía una llama de vida, que en sí misma dice siempre “Sí”.

Esa es la fuerza de la naturaleza para mí, ese “Sí” sempiterno, incondicional, venga lo que venga… hasta la muerte: un “Sí” sin “No”; un “Sí” que simplemente se apaga cuando llega el momento… al tiempo que se enciende en otro lugar, en mil otros lugares, en millones y millones de formas diferentes del ciclo de las existencias.

Sí… adelante, adelante… Sí.

Siempre Sí.

miércoles, 9 de junio de 2010

Arder


Especulando sobre la fuerza de la vida que me encuentro por todas partes en la naturaleza, se me antoja que es como una llama encendida en un espacio oscuro.

La llama no se ve afectada en la intensidad de su luz o de su calor ya esté encerrada en un armario minúsculo o bien luzca a cielo abierto, en la inmensa oscuridad de una noche sin estrellas.

La llama no se ve afectada por la certeza de que antes o después la vela que la alimenta se agotará y ella misma acabará por extinguirse.

La llama no se ve afectada por su indefensión ante cualquier acto externo que pueda amenzarla o directamente apagarla.

La llama sigue hacendo lo único que sabe hacer, y lo único que importa: arder.

Eso me recuerda un antiguo haiku japonés:

Insectos en una rama
Que flota río abajo
Cantando

Hay algo en esa ecuanimidad ante el precario equilibrio entre vida y muerte que me resulta muy conmovedor…

jueves, 3 de junio de 2010

Earthlings (Terrícolas)

Escribo estas líneas a punto de coger el tren para acudir al retiro Chan-Dao de Can Catarí, revuelto e impresionado aún por el documental Earthlings, que Shan-die Dang incluyó en su blog y que yo he acabado de ver esta mañana.

Lo había empezado a ver ayer, pero lo tuve que dejar a medias por lo duras y difíciles de aguantar que me resultaban sus imágenes. Hoy, sin afán de masoquismo, me he puesto a ello otra vez con la idea de que, si soy un estudiante del Dharma que además participa como consumidor final en algunas de estas salvajadas, no puedo permitirme mirar hacia otro lado cuando me presentan la verdad.

El documental en sí es una colección de secuencias grabadas en su mayoría con cámara oculta que dan fe del trato cruel e inhumano que los seres humanos dispensamos a los animales en la industria de la alimentación, la peletería, el entretenimiento y la investigación científica. Confieso que en varias ocasiones he tenido que apartar la mirada de la pantalla. La crueldad del hombre puede llegar a extremos de una obscenidad indescriptible.

Pero, aparte de escandalizarme, también he estado observando mis reacciones mientras veía el documental. Aunque sin duda tenía ese sentido de violación de la fuerza de la vida del que Shan-jiàn nos habla a menudo, en mi caso era aún más fuerte la sensación de estar manchado por los actos de mis semejantes contra los animales, así como una profunda vergüenza de formar parte de todo ello. Me imagino que serán las diferencias propias de cada temperamento.

Es curioso que simplemente mirando a un rectángulo iluminado, como es la pantalla del ordenador, se susciten reacciones tan violentas. También lo es que, sin haber cometido ninguna de las barbaridades que se ven, me sienta como si yo mismo estuviese infectado por ellas, como si esa identificación fuese el reverso negativo de la idea budista de que no hay individuos.

En todo caso, este documental se ha convertido en otra motivación más, y muy poderosa, para renovar mi compromiso con el camino de la liberación de la mente humana enferma.

Los que tengáis estómago, podéis encontrar la película en Google, ya sea en inglés con subtítulos o doblada:


http://video.google.com/videoplay?docid=7576567901991519153#



domingo, 30 de mayo de 2010

¿Qué vino primero...?

Siguiendo el hilo de mi entrada-divagación anterior, retomo una frase de Samuel Butler recogida en el blog de Shan-jiàn:

“La gallina no es más que la manera que un huevo tiene de hacer otro huevo”.

Me encanta esa manera de trastocar las prioridades y darles la vuelta, usando en este caso el pensamiento lateral gallináceo.

En esencia, es lo mismo que dice Richard Dawkins, el pope de la biología evolutiva actual, sólo que cambiando los protagonistas: cada ser humano no es más que una estación de paso en la longeva trayectoria de los genes que lo componen.

(Curiosamente, y si mal no recuerdo, Dawkins omite citar a Butler entre los reconocimientos de deuda intelectual que incluye en su libro El gen egoísta; ¿de verdad no lo conocía?).

Si trasladamos el mismo mecanismo a la condición humana, pero ahora en sentido dhármico, ¿no podríamos decir también que la vida del aparente individuo no es más que la manera que la clara luz no diferenciada (al nacer) tiene de generar más clara luz (al morir)?

Quizá no sea una analogía perfecta, ya que la clara luz no se “genera”; pero para mí lo interesante es que, si lo vemos así, ponemos las peripecias de la vida del aparente individuo en el mismo nivel de irrelevancia que las de una gallina común.

Hmmm… chocante, ¿no?

Pero, en el fondo, ¿no es ésa una medida más ajustada al Dharma de lo que importan los detalles mundanos de nuestras vidas? Que uno sea rico o pobre, guapo o feo, alto o bajo, incluso catalán o madrileño… ¿qué más da? La biografía de cada cual –ese tesoro tan preciado, que merece toda nuestra atención y cuidados– no sería entonces más que un paréntesis en la clara luz… un hipo del universo.

Sólo importa una cosa: que la clara luz sea capaz de “crear” más clara luz antes de la muerte del aparente individuo que la encarna. Eso sí sería un acontecimiento relevante… reunir a huevo y gallina en un solo ser aparente.

¿Cómo llamaríamos a este bípedo implume ovo-gallináceo? Por ahora, pongamos que un ser humano despertado.

Intentaré ceñirme más al tema en mi siguiente entrada. Hoy igual he tomado demasiado Avecrem y se me ha subido a la cabeza.

¡Co-coro-cocóóó!

viernes, 28 de mayo de 2010

La red de Indra

En el Dharma, llega con suerte un momento en las prácticas en el que te queda claro por fin que no te estás ocupando de tu conciencia individual, con todos los contenidos específicos de tu biografía. Entonces la práctica cobra una dimensión mucho más profunda, porque de verdad sientes que al dedicarte a ella estás llevando de la mano sutilmente a todos los demás por el mismo camino. Ya no caminas solo por el ancho mundo.

Esta idea de que no hay seres individuales, porque la separación entre unos y otros es una ilusión, es un aroma constante en las enseñanzas del Mahayana. Sin embargo, no es fácil procesarla e integrarla en la meditación, porque para ello hace falta abstraerse de lo que experimentamos, de la evidencia de que las cosas son tal cual las percibimos, para abrirse a otra dimensión que se mantiene oculta detrás de las apariencias –y no sólo oculta en el espacio sino también en el tiempo.

De hecho, en las contemplaciones del Celo y, sobre todo, de Shén, estamos abriéndonos al contacto con experiencias atávicas que no son “nuestras” en sentido estricto, pero tampoco son ajenas del todo, ya que podemos evocarlas desde dentro de nuestra mente. Es cierto que ese contacto con las experiencias latentes en la mente puede resultar esquivo e impredecible, pero al final la propia ambigüedad entre lo que es “mío” y lo que es “de la especie”, por así decirlo, socava aún más cualquier noción de que “yo” sea una persona individual, con una esencia sustancial y duradera. Para mí, la imagen que mejor lo explica es la red de Indra:

Muy lejos, en la morada celeste del gran dios Indra, hay una red maravillosa que ha sido colgada por algún ingenioso artífice de tal modo que se extiende indefinidamente en todas las direcciones. De acuerdo con los suntuosos gustos de las deidades, el artífice ha colgado una joya brillante en cada “ojo” de la red, y como la red es infinita en todas las direcciones, las joyas son infinitas en número. Allí cuelgan las joyas, brillando como estrellas de primera magnitud, en una vista maravillosa de contemplar. Si ahora elegimos al azar una de estas joyas para inspeccionarla y la miramos de cerca, descubriremos que en su pulida superficie se reflejan todas las otras joyas de la red, infinitas en número. No sólo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya refleja a su vez todas las demás joyas, de suerte que se produce un proceso de reflexión infinito.

Si sustituimos las joyas por experiencias humanas que resuenan y se comunican unas con otras (como ocurre en la práctica), diría que así es como me siento tras las contemplaciones: suspendido en un espacio-tiempo infinito, implicado en una malla impersonal de ilusiones que surgen, se alimentan mutuamente y se multiplican sin cuento, insustancial en el fondo pero infinitamente acompañado… de camino a experimentar la propia “flotación” de esa red sin identificarme con ninguna de sus partes.

viernes, 21 de mayo de 2010

Ruiseñores psicotrópicos


Uno de los beneficios colaterales de vivir en Can Catarí es oír los cantos de los ruiseñores en primavera. Al oírlos a todas horas, mañana, tarde y noche, uno tiene tiempo de empaparse de esa música lo suficiente para dejar atrás su melodía e ir más allá, a las raíces de donde brota el canto. Es una práctica que tiene algo de mágico, casi como un viaje psicodélico, pero os aseguro que no me he “metido” nada para realizarla aparte de las meditaciones del Dharma.

¿Qué tiene el canto del ruiseñor, que tan revelador me resulta? Aparte de la literatura que lo celebra, yo sólo conocía de oídas su reputación como cantor, y no ha sido hasta hace poco, al oírlo en vivo una y otra vez, cuando he entendido lo que de verdad me sugiere esta criatura como ningún otro pájaro, que yo sepa.

Es cierto que ya conocía el canto del mirlo, que anuncia la llegada de la primavera en la meseta con un canto algo más sobrio y denso, que recuerda a la sonoridad del clarinete. Pero, por algún motivo, por mucho que lo disfrute, no tiene los mismos efectos sobre mí. Sólo ahora me he dado cuenta de lo que me estaba perdiendo sin ruiseñores en mi vida.

No se trata del mero placer estético de oír sus inverosímiles cabriolas vocales –silbidos, trinos y gorjeos que se suceden en una gloriosa anarquía. Tampoco se debe a la agradable asociación con la oscuridad y frescura de estas noches de mediados de mayo que ya invitan a quedarse al aire libre, después del invierno largo y riguroso, y simplemente escuchar a cielo abierto, bajo la inmensa cúpula de las estrellas, esas voces que cobran mayor relieve ante el silencio reinante por doquier.

Es algo más sutil que detecto en esas arias imprevisibles, como al trasluz de sus notas: un cantor fundido con su canto, como si fuera un surfista montado en la cresta de una ola que se va desplegando ante él sin que sepa, de un momento a otro, por dónde va a romper… Un cantor que se disuelve en el canto y le cede el poder, pero aún retiene suficiente conciencia para asombrarse ante lo que está pasando…

Ése parece ser el secreto del ruiseñor: la pura experiencia del canto vivida como una sorpresa constante, sin plan ni proyecto, que responde al impulso natural de cada momento sin detenerse en ello, sino sumando a esa corriente que fluye desde dentro el asombro ante sus resultados… asombro que a su vez refresca e impulsa el canto hacia delante en un bucle gozoso. El canto se canta sin cantor alguno. Qué maravilla.

Así que ahora puedo responder a la pregunta que me hacía para empezar: ¿qué es lo que me conmueve del canto del ruiseñor?

Si dijera que es la ausencia de cálculo y de identidad, sería verdad, aunque sólo en parte.

Lo mismo ocurriría si afirmara que me resuena profundamente porque es una demostración práctica del Dharma natural.

En el fondo, lo que me conmueve del canto del ruiseñor es lo que sugiere: el aroma de cómo puede ser la experiencia de la mente pura liberada de su esclavitud cognitiva.

Todo esto me enseñan los ruiseñores sin intentarlo ni quererlo, sin ni siquiera darse cuenta. Ni falta que les hace. ¡Bendita ignorancia la que rinde estos frutos!

domingo, 16 de mayo de 2010

En la variedad está el... ¿disgusto?

El otro día, mientras me asomaba a la ladera desde el balcón de Can Catarí Nou y constataba la proliferación de hierbas y plantas de todo tipo que estaba volviendo a cubrir las zonas que desbrocé a brazo partido, con innegable heroísmo, hace unos años, me vino a la mente una pregunta:

¿Por qué hay tanta variedad de formas de vida? ¿Por qué no puede haber nada más “plantas”, o a lo sumo “hierba” y “árboles”? ¿Por qué, en vez de eso, tiene que haber hinojo y lentisco, garriga y cardos, zarzas y pinos, diente de león, olivos, hiedra, margaritas, encinas, trigo y cebada silvestre, esparragueras… y decenas de otras especies, cuyo nombre ignoro?

(En realidad, la pregunta tomó más bien la forma de un “¿Por qué **** hay tanta variedad…?”, pero tampoco hay que cebarse en los detalles).

Claro que era mi remolona identidad de confusión la que se hacía estas preguntas, suspirando ante la perspectiva nada apetecible de enfrentarse de nuevo a un segundo desbroce... que, por supuesto, tampoco sería definitivo. Y es que, aunque a corto plazo el humano se pueda imponer, a la larga la naturaleza suele acabar prevaleciendo, porque es una fuerza formidable e inasequible al desaliento, a la que nada distrae de su única misión, que es crecer y multiplicarse, como dice el Génesis.

En definitiva, parece como si todo mi esfuerzo de limpieza no hubiera servido para otra cosa que para darle más empuje a la naturaleza, que ahora se despliega exultante y vuelve a reclamar para sí los espacios que le había arrebatado. Ni que decir tiene que me sentí muy poca cosa, como David contra Goliat (o el Valladolid contra el Barça), ante el triunfo evidente de esa fuerza ciega; un triunfo más rotundo si cabe ahora gracias a los chaparrones y los primeros calores de esta primavera, refrendado por la unanimidad entusiasta con la que todas las plantas se han lanzado a recuperar el terreno perdido.

Pero, más allá de mis lamentaciones, la pregunta no sólo tiene sentido sino que además ofrece una respuesta bastante probable. ¿Por qué tanta variedad? Porque la naturaleza desarrolla su programa de supervivencia con previsión y prudencia, sin poner todos los huevos en la misma cesta.

Eso significa que, en un entorno en constante transformación donde nunca se sabe qué puede ocurrir, lo más seguro es generar distintas especies, cada una con su configuración específica de puntos fuertes y débiles, para que ante un cambio drástico en las circunstancias no sucumban todas a la vez. Cada especie sería entonces como un ensayo más en la larga carrera de prueba y error que es la evolución de la vida en este tercer planeta del Sol: un experimento inacabado, sí, pero no inacabable.

En ese sentido, lo importante es que la vida siga adelante, sea cual sea la forma particular que tome, y no la fortuna individual de una especie concreta, ni siquiera del ser humano. Desde el punto de vista de esa fuerza inteligente que alienta en todos los seres vivos y reacciona adaptando sus genotipos y fenotipos a los cambios del ambiente, los aparentes individuos somos prescindibles, desechables, meras anécdotas en la gran corriente viva que habita el planeta. Si nosotros nos vamos, otros ocuparán nuestro lugar, como sostenía ese documental sobre insectos que hace ya muchos años llegó a los cines españoles con el ominoso título de Heredarán la tierra.

Nos guste o no, para la naturaleza, la vida, o como quiera que la llamemos, no importa si en un momento dado lo único que sobrevive en la tierra son las cucarachas o, por el contrario, el elenco más selecto y refinado de bailarines y bailarinas del ballet Bolshoi; ella seguirá adelante con lo que haya a mano, tenga las patas que tenga.

Por contra, los humanos hemos acumulado un poder de destrucción inimaginable y probablemente estamos ya en posición de aniquilar toda forma de vida y convertir a la tierra en un pedrusco sideral yerto y desolado. Ahí le superamos sin duda a la naturaleza, aunque sea un mérito más que dudoso. En cambio, cuando llega el momento de crear no somos más que una sombra pasajera en comparación con ella, sobre todo si lo hacemos enfrentándonos a sus impulsos –como sólo los humanos somos capaces de hacer– o si esa “creación” no nace enraizada y alimentada por la fuente misma que nos presta la vida a todos los seres.

Es algo que intentaré tener presente si en algún momento, desatendiendo el sentido común, me animo a desbrozar esa ladera otra vez.

lunes, 10 de mayo de 2010

A beber, que son dos días

Hace un instante, mientras subía la escalera al segundo piso de Can Catarí Nou, me he dado cuenta de que estaba sonriendo de oreja a oreja. ¿Por qué? En primera instancia, porque oía a dos de nuestros perros, Apolo y Lluna, bebiendo agua al alimón con alegre chapoteo. Así de sencillo, y así de tonto. Pero hay algo más.

Los dos acababan de entrar en casa de nuevo después de una inesperada correría de medianoche. En medio de la paz nocturna, cuando se supone que todos duermen ya, se habían puesto a ladrar agitadamente ante la puerta. Bajé, pensando que probablemente estaban ladrando por la presencia de jabalíes en el pequeño bosque que bordea la masía.

Era natural que quisieran defender su territorio, ¿no?, así que les abrí la puerta y ambos salieron disparados hacia fuera.

Yo les seguí con más calma. Hacía una noche maravillosa, con una tenue neblina húmeda pegada al suelo por la lluvia caída esta tarde bajo un cielo despejado en el que se divisaban con nitidez las estrellas. Olía a tierra mojada y a champiñones o algo similar, desenterrado quizá por los jabalíes.

Apolo desapareció cojeando entre la bruma irisada por un farol, olvidándose de su apatía de hoy y del dolor de su pata trasera; mientras tanto, en la oscuridad se oían los cascabeles de Lluna en medio de la espesura, asegurándose de que ningún jabalí invasor quedara impune. Por el silencio estaba claro que ni siquiera llegó a haber una escaramuza, pero ambos estaban totalmente volcados en su misión de intercepción, cada uno a su manera, así que los dejé estar.

Confiando en nuestros perros, me volví adentro, permitiendo que ellos dos también ejercieran sus funciones de guardianes y guerreros del Dharma. Me cepillé los dientes y al salir del baño ahí estaban en el cuarto de estar, lamiendo con estrépito unísono el agua de los baldes, casi diría que con la satisfacción del deber cumplido. Pasé de largo, apagué la luz, subí las escaleras, y ahí seguían, dale que te pego con el agua.

Eso, la alegría de ver la naturalidad de sus acciones, fue lo que me provocó la sonrisa: ladrar a deshoras, salir corriendo con entusiasmo a perseguir sombras olvidándose de que uno está cojo, volver a casa cuando quieren ellos y no yo, beber ya esté la luz encendida o apagada... qué libertad.

Amigos Shanes, no os preocupéis por nosotros: con Apolo y Lluna, estamos en buenas zarpas. Son maestros involuntarios a todas horas y nos protegen celosamente del jabalí de la ignorancia de nuestra propia fuerza natural, siempre que estemos dispuestos a abrirles la puerta de nuestra mente-corazón.

Las malas artes del bonsai



Antes he hablado del impulso humano manchado de domesticar la naturaleza, reduciéndola a nuestra misma condición... Y es que, como dicen los anglosajones, misery loves company: a la desgracia le encanta sentirse acompañada.

Esa domesticación no sólo se aplica a las mascotas, sino que algunos, en su funesta inventiva, también han encontrado la manera de extenderla a los árboles. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Nos hemos alejado tanto de la vida natural que un simple árbol, inofensivo por lozano y soberbio que sea, parece una denuncia tácita de nuestra condición disminuida y una amenaza a nuestra autoestima como especie dominante.

Así es, sin duda. ¿Qué se habrán creído esos árboles? ¿Cómo se atreven a ser más altos que nosotros, a sacar su follaje y perderlo sin nuestra supervisión o permiso, a sobrevivir a sequías, rayos y vendavales, a brotar de las mismas piedras? Hay que parar esa locura... ¿Cómo? Muy fácil: hagámoslos enanos y dependientes, a nuestra imagen y semejanza. Hagamos bonsais.

No sé ni me imagino a quién demonios se le ocurriría esta idea por primera vez: tomar algo que en la naturaleza es absolutamente sublime, desterrarlo del hábitat que le es propio, transplantarlo a una mísera maceta, y ahí interferir con sus patrones de crecimiento y desarrollo natural, manipulándolo de diversas maneras supuestamente ingeniosas... Y todo, ¿para qué? Para convertirlo en un tullido, en un penoso remedo de lo que podría ser. ¡Digno triunfo de la mente mezquina que lo concibió!

La jugada casi recuerda a la de esos mendigos que atan e inmovilizan a sus bebés, forzándolos a contorsiones imposibles para causarles malformaciones. Así, una vez han sido apropiadamente lisiados de por vida, podrán suscitar la conmiseración de los transeúntes cuando crezcan y empiecen a mendigar y eso les permitirá arañar la suficiente limosna para no morirse de hambre: un ejemplo literal de “deformación profesional”.

En el bonsai también se aprovecha la pugna constante del árbol por crecer de acuerdo con lo que le dicta su propia naturaleza. Sólo que, ¿qué necesidad tiene el árbol de que alguien se apiade de él y le eche unas monedas? ¿O, visto de otro modo, de que alguien lo admire? El árbol sólo “quiere” ir a lo suyo, desplegando el programa de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte que le es inherente.

De esa manera retorcida, la lucha de la naturaleza por salir adelante con los medios a su alcance no hace más que jugar a favor del “bonsayista”, que gracias a ese impulso ciego puede modelar a su víctima de acuerdo con su capricho y exhibirlo como un triunfo de su propia voluntad y pericia. Qué abominación; pero qué revelador también sobre el trato que le damos al empuje vital, incluso al que alienta en nosotros mismos.

¿Qué necesidad tenemos de producir sucedáneos inferiores de la vida que brota espontánea y gratuitamente alrededor de nosotros? ¿Qué necesidad hay de dejar nuestra mancha humana en todo lo que hacemos, o de imponérsela a lo que aún no podemos imitar?

Con razón los bonsais nunca me han producido admiración, sino la misma mezcla de repugnancia y tristeza que también siento ante los animales amaestrados del circo, reflejos mortecinos de una mente enferma.

Pero, aparte del rechazo que puedan generar, estas formas torturadas nos deberían recordar algo importante: que la misma mente manchada y la misma vida natural que interactúan de forma nefasta en el bonsai también están presentes dentro de cada uno de nosotros, enfrentadas de la misma manera.

Por eso, en nuestras manos tenemos una elección tremenda: la posibilidad de vivir de acuerdo con el potencial natural del ser humano... o, por el contrario, de malgastar nuestra vida al servicio de la identidad y acabar convertidos en un engendro jibarizado.

¿Cuál de las dos elegiremos?

sábado, 8 de mayo de 2010

¿La "república independiente de tu casa"?

Cuando pienso en nuestra relación con los animales de compañía, empiezo a darme cuenta de cosas que antes me habían pasado desapercibidas. Esta reflexión abre un ángulo interesante, porque reúne por un lado a la naturaleza, representada por los animales, y por otro a los humanos, que supuestamente hemos superado el estadio natural en nuestra evolución para llegar a otro más “avanzado”.

Es evidente que ni los canarios, los hamsters o los gatos saben poner lavadoras, manejar la Thermomix ni programar la tele para grabar películas a las 2 de la madrugada; pero ¿los convierte eso en inferiores?

Hace tiempo que en Occidente consideramos un avance el habernos separado de la naturaleza. Los mitos fundacionales de nuestra cultura así lo reflejan, desde el proto-hombre Adán que se enseñoreó de la Creación por mandato divino a los héroes griegos que se dedicaron a limpiar el mundo de monstruos, hidras y gorgonas para hacerlo más habitable a sus semejantes. Otro gallo nos cantaría si fuésemos chinos, por ejemplo, y contáramos con un legado daoísta de unidad con la naturaleza; pero, para nosotros, habernos salido de la masa amorfa de la vida natural equivale a una emancipación.

¿Y qué fue lo que ganamos a cambio de dejar atrás a la “madre naturaleza”? Una respuesta obvia es la posesión de un hogar propio.

Antes, en las cuevas prehistóricas, los humanos primitivos convivían unos con otros, todos juntos y más o menos revueltos, en contacto con el mundo natural. Más adelante, las tiendas de los indios de las praderas o las yurtas de los mongoles muestran cómo eran las viviendas de los cazadores-recolectores: frugales, naturales por sus materiales de construcción y poco propicias al apego por el hecho de que cada cierto tiempo se desmontaban para cambiar de asentamiento.

Sin embargo, la suerte cambió con la llegada del sedentarismo y sus casas fijas. Una casa estable ya es un bien duradero, que se puede poseer (a costa de excluir a los demás) y al que uno se puede apegar. Hoy, la casa es el espacio de la identidad por excelencia, donde el guerrero urbano encuentra su reposo tras el largo combate en la oficina o el tajo. Como decía una reciente campaña publicitaria de gran éxito: “Bienvenido a la república independiente de tu casa”.

Uno de los problemas de ese espacio “independiente” es que nos separa de todo lo natural que es nuestra herencia. Ahora, la casa es la línea de batalla donde los humanos trazamos la división entre nuestro espacio y lo de fuera, incluyendo lo natural. Ahí dentro, incluso la persona más sensible y amante de los animales se siente justificada a la hora de matar insectos, ratones y cualquier forma de vida que le moleste. Después de todo, nos lo hemos ganado, ¿no?, ¡para eso somos superiores! Y con esas cuatro paredes bien cuadradotas y el cacho techo que las corona, ¡que no digan que se puede confundir con un espacio orgánico!

Pero, para no notar demasiado el ahogo que supone haberle dado la espalda a nuestras raíces de convivencia con toda la vida, contamos con nuestros animales de compañía: perros, gatos, jilgueros, conejos... hasta iguanas y gusanos de seda. Otra posesión más que unir a la colección que ya tenemos en casa: muebles, electrodomésticos, cd’s y dvd’s... (y quizá también... ¿la parienta?... ¿los niños?).

Sólo les exigimos una cosa para admitirlos en nuestro Club Méditerranée privado: que acepten que se les domestique.

¿Y qué es esa domesticación? Cortar, abortar y alterar sus comportamientos naturales para acomodarlos a nuestro hábitat no natural. En definitiva, tratarlos como si fueran bonsáis animales.

A veces me imagino lo que podría pasar si, en vez de domesticar así a los animales, les permitiéramos que ellos nos “des-domesticaran” a nosotros. No sería cuestión de asalvajarnos en el sentido de andar a cuatro patas, comer a dentelladas e ir cagando por las esquinas, sino de entrar en contacto con esa primogenitura natural que sacrificamos por un plato de... ladrillos.

En ese caso, igual podríamos experimentar de nuevo algo de la alegría desinteresada, el compañerismo genuino y la dedicación a los demás que nos corresponden y que aún se pueden vislumbrar entre las gentes de algunos países considerados subdesarrollados... y tienen raíces entre algunos de esos animales “inferiores”.

En realidad, nuestras casas no son espacios inertes, sino que ejercen una influencia sutil sobre las mentes que las conciben como algo real y permanente. Porque, bien visto, ¿quién ha domesticado a quién? Tristemente, son nuestras casas (en realidad, la mente que las concibe como casas) las que nos han domesticado a nosotros. Y ahora nosotros les queremos hacer lo mismo a los animales.

¿Por qué no dejamos que la vida animal y vegetal que aún nos rodea devuelva las cosas a un cauce más natural y acorde con el verdadero potencial del ser humano en su sentido más profundo?


¡Al cuerno la "república independiente de tu casa"! Bienvenido a la ancha tierra que compartimos con todos los demás seres vivos bajo un mismo cielo.

sábado, 1 de mayo de 2010

Charlie el Coyote



El otro día pasé por delante de la veterinaria local y vi expuestos en su escaparate una multitud de complementos para perros y gatos. ¡Qué locura! Ya hay hasta bolsos para llevar gatos que imitan las apariencias y acabados de los bolsos de moda de lujo. Supongo que serán para gatos “de lujo” (al menos en las mentes de sus dueños, claro).

Sigo preguntándome qué es lo que la gente busca cuando decide adoptar o comprar un animal. ¿Es siempre tan generoso como se considera socialmente? Cuanto más lo miro, más me parece como si fuese un remedio para las carencias de la vida moderna en vez de un ejemplo de verdadera unidad con la vida natural.

Hay un afamado entrenador de perros que cuenta cómo creció en una granja en México donde los perros vivían en relación simbiótica con los humanos: estaban aparte de ellos, pero los acompañaban en ciertas faenas del campo (como cuando las mujeres iban a recoger agua) a cambio de recibir algunas sobras de comida. Por lo demás, vivían a su aire, estableciendo sus propias normas y jerarquías sin interferencia externa.

Su sorpresa fue grande cuando se mudó a una ciudad mexicana y vio el contraste con los especímenes urbanos, alejados de su hábitat natural. Y la sorpresa se tornó mayúscula cuando más adelante empezó a trabajar en una peluquería canina en California, cuyos clientes pagaban hasta 500 dólares para que les cortaran las melenas a sus mascotas. A pesar de todos los lujos y cuidados (o precisamente por ellos), esos perros por regla general estaban completamente neuróticos y eran mucho menos felices que sus congéneres semisalvajes de la granja de su infancia.

Ahí vio la triste realidad del desencuentro entre humanos y perros. Para él, lo que un perro necesita de su dueño o cuidador humano es, por orden de importancia, ejercicio, disciplina y cariño. En cambio, las estrellas del celuloide y la televisión que conoció en Hollywood, inmersos en vidas de mucho trabajo y mucho estrés, invertían ese orden: al no tener tiempo disponible para pasear con ellos ni ganas de ponerse firmes para entrenarlos, intentaban compensar esos déficits con una sobredosis de cariño, expresado de las maneras más extravagantes y ajenas a las verdaderas necesidades del animal, que lo convertían en un sucedáneo de niño malcriado. Qué disparate.

Claro, que hay otros que se van al extremo opuesto y, en vez de “humanizar” a sus mascotas, buscan nuevas especies que les puedan suministrar la excitación de estar en contacto con una vida más salvaje. Pero, al final, eso sigue siendo un divertimento para la identidad, con lo cual las verdaderas necesidades de los animales quedan relegadas a un segundo plano. Mirad por ejemplo la entrada que he encontrado en internet mientras buscaba fotos de perros mimados para el blog:

Éste es Charlie el Coyote disfrutando de una oreja de cerdo ahumada (se refiere a la foto de arriba). Igual que el típico perro doméstico mimado, Charlie es tan mono y listo en plan coyotuno que querrías llevártelo a casa y ponerlo en el sofá, ¿no? A mí desde luego me apetece.

Sólo que Shreve, la mujer que lo crió, no quiere que creas que criar a un coyote es tarea fácil. Por ejemplo, Charlie el Coyote –en su inagotable listeza coyotuna– se aburre con facilidad. Charlie es capaz de abrir y cerrar el grifo de la cocina, una y otra vez, para provocar a su aburrido compañero humano. Puede encender el aspirador robótico con su morro. Puede abrir los armarios de la cocina y sacar todas las ollas y sartenes para luego apilarlas en el centro de la habitación. Tampoco acepta a nadie más que a sus dos compañeros humanos, y a perros que sean amistosos.

Probablemente sería capaz de ahogarme mientras duermo. O de ganarme cada vez que juguemos a los barcos. O de engañar a mi chihuahua para que nade por la parte profunda de la piscina.

Así que, amigos, disfrutemos de este guapo coyote a la vez que tenemos presente que los coyotes no son buenas mascotas. Sobre todo, porque borrarán vuestros programas favoritos de la televisión a la carta cuando no estáis en casa.

La entrada ha merecido dos comentarios hasta la fecha. ¿Sabéis lo que pregunta el primero, nada más empezar?

¿Sabes dónde puedo conseguir un coyote como mascota?

sábado, 24 de abril de 2010

Peces de colores


Recuerdo que, de pequeños, una amiga de mis padres nos regaló un acuario a mi hermano y a mí. Era un tanque de considerables proporciones, completo con sus rocas y arena de fondo, sus algas de imitación, un galeón hundido con cofres del tesoro de plástico, un tubo que disparaba burbujas, luces de noche y alguna parida más para darle ambiente al escenario.

Recuerdo la excitación con la que fuimos a la tienda a comprar los peces de colores, cómo arreglamos el acuario, lo llenamos de agua y esperamos un tiempo para depurarla y acondicionarla para sus nuevos huéspedes, que pronto se zambulleron en su hábitat adoptivo.

Una vez estuvo en marcha se convirtió en una visión magnífica, sobre todo de noche, con luz de fondo y encajado en un nicho de la pared que separaba el cuarto de estar del comedor. Tenía algo de hipnótico y relajante sentarse a contemplar el ballet de estos seres de colores, sus movimientos serenos y fluidos en el agua, en completo silencio salvo el burbujeo del oxígeno… Era mejor que ver la tele, aunque en realidad no pasaba nada. Y también alimentarlos era un momento especial, con las primeras sensaciones de hacerse responsable de un ser vivo.

Pero de repente las cosas cambiaron. Sin saber por qué, algunos peces empezaron saltar fuera de la pecera. Nos levantábamos por la mañana y nos los encontrábamos muertos sobre la alfombra… y yo me imaginaba su agonía, boqueando desesperadamente para respirar mientras los humanos dormíamos, y me sentía mal por no haber podido impedirlo.

Esos incidentes se solucionaron cubriendo la pecera con una red de mosquitos… Pero entonces los peces empezaron a atacarse y comerse unos a otros. Recuerdo la impresión de haber visto peces muertos flotando en el acuario, destripados, decapitados, sin una aleta… Había un desajuste total entre mis buenas intenciones y los resultados que estaba teniendo y, la verdad, yo no entendía por qué los peces rechazaban así nuestra hospitalidad.

Total, que llegado ese momento mis padres debieron decidir que ya era demasiado para unos niños tan pequeños y se acabó el acuario.

¿Qué lecciones saco de todo ello? Podría parecer que simplemente se trataba de elegir mejor los peces y no meter en el mismo acuario a depredadores y presas sin posibilidad de escape o escondite. Pero, en realidad, ¿no era el principal problema el confinamiento al que los teníamos sometidos? ¿Y no era la lucha por sobrevivir, la alternancia de vida y muerte que es la esencia de toda existencia en este planeta, algo que también estaba ocurriendo a pequeña escala en ese acuario?

Mirando hacia atrás sin ira, me parece que perdimos una buena ocasión de entender con mayor realismo cómo funciona la naturaleza, que tiene sus propias reglas y las mantiene a despecho de las condiciones que los seres humanos le impongan. Es cierto que en casos individuales como éste, la vida natural parece salir perdiendo cuando los humanos la sacan de su entorno propio y la “trasplantan” al suyo para que les haga compañía; pero si miramos un poco más allá, podemos ver que la naturaleza es más fuerte, porque aunque pierda ejemplares individuales sacrificados por la miopía o la insensatez humana, sigue asentada en la unidad de toda la vida, que incluye la muerte y aun así (o precisamente por eso) se mantiene viva.

viernes, 16 de abril de 2010

Sentencia de vida


Ayer nos comunicaron de la veterinaria donde habían hecho las pruebas de laboratorio que uno de nuestros perros había dado positivo en el test de Leishmaniosis. Llevaba tiempo cojeando de una de sus patas traseras y, aunque en un principio pensamos que podía ser un problema de reuma, con el tiempo, viendo que la cojera no remitía sino que iba a más, empezamos a pensar en otras hipótesis menos favorables.


Así que aquí está el diagnóstico. No es 100% seguro, pero sí noventa y pico por ciento (según el veterinario, claro).


Hay veterinarios que sacrifican directamente a los perros con Leishmaniosis, pensando que no se pueden curar o que no merece la pena intentarlo. Pero, si no tienen afectadas las vísceras, se puede tratar la enfermedad de manera que el animal tenga una vida normal y plena.


En estas circunstancias, cuando un animal querido cae enfermo, es fácil olvidar que el mosquito flebotomo que transmite la Leishmaniosis es tan parte de la naturaleza como el perro al que ha infectado. También la leishmania, el parásito de la enfermedad, es parte de la naturaleza. Incluso la muerte que acabe provocando ese parásito o cualquier otro agente es parte de la naturaleza.


En la naturaleza hay un constante proceso de nacimiento, crecimiento, madurez, reproducción, declive y muerte... que a su vez es el lecho fértil que alimenta el nacimiento de nuevas vidas. Si no vemos y entendemos este ciclo impersonal de la vida y la muerte nos metemos de cabeza en otro círculo... el del sufrimiento: “Ay, pobrecito, qué pena me da, ya nunca será igual, etc., etc.”. Así es fácil acabar como la anciana de noventa y tantos años que, al recibir de su médico un diagnóstico terminal, le preguntó perpleja, “Pero, doctor... ¡¿por qué yo?!”


Apolo es el mismo hoy que ayer y que hace un mes, cuando ni siquiera sospechábamos que pudiera tener el parásito. Sigue manteniendo con elegancia principesca la misma distancia respecto de los rudos Sharpeis, tomando para sí la mejor cama y gruñendo a todo perro que se le acerque demasiado (según su criterio soberano e innegociable), atento a cualquier descuido para abalanzarse sobre cualquier cosa comestible que haya a mano, mirándonos con ojos melosos en busca de caricias... Además, empieza a correr y jugar como no hacía desde hace semanas, ahora que el antiinflamatorio le alivia el dolor de la articulación.


Está claro que, en su mundo, Apolo no tiene Leishmaniosis. En su mundo, Apolo se va a dormir cada noche con ecuanimidad absoluta y se despierta cada día para vivirlo como si fuera el único de su vida. No hay lamentos ni auto-conmiseración. Sólo nuestra mente humana irrumpe en la situación con sus etiquetas, apegos y miedos. En la naturaleza todo es mucho más simple. Una poetisa moderna lo celebró así:


El águila ratonera no tiene nada que reprocharse.

Los escrúpulos son ajenos a la pantera negra.

Las pirañas no dudan de la corrección de sus actos.

La serpiente de cascabel se acepta a sí misma sin reservas.


El chacal auto-crítico no existe.

La langosta, el cocodrilo, la triquina, el tábano

viven como viven y están contentos de ello.


El corazón de la ballena asesina pesa cien kilos

pero por lo demás es ligero.


No hay nada más propio de los animales

que una conciencia limpia

sobre el tercer planeta del Sol.


¿Qué ha cambiado tras el diagnóstico? En realidad, muy poco. Sabemos que Apolo nos dejará un día... o no, porque igual nos vamos nosotros antes que él. Quién sabe. Lo importante es que ahora estamos vivos, compartiendo esta vida frágil y maravillosa, y que a través de su mirada limpia y su vida sin preocupaciones podemos entrever un poco de esa herencia que es natural también para los humanos –experimentar la unidad de toda la vida, que incluye todas las muertes y aun así se perpetúa más allá de los organismos aparentemente individuales que la encarnan, siempre adelante, sin cesar renovada, siempre viva.