miércoles, 23 de junio de 2010
Agarrarse a la vida
domingo, 20 de junio de 2010
Mamba
También aquí puedo trabajar sobre la última conceptualización de la naturaleza, porque ¿qué sería la naturaleza sin la vida? ¿Y qué sería la vida sin la muerte? No se pueden entender por separado.
Cualquier cosa que se marcha de este mundo del samsara le está haciendo sitio a la que viene detrás, ya mismo, para sucederle. Nos perdemos el ritmo de ese baile universal si nos enfrascamos en un caso particular.
Cuando me despedí de Mamba ayer, antes de tomar el tren a Madrid, nos miramos un momento a los ojos –bueno, al ojo, porque sólo abrió el derecho mientras yo le acariciaba la barbilla. Siempre es interesante entrar en la mirada de los animales, porque nos llega de un lugar desconocido donde no hay identidad.
Es cierto que Mamba tenía la mirada vidriosa, y si quisiera darme aires incluso podría decir que detecté en ella la veladura de la muerte; pero lo que no capté ni por asomo fue miedo, ansiedad, angustia ni reproche alguno.
Mamba llegó a Can Catarí hace cuatro meses largos, con un diagnóstico de insuficiencia renal y el veredicto de cierto veterinario de que había que sacrificarla. En este tiempo ha vivido una vida más natural y sana que antes: ha jugado y corrido al aire libre con otros perros, ha ladrado y se ha divertido provocando a las otras sharpeis, ha gruñido a todo perro que se acercara a “su” balde de agua, incluso ha pegado y recibido mordiscos en un par de trifulcas caninas y ha recibido todo tipo de cuidados y cariño natural de los humanos que se ocupaban de ella –sin los mimos culinarios a los que la habían acostumbrado sus anteriores dueños. En ningún momento se ha quejado ni ha dado muestras evidentes de que sería más humanitario sacrificarla. Yo diría que ha estado feliz, con el bienestar natural que no tiene contraparte.
Todo este tiempo ha sido un “sí” a la vida. Incluso diría que en su mirada ayer había un “sí” a la vida. Mejor dicho, su mirada mantenía una llama de vida, que en sí misma dice siempre “Sí”.
Esa es la fuerza de la naturaleza para mí, ese “Sí” sempiterno, incondicional, venga lo que venga… hasta la muerte: un “Sí” sin “No”; un “Sí” que simplemente se apaga cuando llega el momento… al tiempo que se enciende en otro lugar, en mil otros lugares, en millones y millones de formas diferentes del ciclo de las existencias.
Sí… adelante, adelante… Sí.
Siempre Sí.
miércoles, 9 de junio de 2010
Arder
jueves, 3 de junio de 2010
Earthlings (Terrícolas)
domingo, 30 de mayo de 2010
¿Qué vino primero...?
viernes, 28 de mayo de 2010
La red de Indra
Esta idea de que no hay seres individuales, porque la separación entre unos y otros es una ilusión, es un aroma constante en las enseñanzas del Mahayana. Sin embargo, no es fácil procesarla e integrarla en la meditación, porque para ello hace falta abstraerse de lo que experimentamos, de la evidencia de que las cosas son tal cual las percibimos, para abrirse a otra dimensión que se mantiene oculta detrás de las apariencias –y no sólo oculta en el espacio sino también en el tiempo.
De hecho, en las contemplaciones del Celo y, sobre todo, de Shén, estamos abriéndonos al contacto con experiencias atávicas que no son “nuestras” en sentido estricto, pero tampoco son ajenas del todo, ya que podemos evocarlas desde dentro de nuestra mente. Es cierto que ese contacto con las experiencias latentes en la mente puede resultar esquivo e impredecible, pero al final la propia ambigüedad entre lo que es “mío” y lo que es “de la especie”, por así decirlo, socava aún más cualquier noción de que “yo” sea una persona individual, con una esencia sustancial y duradera. Para mí, la imagen que mejor lo explica es la red de Indra:
Muy lejos, en la morada celeste del gran dios Indra, hay una red maravillosa que ha sido colgada por algún ingenioso artífice de tal modo que se extiende indefinidamente en todas las direcciones. De acuerdo con los suntuosos gustos de las deidades, el artífice ha colgado una joya brillante en cada “ojo” de la red, y como la red es infinita en todas las direcciones, las joyas son infinitas en número. Allí cuelgan las joyas, brillando como estrellas de primera magnitud, en una vista maravillosa de contemplar. Si ahora elegimos al azar una de estas joyas para inspeccionarla y la miramos de cerca, descubriremos que en su pulida superficie se reflejan todas las otras joyas de la red, infinitas en número. No sólo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya refleja a su vez todas las demás joyas, de suerte que se produce un proceso de reflexión infinito.
Si sustituimos las joyas por experiencias humanas que resuenan y se comunican unas con otras (como ocurre en la práctica), diría que así es como me siento tras las contemplaciones: suspendido en un espacio-tiempo infinito, implicado en una malla impersonal de ilusiones que surgen, se alimentan mutuamente y se multiplican sin cuento, insustancial en el fondo pero infinitamente acompañado… de camino a experimentar la propia “flotación” de esa red sin identificarme con ninguna de sus partes.
viernes, 21 de mayo de 2010
Ruiseñores psicotrópicos
domingo, 16 de mayo de 2010
En la variedad está el... ¿disgusto?
lunes, 10 de mayo de 2010
A beber, que son dos días
Las malas artes del bonsai
sábado, 8 de mayo de 2010
¿La "república independiente de tu casa"?
¡Al cuerno la "república independiente de tu casa"! Bienvenido a la ancha tierra que compartimos con todos los demás seres vivos bajo un mismo cielo.
sábado, 1 de mayo de 2010
Charlie el Coyote
Sólo que Shreve, la mujer que lo crió, no quiere que creas que criar a un coyote es tarea fácil. Por ejemplo, Charlie el Coyote –en su inagotable listeza coyotuna– se aburre con facilidad. Charlie es capaz de abrir y cerrar el grifo de la cocina, una y otra vez, para provocar a su aburrido compañero humano. Puede encender el aspirador robótico con su morro. Puede abrir los armarios de la cocina y sacar todas las ollas y sartenes para luego apilarlas en el centro de la habitación. Tampoco acepta a nadie más que a sus dos compañeros humanos, y a perros que sean amistosos.
Probablemente sería capaz de ahogarme mientras duermo. O de ganarme cada vez que juguemos a los barcos. O de engañar a mi chihuahua para que nade por la parte profunda de la piscina.
Así que, amigos, disfrutemos de este guapo coyote a la vez que tenemos presente que los coyotes no son buenas mascotas. Sobre todo, porque borrarán vuestros programas favoritos de la televisión a la carta cuando no estáis en casa.
¿Sabes dónde puedo conseguir un coyote como mascota?
sábado, 24 de abril de 2010
Peces de colores
viernes, 16 de abril de 2010
Sentencia de vida

Ayer nos comunicaron de la veterinaria donde habían hecho las pruebas de laboratorio que uno de nuestros perros había dado positivo en el test de Leishmaniosis. Llevaba tiempo cojeando de una de sus patas traseras y, aunque en un principio pensamos que podía ser un problema de reuma, con el tiempo, viendo que la cojera no remitía sino que iba a más, empezamos a pensar en otras hipótesis menos favorables.
Así que aquí está el diagnóstico. No es 100% seguro, pero sí noventa y pico por ciento (según el veterinario, claro).
Hay veterinarios que sacrifican directamente a los perros con Leishmaniosis, pensando que no se pueden curar o que no merece la pena intentarlo. Pero, si no tienen afectadas las vísceras, se puede tratar la enfermedad de manera que el animal tenga una vida normal y plena.
En estas circunstancias, cuando un animal querido cae enfermo, es fácil olvidar que el mosquito flebotomo que transmite la Leishmaniosis es tan parte de la naturaleza como el perro al que ha infectado. También la leishmania, el parásito de la enfermedad, es parte de la naturaleza. Incluso la muerte que acabe provocando ese parásito o cualquier otro agente es parte de la naturaleza.
En la naturaleza hay un constante proceso de nacimiento, crecimiento, madurez, reproducción, declive y muerte... que a su vez es el lecho fértil que alimenta el nacimiento de nuevas vidas. Si no vemos y entendemos este ciclo impersonal de la vida y la muerte nos metemos de cabeza en otro círculo... el del sufrimiento: “Ay, pobrecito, qué pena me da, ya nunca será igual, etc., etc.”. Así es fácil acabar como la anciana de noventa y tantos años que, al recibir de su médico un diagnóstico terminal, le preguntó perpleja, “Pero, doctor... ¡¿por qué yo?!”
Apolo es el mismo hoy que ayer y que hace un mes, cuando ni siquiera sospechábamos que pudiera tener el parásito. Sigue manteniendo con elegancia principesca la misma distancia respecto de los rudos Sharpeis, tomando para sí la mejor cama y gruñendo a todo perro que se le acerque demasiado (según su criterio soberano e innegociable), atento a cualquier descuido para abalanzarse sobre cualquier cosa comestible que haya a mano, mirándonos con ojos melosos en busca de caricias... Además, empieza a correr y jugar como no hacía desde hace semanas, ahora que el antiinflamatorio le alivia el dolor de la articulación.
Está claro que, en su mundo, Apolo no tiene Leishmaniosis. En su mundo, Apolo se va a dormir cada noche con ecuanimidad absoluta y se despierta cada día para vivirlo como si fuera el único de su vida. No hay lamentos ni auto-conmiseración. Sólo nuestra mente humana irrumpe en la situación con sus etiquetas, apegos y miedos. En la naturaleza todo es mucho más simple. Una poetisa moderna lo celebró así:
El águila ratonera no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos son ajenos a la pantera negra.
Las pirañas no dudan de la corrección de sus actos.
La serpiente de cascabel se acepta a sí misma sin reservas.
El chacal auto-crítico no existe.
La langosta, el cocodrilo, la triquina, el tábano
viven como viven y están contentos de ello.
El corazón de la ballena asesina pesa cien kilos
pero por lo demás es ligero.
No hay nada más propio de los animales
que una conciencia limpia
sobre el tercer planeta del Sol.
¿Qué ha cambiado tras el diagnóstico? En realidad, muy poco. Sabemos que Apolo nos dejará un día... o no, porque igual nos vamos nosotros antes que él. Quién sabe. Lo importante es que ahora estamos vivos, compartiendo esta vida frágil y maravillosa, y que a través de su mirada limpia y su vida sin preocupaciones podemos entrever un poco de esa herencia que es natural también para los humanos –experimentar la unidad de toda la vida, que incluye todas las muertes y aun así se perpetúa más allá de los organismos aparentemente individuales que la encarnan, siempre adelante, sin cesar renovada, siempre viva.
miércoles, 14 de abril de 2010
lunes, 12 de abril de 2010
Captar la vida al vuelo

Al hilo de la entrada anterior sobre la costumbre de disecar animales como trofeos, recuerdo que el Huahujing dice:
El Dao hace surgir todas las formas, pero él mismo no tiene forma.
Si intentas representar su imagen en tu mente, lo perderás.
Es como clavar una mariposa con un alfiler: se capta la cáscara, pero se pierde el vuelo.
¿Por qué no contentarse simplemente con vivirlo?
Podemos probar a contestar esa pregunta: ¿por qué no nos contentamos los humanos con simplemente vivir la unidad de toda la vida en vez de coleccionar cadáveres como tristes testimonios de nuestra incapacidad de conectar ella?
El caso de los animales disecados es un ejemplo extremo, pero la misma “desconexión” puede explicar por qué maltratamos a mascotas o hacemos bonsais –dos ejemplos de violencia humana más o menos sutil contra las condiciones naturales que sustentan a algunos organismos vivos de este planeta.
Desde la perspectiva del Dharma, la respuesta es clara: porque nos hemos acostumbrado a acumular cosas para mitigar nuestra sensación de inseguridad y sinsentido vital, estamos poseídos por la inercia del menor esfuerzo, y además nos sentimos con derecho a despreciar y violar la naturaleza y desarrollo natural de todo lo que no encaje con nuestras estrechas miras y proyectos. ¿O es que no somos los amos y señores de la creación?
El resultado es que, estando como estamos, “simplemente” vivir esa experiencia de unidad no parece nada simple... pero nada en absoluto. Así que nos echamos otra vez en brazos de nuestros hábitos malsanos, con mala conciencia quizá, pero sin una idea clara de cuáles pueden ser las alternativas.
En el fondo, ¿no es esa añorada cercanía a la vida natural lo que explica la costumbre humana de domesticar a ciertos seres vivos para que nos hagan compañía? ¿Estamos seguros de que, al hacerlo, estamos respetando de verdad la naturaleza del animal o de la planta en cuestión? Lo contrario equivaldría a tomar rehenes de la naturaleza para satisfacer carencias propias, cuando mejor podríamos resolver esa carencia yendo a sus causas, en vez de coleccionando sucedáneos paliativos.
Lo asombroso de verdad es que, a pesar de todas las tropelías que hemos cometido y seguimos cometiendo contra ella, la naturaleza sigue ofreciéndonos sus puertas abiertas. Sólo hace falta tener la suficiente humildad para reconocer las raíces comunes que nos unen con toda la vida del planeta. Nuestro potencial es entrar en comunión con ella, atravesando su desconcertante revoltijo de supervivencia y muerte, creación y destrucción, aparente crueldad, indiferencia y falta de sentido, para sentir su fuerza pura de modo que nos transforme en custodios y guardianes de toda la vida, sean cuales sean sus formas.
PD: Sé que esta entrada me ha salido muy cognitiva, pero la envío de todas formas como muestra de las dificultades que estoy teniendo para encontrarle el punto a las prácticas de Shén.
A veces tengo la impresión de que este blog es como una herida purulenta: al abrirla, primero sale el pus cognitivo, pero mi esperanza es que la sangre de las experiencias no cognitivas que vaya saliendo luego lave la herida y favorezca la curación correcta.
viernes, 9 de abril de 2010
Otro tipo de compañía animal

Algunas personas no quieren cargar con el engorro que supone tener un ser vivo en casa, pero tampoco están dispuestas a privarse de la excitación de estar "en contacto con la naturaleza", sobre todo si se trata de ejemplares peligrosos, exóticos o valiosos por estar al borde de la extinción:
http://www.elpais.com/articulo/espana/Guardia/Civil/encuentra/2700/animales/protegidos/disecados/congeladores/elpepuesp/20100409elpepunac_31/Tes
Es sorprendente la variedad de formas que puede tomar la vanidad humana. Y cuando esa enfermedad va de la mano con un egoísmo miope, su potencial destructivo es pavoroso.
Creo que esta colección es un comentario elocuente sobre cómo ven algunos la naturaleza: como una despensa de trofeos que se pueden cazar y exhibir a la mayor gloria de su propio ego... sólo que muertos, resecos y tiesos como estatuas.
¿Es con eso con lo que queremos compartir el planeta? ¿Con una colección de fetiches inertes sacrificados sin otro motivo que darnos gusto y aumentar nuestro status?
Hay algo en las mentes de esas personas que está igual de tieso y sin vida que esos despojos macerados en formol. Lo de fuera es un reflejo de lo de dentro. Uno no quita la vida a otros seres tan gratuitamente si antes no la hubiera matado un poco dentro de sí mismo.
Si llega el momento -y puede que ya esté aquí- en que tengamos que elegir colectivamente entre mantener la diversidad de formas de vida o mantener el abanico (casi igualmente diverso) de maneras antinaturales de satisfacer nuestras falsas necesidades y caprichos... ¿seremos capaces de elegir sabiamente?
miércoles, 7 de abril de 2010
Derechos animales... ¿deberes animales?
En nuestro trato con los animales de compañía y las plantas está la primera línea del frente en el conflicto entre la naturaleza y la mente desnaturalizada del ser humano.
¿En qué nos diferenciamos los homínidos autoproclamados “civilizados” de otros animales? En teoría, en que nos hemos elevado por encima de la despiadada lucha que establece la pura supervivencia del más fuerte. Nos hemos dado leyes y normas, un contrato social que regula los conflictos entre unos y otros sin recurrir a la violencia abierta (hay otras formas de violencia que nos resultan más aceptables).
[Esto, por cierto, me recuerda al chiste de los dos vascos que discuten acaloradamente hasta que uno de ellos, en un acceso de lucidez, se para y le dice al otro: “Pero, ¿para qué vamos a discutir, si podemos arreglarlo a hostias?”].
Volviendo al asunto, algunas personas biempensantes han extendido esa iniciativa legisladora al reino animal y han elaborado un catálogo de “derechos de los animales”. Al leerlos, me parece que se trata más bien de derechos animales en su relación con los humanos, porque entre animales muchos de ellos no se aplican; es decir, más que derechos de los animales propiamente dichos, estamos ante una presentación indirecta de deberes ideales que ojalá los humanos aceptaran en su relación con los animales.
Todo eso tiene buenas intenciones, sin duda, y quizá hasta haya mejorado las condiciones de vida de algunos animales. El problema es que cuando metemos la mente de por medio, sin tocar la esencia de las cosas, tienden a producirse situaciones mostrencas. Nos conformamos con medias verdades y anteponemos nuestra comodidad a llegar al fondo de las cosas, cosa que podría acarrear grandes cambios en nuestra vida individual y colectiva.
Recuerdo un documental que vi recientemente en el que una manada de hienas daba caza a un ñú. Se había rodado en una región de África donde las hienas compiten con los leones por sus presas y muchas veces tienen que retirarse después de haberlas abatido si ven que esos grandes felinos aparecen para disputársela. En ese juego, pues, no hay tiempo que perder: una vez se caza, hay que devorar a toda prisa. Desgraciadamente para el ñu, las hienas no tienen unas mandíbulas suficientemente grandes ni poderosas para matarlo al instante, como hacen los leones. En este caso, el resultado fue que las hienas empezaron a devorar a su presa cuando aún estaba viva.
¿Qué hizo el ñu? ¿Levantar la voz y protestar “¡Eh, que estáis violando mis derechos!”...?
No. Simplemente luchó lo que pudo para sobrevivir, con toda la dignidad de los animales ante la muerte, y sin rastro de pánico, miedo u odio en su mirada. Sucumbió con ecuanimidad total.
Este ñu reivindicativo es una caricatura, por supuesto, pero sirve para sacar a la luz algunos absurdos del afán legislador.
Convencionalmente, los humanos atribuimos y concedemos derechos sólo en la medida en que van unidos a deberes: son las dos caras de una misma moneda.
Si alguien ha sentido la necesidad de formular derechos para los animales... ¿cuáles son los deberes tácitos que atribuimos a los que hemos tomado bajo nuestro cuidado? Vamos a ver si este ejercicio teórico arroja alguna luz sobre el precio que les imponemos por convivir con nosotros.
Si un alienígena observara cómo son nuestras relaciones habituales con nuestros animales de compañía, podría deducir que se rigen según los siguientes “deberes de los animales”:
1) El animal de compañía tiene el deber de renunciar a su hábitat natural y amoldarse al espacio vital de su dueño.
2) El animal de compañía tiene el deber de renunciar a su instinto natural de buscar y conseguir su propia comida en el entorno que le corresponde. Al contrario, debe confiar únicamente en la buena memoria y el buen criterio de su dueño, que le ofrecerá los alimentos que juzgue más adecuados en cada circunstancia (¡si se acuerda!).
3) El animal de compañía tiene el deber de subordinar sus impulsos reproductivos a los intereses de su dueño, y aceptar la castración o vaciado cuando éstos así lo determinen.
4) El animal de compañía tiene el deber de renunciar a la manada natural con otros de su especie a cambio de integrarse como miembro subordinado en una familia humana (que puede ser “monoparental”).
5) El animal de compañía (entiéndase “perro”, pero no limitado a él) tiene el deber de supeditar sus necesidades de defecación al horario que más le convenga al dueño, sin posibilidad de saber por adelantado cuál será ni derecho a salidas regulares al efecto.
6) El animal de compañía tiene el deber de renunciar a su instinto natural de curiosidad y exploración, evitando escaparse o entregarse a conductas que profanen de cualquier modo la santidad de las posesiones, el hogar o el jardín de su dueño.
7) El animal de compañía tiene el deber de limitar su instinto natural de juego a aquellos momentos y condiciones que sean del agrado de su dueño, siempre sin menoscabo de sus bienes materiales o intereses.
8) El animal de compañía tiene el deber de aceptar sin protestar ni defenderse cualquier comportamiento imprevisible o desconsiderado por parte de cualquier miembro de la familia, en especial los niños, incluidos juegos, bromas o trato cruel.
9) El animal de compañía tiene el deber de conocer el lenguaje y las convenciones sociales del ser humano a fin de no causarle molestias ni disgustos a su dueño. Debe entender y obedecer al punto, sin cuestionarlas, las órdenes que se le den y debe respetar la propiedad privada de su dueño, ajustando su conducta lo más posible a la del humano que le da sustento y cobijo.
10) El animal de compañía tiene el deber de entender las necesidades y/o carencias emocionales y afectivas de su dueño, aceptar cualquier capricho que éste le imponga por contrario que sea a su naturaleza, y modular su comportamiento de modo que cumpla a la perfección la misión de compañía/consuelo para la que se le ha adquirido.
11) El incumplimiento de cualquiera de estos deberes puede ser castigado con el abandono o el sacrificio.
Probablemente la mayoría de nosotros no creamos en los alienígenas. Sin embargo, ¿cuántos estaríamos dispuestos a jurar que las observaciones de nuestro hipotético hombrecillo verde son igualmente ficticias?











