domingo, 30 de mayo de 2010

¿Qué vino primero...?

Siguiendo el hilo de mi entrada-divagación anterior, retomo una frase de Samuel Butler recogida en el blog de Shan-jiàn:

“La gallina no es más que la manera que un huevo tiene de hacer otro huevo”.

Me encanta esa manera de trastocar las prioridades y darles la vuelta, usando en este caso el pensamiento lateral gallináceo.

En esencia, es lo mismo que dice Richard Dawkins, el pope de la biología evolutiva actual, sólo que cambiando los protagonistas: cada ser humano no es más que una estación de paso en la longeva trayectoria de los genes que lo componen.

(Curiosamente, y si mal no recuerdo, Dawkins omite citar a Butler entre los reconocimientos de deuda intelectual que incluye en su libro El gen egoísta; ¿de verdad no lo conocía?).

Si trasladamos el mismo mecanismo a la condición humana, pero ahora en sentido dhármico, ¿no podríamos decir también que la vida del aparente individuo no es más que la manera que la clara luz no diferenciada (al nacer) tiene de generar más clara luz (al morir)?

Quizá no sea una analogía perfecta, ya que la clara luz no se “genera”; pero para mí lo interesante es que, si lo vemos así, ponemos las peripecias de la vida del aparente individuo en el mismo nivel de irrelevancia que las de una gallina común.

Hmmm… chocante, ¿no?

Pero, en el fondo, ¿no es ésa una medida más ajustada al Dharma de lo que importan los detalles mundanos de nuestras vidas? Que uno sea rico o pobre, guapo o feo, alto o bajo, incluso catalán o madrileño… ¿qué más da? La biografía de cada cual –ese tesoro tan preciado, que merece toda nuestra atención y cuidados– no sería entonces más que un paréntesis en la clara luz… un hipo del universo.

Sólo importa una cosa: que la clara luz sea capaz de “crear” más clara luz antes de la muerte del aparente individuo que la encarna. Eso sí sería un acontecimiento relevante… reunir a huevo y gallina en un solo ser aparente.

¿Cómo llamaríamos a este bípedo implume ovo-gallináceo? Por ahora, pongamos que un ser humano despertado.

Intentaré ceñirme más al tema en mi siguiente entrada. Hoy igual he tomado demasiado Avecrem y se me ha subido a la cabeza.

¡Co-coro-cocóóó!

viernes, 28 de mayo de 2010

La red de Indra

En el Dharma, llega con suerte un momento en las prácticas en el que te queda claro por fin que no te estás ocupando de tu conciencia individual, con todos los contenidos específicos de tu biografía. Entonces la práctica cobra una dimensión mucho más profunda, porque de verdad sientes que al dedicarte a ella estás llevando de la mano sutilmente a todos los demás por el mismo camino. Ya no caminas solo por el ancho mundo.

Esta idea de que no hay seres individuales, porque la separación entre unos y otros es una ilusión, es un aroma constante en las enseñanzas del Mahayana. Sin embargo, no es fácil procesarla e integrarla en la meditación, porque para ello hace falta abstraerse de lo que experimentamos, de la evidencia de que las cosas son tal cual las percibimos, para abrirse a otra dimensión que se mantiene oculta detrás de las apariencias –y no sólo oculta en el espacio sino también en el tiempo.

De hecho, en las contemplaciones del Celo y, sobre todo, de Shén, estamos abriéndonos al contacto con experiencias atávicas que no son “nuestras” en sentido estricto, pero tampoco son ajenas del todo, ya que podemos evocarlas desde dentro de nuestra mente. Es cierto que ese contacto con las experiencias latentes en la mente puede resultar esquivo e impredecible, pero al final la propia ambigüedad entre lo que es “mío” y lo que es “de la especie”, por así decirlo, socava aún más cualquier noción de que “yo” sea una persona individual, con una esencia sustancial y duradera. Para mí, la imagen que mejor lo explica es la red de Indra:

Muy lejos, en la morada celeste del gran dios Indra, hay una red maravillosa que ha sido colgada por algún ingenioso artífice de tal modo que se extiende indefinidamente en todas las direcciones. De acuerdo con los suntuosos gustos de las deidades, el artífice ha colgado una joya brillante en cada “ojo” de la red, y como la red es infinita en todas las direcciones, las joyas son infinitas en número. Allí cuelgan las joyas, brillando como estrellas de primera magnitud, en una vista maravillosa de contemplar. Si ahora elegimos al azar una de estas joyas para inspeccionarla y la miramos de cerca, descubriremos que en su pulida superficie se reflejan todas las otras joyas de la red, infinitas en número. No sólo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya refleja a su vez todas las demás joyas, de suerte que se produce un proceso de reflexión infinito.

Si sustituimos las joyas por experiencias humanas que resuenan y se comunican unas con otras (como ocurre en la práctica), diría que así es como me siento tras las contemplaciones: suspendido en un espacio-tiempo infinito, implicado en una malla impersonal de ilusiones que surgen, se alimentan mutuamente y se multiplican sin cuento, insustancial en el fondo pero infinitamente acompañado… de camino a experimentar la propia “flotación” de esa red sin identificarme con ninguna de sus partes.

viernes, 21 de mayo de 2010

Ruiseñores psicotrópicos


Uno de los beneficios colaterales de vivir en Can Catarí es oír los cantos de los ruiseñores en primavera. Al oírlos a todas horas, mañana, tarde y noche, uno tiene tiempo de empaparse de esa música lo suficiente para dejar atrás su melodía e ir más allá, a las raíces de donde brota el canto. Es una práctica que tiene algo de mágico, casi como un viaje psicodélico, pero os aseguro que no me he “metido” nada para realizarla aparte de las meditaciones del Dharma.

¿Qué tiene el canto del ruiseñor, que tan revelador me resulta? Aparte de la literatura que lo celebra, yo sólo conocía de oídas su reputación como cantor, y no ha sido hasta hace poco, al oírlo en vivo una y otra vez, cuando he entendido lo que de verdad me sugiere esta criatura como ningún otro pájaro, que yo sepa.

Es cierto que ya conocía el canto del mirlo, que anuncia la llegada de la primavera en la meseta con un canto algo más sobrio y denso, que recuerda a la sonoridad del clarinete. Pero, por algún motivo, por mucho que lo disfrute, no tiene los mismos efectos sobre mí. Sólo ahora me he dado cuenta de lo que me estaba perdiendo sin ruiseñores en mi vida.

No se trata del mero placer estético de oír sus inverosímiles cabriolas vocales –silbidos, trinos y gorjeos que se suceden en una gloriosa anarquía. Tampoco se debe a la agradable asociación con la oscuridad y frescura de estas noches de mediados de mayo que ya invitan a quedarse al aire libre, después del invierno largo y riguroso, y simplemente escuchar a cielo abierto, bajo la inmensa cúpula de las estrellas, esas voces que cobran mayor relieve ante el silencio reinante por doquier.

Es algo más sutil que detecto en esas arias imprevisibles, como al trasluz de sus notas: un cantor fundido con su canto, como si fuera un surfista montado en la cresta de una ola que se va desplegando ante él sin que sepa, de un momento a otro, por dónde va a romper… Un cantor que se disuelve en el canto y le cede el poder, pero aún retiene suficiente conciencia para asombrarse ante lo que está pasando…

Ése parece ser el secreto del ruiseñor: la pura experiencia del canto vivida como una sorpresa constante, sin plan ni proyecto, que responde al impulso natural de cada momento sin detenerse en ello, sino sumando a esa corriente que fluye desde dentro el asombro ante sus resultados… asombro que a su vez refresca e impulsa el canto hacia delante en un bucle gozoso. El canto se canta sin cantor alguno. Qué maravilla.

Así que ahora puedo responder a la pregunta que me hacía para empezar: ¿qué es lo que me conmueve del canto del ruiseñor?

Si dijera que es la ausencia de cálculo y de identidad, sería verdad, aunque sólo en parte.

Lo mismo ocurriría si afirmara que me resuena profundamente porque es una demostración práctica del Dharma natural.

En el fondo, lo que me conmueve del canto del ruiseñor es lo que sugiere: el aroma de cómo puede ser la experiencia de la mente pura liberada de su esclavitud cognitiva.

Todo esto me enseñan los ruiseñores sin intentarlo ni quererlo, sin ni siquiera darse cuenta. Ni falta que les hace. ¡Bendita ignorancia la que rinde estos frutos!

domingo, 16 de mayo de 2010

En la variedad está el... ¿disgusto?

El otro día, mientras me asomaba a la ladera desde el balcón de Can Catarí Nou y constataba la proliferación de hierbas y plantas de todo tipo que estaba volviendo a cubrir las zonas que desbrocé a brazo partido, con innegable heroísmo, hace unos años, me vino a la mente una pregunta:

¿Por qué hay tanta variedad de formas de vida? ¿Por qué no puede haber nada más “plantas”, o a lo sumo “hierba” y “árboles”? ¿Por qué, en vez de eso, tiene que haber hinojo y lentisco, garriga y cardos, zarzas y pinos, diente de león, olivos, hiedra, margaritas, encinas, trigo y cebada silvestre, esparragueras… y decenas de otras especies, cuyo nombre ignoro?

(En realidad, la pregunta tomó más bien la forma de un “¿Por qué **** hay tanta variedad…?”, pero tampoco hay que cebarse en los detalles).

Claro que era mi remolona identidad de confusión la que se hacía estas preguntas, suspirando ante la perspectiva nada apetecible de enfrentarse de nuevo a un segundo desbroce... que, por supuesto, tampoco sería definitivo. Y es que, aunque a corto plazo el humano se pueda imponer, a la larga la naturaleza suele acabar prevaleciendo, porque es una fuerza formidable e inasequible al desaliento, a la que nada distrae de su única misión, que es crecer y multiplicarse, como dice el Génesis.

En definitiva, parece como si todo mi esfuerzo de limpieza no hubiera servido para otra cosa que para darle más empuje a la naturaleza, que ahora se despliega exultante y vuelve a reclamar para sí los espacios que le había arrebatado. Ni que decir tiene que me sentí muy poca cosa, como David contra Goliat (o el Valladolid contra el Barça), ante el triunfo evidente de esa fuerza ciega; un triunfo más rotundo si cabe ahora gracias a los chaparrones y los primeros calores de esta primavera, refrendado por la unanimidad entusiasta con la que todas las plantas se han lanzado a recuperar el terreno perdido.

Pero, más allá de mis lamentaciones, la pregunta no sólo tiene sentido sino que además ofrece una respuesta bastante probable. ¿Por qué tanta variedad? Porque la naturaleza desarrolla su programa de supervivencia con previsión y prudencia, sin poner todos los huevos en la misma cesta.

Eso significa que, en un entorno en constante transformación donde nunca se sabe qué puede ocurrir, lo más seguro es generar distintas especies, cada una con su configuración específica de puntos fuertes y débiles, para que ante un cambio drástico en las circunstancias no sucumban todas a la vez. Cada especie sería entonces como un ensayo más en la larga carrera de prueba y error que es la evolución de la vida en este tercer planeta del Sol: un experimento inacabado, sí, pero no inacabable.

En ese sentido, lo importante es que la vida siga adelante, sea cual sea la forma particular que tome, y no la fortuna individual de una especie concreta, ni siquiera del ser humano. Desde el punto de vista de esa fuerza inteligente que alienta en todos los seres vivos y reacciona adaptando sus genotipos y fenotipos a los cambios del ambiente, los aparentes individuos somos prescindibles, desechables, meras anécdotas en la gran corriente viva que habita el planeta. Si nosotros nos vamos, otros ocuparán nuestro lugar, como sostenía ese documental sobre insectos que hace ya muchos años llegó a los cines españoles con el ominoso título de Heredarán la tierra.

Nos guste o no, para la naturaleza, la vida, o como quiera que la llamemos, no importa si en un momento dado lo único que sobrevive en la tierra son las cucarachas o, por el contrario, el elenco más selecto y refinado de bailarines y bailarinas del ballet Bolshoi; ella seguirá adelante con lo que haya a mano, tenga las patas que tenga.

Por contra, los humanos hemos acumulado un poder de destrucción inimaginable y probablemente estamos ya en posición de aniquilar toda forma de vida y convertir a la tierra en un pedrusco sideral yerto y desolado. Ahí le superamos sin duda a la naturaleza, aunque sea un mérito más que dudoso. En cambio, cuando llega el momento de crear no somos más que una sombra pasajera en comparación con ella, sobre todo si lo hacemos enfrentándonos a sus impulsos –como sólo los humanos somos capaces de hacer– o si esa “creación” no nace enraizada y alimentada por la fuente misma que nos presta la vida a todos los seres.

Es algo que intentaré tener presente si en algún momento, desatendiendo el sentido común, me animo a desbrozar esa ladera otra vez.

lunes, 10 de mayo de 2010

A beber, que son dos días

Hace un instante, mientras subía la escalera al segundo piso de Can Catarí Nou, me he dado cuenta de que estaba sonriendo de oreja a oreja. ¿Por qué? En primera instancia, porque oía a dos de nuestros perros, Apolo y Lluna, bebiendo agua al alimón con alegre chapoteo. Así de sencillo, y así de tonto. Pero hay algo más.

Los dos acababan de entrar en casa de nuevo después de una inesperada correría de medianoche. En medio de la paz nocturna, cuando se supone que todos duermen ya, se habían puesto a ladrar agitadamente ante la puerta. Bajé, pensando que probablemente estaban ladrando por la presencia de jabalíes en el pequeño bosque que bordea la masía.

Era natural que quisieran defender su territorio, ¿no?, así que les abrí la puerta y ambos salieron disparados hacia fuera.

Yo les seguí con más calma. Hacía una noche maravillosa, con una tenue neblina húmeda pegada al suelo por la lluvia caída esta tarde bajo un cielo despejado en el que se divisaban con nitidez las estrellas. Olía a tierra mojada y a champiñones o algo similar, desenterrado quizá por los jabalíes.

Apolo desapareció cojeando entre la bruma irisada por un farol, olvidándose de su apatía de hoy y del dolor de su pata trasera; mientras tanto, en la oscuridad se oían los cascabeles de Lluna en medio de la espesura, asegurándose de que ningún jabalí invasor quedara impune. Por el silencio estaba claro que ni siquiera llegó a haber una escaramuza, pero ambos estaban totalmente volcados en su misión de intercepción, cada uno a su manera, así que los dejé estar.

Confiando en nuestros perros, me volví adentro, permitiendo que ellos dos también ejercieran sus funciones de guardianes y guerreros del Dharma. Me cepillé los dientes y al salir del baño ahí estaban en el cuarto de estar, lamiendo con estrépito unísono el agua de los baldes, casi diría que con la satisfacción del deber cumplido. Pasé de largo, apagué la luz, subí las escaleras, y ahí seguían, dale que te pego con el agua.

Eso, la alegría de ver la naturalidad de sus acciones, fue lo que me provocó la sonrisa: ladrar a deshoras, salir corriendo con entusiasmo a perseguir sombras olvidándose de que uno está cojo, volver a casa cuando quieren ellos y no yo, beber ya esté la luz encendida o apagada... qué libertad.

Amigos Shanes, no os preocupéis por nosotros: con Apolo y Lluna, estamos en buenas zarpas. Son maestros involuntarios a todas horas y nos protegen celosamente del jabalí de la ignorancia de nuestra propia fuerza natural, siempre que estemos dispuestos a abrirles la puerta de nuestra mente-corazón.

Las malas artes del bonsai



Antes he hablado del impulso humano manchado de domesticar la naturaleza, reduciéndola a nuestra misma condición... Y es que, como dicen los anglosajones, misery loves company: a la desgracia le encanta sentirse acompañada.

Esa domesticación no sólo se aplica a las mascotas, sino que algunos, en su funesta inventiva, también han encontrado la manera de extenderla a los árboles. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Nos hemos alejado tanto de la vida natural que un simple árbol, inofensivo por lozano y soberbio que sea, parece una denuncia tácita de nuestra condición disminuida y una amenaza a nuestra autoestima como especie dominante.

Así es, sin duda. ¿Qué se habrán creído esos árboles? ¿Cómo se atreven a ser más altos que nosotros, a sacar su follaje y perderlo sin nuestra supervisión o permiso, a sobrevivir a sequías, rayos y vendavales, a brotar de las mismas piedras? Hay que parar esa locura... ¿Cómo? Muy fácil: hagámoslos enanos y dependientes, a nuestra imagen y semejanza. Hagamos bonsais.

No sé ni me imagino a quién demonios se le ocurriría esta idea por primera vez: tomar algo que en la naturaleza es absolutamente sublime, desterrarlo del hábitat que le es propio, transplantarlo a una mísera maceta, y ahí interferir con sus patrones de crecimiento y desarrollo natural, manipulándolo de diversas maneras supuestamente ingeniosas... Y todo, ¿para qué? Para convertirlo en un tullido, en un penoso remedo de lo que podría ser. ¡Digno triunfo de la mente mezquina que lo concibió!

La jugada casi recuerda a la de esos mendigos que atan e inmovilizan a sus bebés, forzándolos a contorsiones imposibles para causarles malformaciones. Así, una vez han sido apropiadamente lisiados de por vida, podrán suscitar la conmiseración de los transeúntes cuando crezcan y empiecen a mendigar y eso les permitirá arañar la suficiente limosna para no morirse de hambre: un ejemplo literal de “deformación profesional”.

En el bonsai también se aprovecha la pugna constante del árbol por crecer de acuerdo con lo que le dicta su propia naturaleza. Sólo que, ¿qué necesidad tiene el árbol de que alguien se apiade de él y le eche unas monedas? ¿O, visto de otro modo, de que alguien lo admire? El árbol sólo “quiere” ir a lo suyo, desplegando el programa de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte que le es inherente.

De esa manera retorcida, la lucha de la naturaleza por salir adelante con los medios a su alcance no hace más que jugar a favor del “bonsayista”, que gracias a ese impulso ciego puede modelar a su víctima de acuerdo con su capricho y exhibirlo como un triunfo de su propia voluntad y pericia. Qué abominación; pero qué revelador también sobre el trato que le damos al empuje vital, incluso al que alienta en nosotros mismos.

¿Qué necesidad tenemos de producir sucedáneos inferiores de la vida que brota espontánea y gratuitamente alrededor de nosotros? ¿Qué necesidad hay de dejar nuestra mancha humana en todo lo que hacemos, o de imponérsela a lo que aún no podemos imitar?

Con razón los bonsais nunca me han producido admiración, sino la misma mezcla de repugnancia y tristeza que también siento ante los animales amaestrados del circo, reflejos mortecinos de una mente enferma.

Pero, aparte del rechazo que puedan generar, estas formas torturadas nos deberían recordar algo importante: que la misma mente manchada y la misma vida natural que interactúan de forma nefasta en el bonsai también están presentes dentro de cada uno de nosotros, enfrentadas de la misma manera.

Por eso, en nuestras manos tenemos una elección tremenda: la posibilidad de vivir de acuerdo con el potencial natural del ser humano... o, por el contrario, de malgastar nuestra vida al servicio de la identidad y acabar convertidos en un engendro jibarizado.

¿Cuál de las dos elegiremos?

sábado, 8 de mayo de 2010

¿La "república independiente de tu casa"?

Cuando pienso en nuestra relación con los animales de compañía, empiezo a darme cuenta de cosas que antes me habían pasado desapercibidas. Esta reflexión abre un ángulo interesante, porque reúne por un lado a la naturaleza, representada por los animales, y por otro a los humanos, que supuestamente hemos superado el estadio natural en nuestra evolución para llegar a otro más “avanzado”.

Es evidente que ni los canarios, los hamsters o los gatos saben poner lavadoras, manejar la Thermomix ni programar la tele para grabar películas a las 2 de la madrugada; pero ¿los convierte eso en inferiores?

Hace tiempo que en Occidente consideramos un avance el habernos separado de la naturaleza. Los mitos fundacionales de nuestra cultura así lo reflejan, desde el proto-hombre Adán que se enseñoreó de la Creación por mandato divino a los héroes griegos que se dedicaron a limpiar el mundo de monstruos, hidras y gorgonas para hacerlo más habitable a sus semejantes. Otro gallo nos cantaría si fuésemos chinos, por ejemplo, y contáramos con un legado daoísta de unidad con la naturaleza; pero, para nosotros, habernos salido de la masa amorfa de la vida natural equivale a una emancipación.

¿Y qué fue lo que ganamos a cambio de dejar atrás a la “madre naturaleza”? Una respuesta obvia es la posesión de un hogar propio.

Antes, en las cuevas prehistóricas, los humanos primitivos convivían unos con otros, todos juntos y más o menos revueltos, en contacto con el mundo natural. Más adelante, las tiendas de los indios de las praderas o las yurtas de los mongoles muestran cómo eran las viviendas de los cazadores-recolectores: frugales, naturales por sus materiales de construcción y poco propicias al apego por el hecho de que cada cierto tiempo se desmontaban para cambiar de asentamiento.

Sin embargo, la suerte cambió con la llegada del sedentarismo y sus casas fijas. Una casa estable ya es un bien duradero, que se puede poseer (a costa de excluir a los demás) y al que uno se puede apegar. Hoy, la casa es el espacio de la identidad por excelencia, donde el guerrero urbano encuentra su reposo tras el largo combate en la oficina o el tajo. Como decía una reciente campaña publicitaria de gran éxito: “Bienvenido a la república independiente de tu casa”.

Uno de los problemas de ese espacio “independiente” es que nos separa de todo lo natural que es nuestra herencia. Ahora, la casa es la línea de batalla donde los humanos trazamos la división entre nuestro espacio y lo de fuera, incluyendo lo natural. Ahí dentro, incluso la persona más sensible y amante de los animales se siente justificada a la hora de matar insectos, ratones y cualquier forma de vida que le moleste. Después de todo, nos lo hemos ganado, ¿no?, ¡para eso somos superiores! Y con esas cuatro paredes bien cuadradotas y el cacho techo que las corona, ¡que no digan que se puede confundir con un espacio orgánico!

Pero, para no notar demasiado el ahogo que supone haberle dado la espalda a nuestras raíces de convivencia con toda la vida, contamos con nuestros animales de compañía: perros, gatos, jilgueros, conejos... hasta iguanas y gusanos de seda. Otra posesión más que unir a la colección que ya tenemos en casa: muebles, electrodomésticos, cd’s y dvd’s... (y quizá también... ¿la parienta?... ¿los niños?).

Sólo les exigimos una cosa para admitirlos en nuestro Club Méditerranée privado: que acepten que se les domestique.

¿Y qué es esa domesticación? Cortar, abortar y alterar sus comportamientos naturales para acomodarlos a nuestro hábitat no natural. En definitiva, tratarlos como si fueran bonsáis animales.

A veces me imagino lo que podría pasar si, en vez de domesticar así a los animales, les permitiéramos que ellos nos “des-domesticaran” a nosotros. No sería cuestión de asalvajarnos en el sentido de andar a cuatro patas, comer a dentelladas e ir cagando por las esquinas, sino de entrar en contacto con esa primogenitura natural que sacrificamos por un plato de... ladrillos.

En ese caso, igual podríamos experimentar de nuevo algo de la alegría desinteresada, el compañerismo genuino y la dedicación a los demás que nos corresponden y que aún se pueden vislumbrar entre las gentes de algunos países considerados subdesarrollados... y tienen raíces entre algunos de esos animales “inferiores”.

En realidad, nuestras casas no son espacios inertes, sino que ejercen una influencia sutil sobre las mentes que las conciben como algo real y permanente. Porque, bien visto, ¿quién ha domesticado a quién? Tristemente, son nuestras casas (en realidad, la mente que las concibe como casas) las que nos han domesticado a nosotros. Y ahora nosotros les queremos hacer lo mismo a los animales.

¿Por qué no dejamos que la vida animal y vegetal que aún nos rodea devuelva las cosas a un cauce más natural y acorde con el verdadero potencial del ser humano en su sentido más profundo?


¡Al cuerno la "república independiente de tu casa"! Bienvenido a la ancha tierra que compartimos con todos los demás seres vivos bajo un mismo cielo.

sábado, 1 de mayo de 2010

Charlie el Coyote



El otro día pasé por delante de la veterinaria local y vi expuestos en su escaparate una multitud de complementos para perros y gatos. ¡Qué locura! Ya hay hasta bolsos para llevar gatos que imitan las apariencias y acabados de los bolsos de moda de lujo. Supongo que serán para gatos “de lujo” (al menos en las mentes de sus dueños, claro).

Sigo preguntándome qué es lo que la gente busca cuando decide adoptar o comprar un animal. ¿Es siempre tan generoso como se considera socialmente? Cuanto más lo miro, más me parece como si fuese un remedio para las carencias de la vida moderna en vez de un ejemplo de verdadera unidad con la vida natural.

Hay un afamado entrenador de perros que cuenta cómo creció en una granja en México donde los perros vivían en relación simbiótica con los humanos: estaban aparte de ellos, pero los acompañaban en ciertas faenas del campo (como cuando las mujeres iban a recoger agua) a cambio de recibir algunas sobras de comida. Por lo demás, vivían a su aire, estableciendo sus propias normas y jerarquías sin interferencia externa.

Su sorpresa fue grande cuando se mudó a una ciudad mexicana y vio el contraste con los especímenes urbanos, alejados de su hábitat natural. Y la sorpresa se tornó mayúscula cuando más adelante empezó a trabajar en una peluquería canina en California, cuyos clientes pagaban hasta 500 dólares para que les cortaran las melenas a sus mascotas. A pesar de todos los lujos y cuidados (o precisamente por ellos), esos perros por regla general estaban completamente neuróticos y eran mucho menos felices que sus congéneres semisalvajes de la granja de su infancia.

Ahí vio la triste realidad del desencuentro entre humanos y perros. Para él, lo que un perro necesita de su dueño o cuidador humano es, por orden de importancia, ejercicio, disciplina y cariño. En cambio, las estrellas del celuloide y la televisión que conoció en Hollywood, inmersos en vidas de mucho trabajo y mucho estrés, invertían ese orden: al no tener tiempo disponible para pasear con ellos ni ganas de ponerse firmes para entrenarlos, intentaban compensar esos déficits con una sobredosis de cariño, expresado de las maneras más extravagantes y ajenas a las verdaderas necesidades del animal, que lo convertían en un sucedáneo de niño malcriado. Qué disparate.

Claro, que hay otros que se van al extremo opuesto y, en vez de “humanizar” a sus mascotas, buscan nuevas especies que les puedan suministrar la excitación de estar en contacto con una vida más salvaje. Pero, al final, eso sigue siendo un divertimento para la identidad, con lo cual las verdaderas necesidades de los animales quedan relegadas a un segundo plano. Mirad por ejemplo la entrada que he encontrado en internet mientras buscaba fotos de perros mimados para el blog:

Éste es Charlie el Coyote disfrutando de una oreja de cerdo ahumada (se refiere a la foto de arriba). Igual que el típico perro doméstico mimado, Charlie es tan mono y listo en plan coyotuno que querrías llevártelo a casa y ponerlo en el sofá, ¿no? A mí desde luego me apetece.

Sólo que Shreve, la mujer que lo crió, no quiere que creas que criar a un coyote es tarea fácil. Por ejemplo, Charlie el Coyote –en su inagotable listeza coyotuna– se aburre con facilidad. Charlie es capaz de abrir y cerrar el grifo de la cocina, una y otra vez, para provocar a su aburrido compañero humano. Puede encender el aspirador robótico con su morro. Puede abrir los armarios de la cocina y sacar todas las ollas y sartenes para luego apilarlas en el centro de la habitación. Tampoco acepta a nadie más que a sus dos compañeros humanos, y a perros que sean amistosos.

Probablemente sería capaz de ahogarme mientras duermo. O de ganarme cada vez que juguemos a los barcos. O de engañar a mi chihuahua para que nade por la parte profunda de la piscina.

Así que, amigos, disfrutemos de este guapo coyote a la vez que tenemos presente que los coyotes no son buenas mascotas. Sobre todo, porque borrarán vuestros programas favoritos de la televisión a la carta cuando no estáis en casa.

La entrada ha merecido dos comentarios hasta la fecha. ¿Sabéis lo que pregunta el primero, nada más empezar?

¿Sabes dónde puedo conseguir un coyote como mascota?

sábado, 24 de abril de 2010

Peces de colores


Recuerdo que, de pequeños, una amiga de mis padres nos regaló un acuario a mi hermano y a mí. Era un tanque de considerables proporciones, completo con sus rocas y arena de fondo, sus algas de imitación, un galeón hundido con cofres del tesoro de plástico, un tubo que disparaba burbujas, luces de noche y alguna parida más para darle ambiente al escenario.

Recuerdo la excitación con la que fuimos a la tienda a comprar los peces de colores, cómo arreglamos el acuario, lo llenamos de agua y esperamos un tiempo para depurarla y acondicionarla para sus nuevos huéspedes, que pronto se zambulleron en su hábitat adoptivo.

Una vez estuvo en marcha se convirtió en una visión magnífica, sobre todo de noche, con luz de fondo y encajado en un nicho de la pared que separaba el cuarto de estar del comedor. Tenía algo de hipnótico y relajante sentarse a contemplar el ballet de estos seres de colores, sus movimientos serenos y fluidos en el agua, en completo silencio salvo el burbujeo del oxígeno… Era mejor que ver la tele, aunque en realidad no pasaba nada. Y también alimentarlos era un momento especial, con las primeras sensaciones de hacerse responsable de un ser vivo.

Pero de repente las cosas cambiaron. Sin saber por qué, algunos peces empezaron saltar fuera de la pecera. Nos levantábamos por la mañana y nos los encontrábamos muertos sobre la alfombra… y yo me imaginaba su agonía, boqueando desesperadamente para respirar mientras los humanos dormíamos, y me sentía mal por no haber podido impedirlo.

Esos incidentes se solucionaron cubriendo la pecera con una red de mosquitos… Pero entonces los peces empezaron a atacarse y comerse unos a otros. Recuerdo la impresión de haber visto peces muertos flotando en el acuario, destripados, decapitados, sin una aleta… Había un desajuste total entre mis buenas intenciones y los resultados que estaba teniendo y, la verdad, yo no entendía por qué los peces rechazaban así nuestra hospitalidad.

Total, que llegado ese momento mis padres debieron decidir que ya era demasiado para unos niños tan pequeños y se acabó el acuario.

¿Qué lecciones saco de todo ello? Podría parecer que simplemente se trataba de elegir mejor los peces y no meter en el mismo acuario a depredadores y presas sin posibilidad de escape o escondite. Pero, en realidad, ¿no era el principal problema el confinamiento al que los teníamos sometidos? ¿Y no era la lucha por sobrevivir, la alternancia de vida y muerte que es la esencia de toda existencia en este planeta, algo que también estaba ocurriendo a pequeña escala en ese acuario?

Mirando hacia atrás sin ira, me parece que perdimos una buena ocasión de entender con mayor realismo cómo funciona la naturaleza, que tiene sus propias reglas y las mantiene a despecho de las condiciones que los seres humanos le impongan. Es cierto que en casos individuales como éste, la vida natural parece salir perdiendo cuando los humanos la sacan de su entorno propio y la “trasplantan” al suyo para que les haga compañía; pero si miramos un poco más allá, podemos ver que la naturaleza es más fuerte, porque aunque pierda ejemplares individuales sacrificados por la miopía o la insensatez humana, sigue asentada en la unidad de toda la vida, que incluye la muerte y aun así (o precisamente por eso) se mantiene viva.

viernes, 16 de abril de 2010

Sentencia de vida


Ayer nos comunicaron de la veterinaria donde habían hecho las pruebas de laboratorio que uno de nuestros perros había dado positivo en el test de Leishmaniosis. Llevaba tiempo cojeando de una de sus patas traseras y, aunque en un principio pensamos que podía ser un problema de reuma, con el tiempo, viendo que la cojera no remitía sino que iba a más, empezamos a pensar en otras hipótesis menos favorables.


Así que aquí está el diagnóstico. No es 100% seguro, pero sí noventa y pico por ciento (según el veterinario, claro).


Hay veterinarios que sacrifican directamente a los perros con Leishmaniosis, pensando que no se pueden curar o que no merece la pena intentarlo. Pero, si no tienen afectadas las vísceras, se puede tratar la enfermedad de manera que el animal tenga una vida normal y plena.


En estas circunstancias, cuando un animal querido cae enfermo, es fácil olvidar que el mosquito flebotomo que transmite la Leishmaniosis es tan parte de la naturaleza como el perro al que ha infectado. También la leishmania, el parásito de la enfermedad, es parte de la naturaleza. Incluso la muerte que acabe provocando ese parásito o cualquier otro agente es parte de la naturaleza.


En la naturaleza hay un constante proceso de nacimiento, crecimiento, madurez, reproducción, declive y muerte... que a su vez es el lecho fértil que alimenta el nacimiento de nuevas vidas. Si no vemos y entendemos este ciclo impersonal de la vida y la muerte nos metemos de cabeza en otro círculo... el del sufrimiento: “Ay, pobrecito, qué pena me da, ya nunca será igual, etc., etc.”. Así es fácil acabar como la anciana de noventa y tantos años que, al recibir de su médico un diagnóstico terminal, le preguntó perpleja, “Pero, doctor... ¡¿por qué yo?!”


Apolo es el mismo hoy que ayer y que hace un mes, cuando ni siquiera sospechábamos que pudiera tener el parásito. Sigue manteniendo con elegancia principesca la misma distancia respecto de los rudos Sharpeis, tomando para sí la mejor cama y gruñendo a todo perro que se le acerque demasiado (según su criterio soberano e innegociable), atento a cualquier descuido para abalanzarse sobre cualquier cosa comestible que haya a mano, mirándonos con ojos melosos en busca de caricias... Además, empieza a correr y jugar como no hacía desde hace semanas, ahora que el antiinflamatorio le alivia el dolor de la articulación.


Está claro que, en su mundo, Apolo no tiene Leishmaniosis. En su mundo, Apolo se va a dormir cada noche con ecuanimidad absoluta y se despierta cada día para vivirlo como si fuera el único de su vida. No hay lamentos ni auto-conmiseración. Sólo nuestra mente humana irrumpe en la situación con sus etiquetas, apegos y miedos. En la naturaleza todo es mucho más simple. Una poetisa moderna lo celebró así:


El águila ratonera no tiene nada que reprocharse.

Los escrúpulos son ajenos a la pantera negra.

Las pirañas no dudan de la corrección de sus actos.

La serpiente de cascabel se acepta a sí misma sin reservas.


El chacal auto-crítico no existe.

La langosta, el cocodrilo, la triquina, el tábano

viven como viven y están contentos de ello.


El corazón de la ballena asesina pesa cien kilos

pero por lo demás es ligero.


No hay nada más propio de los animales

que una conciencia limpia

sobre el tercer planeta del Sol.


¿Qué ha cambiado tras el diagnóstico? En realidad, muy poco. Sabemos que Apolo nos dejará un día... o no, porque igual nos vamos nosotros antes que él. Quién sabe. Lo importante es que ahora estamos vivos, compartiendo esta vida frágil y maravillosa, y que a través de su mirada limpia y su vida sin preocupaciones podemos entrever un poco de esa herencia que es natural también para los humanos –experimentar la unidad de toda la vida, que incluye todas las muertes y aun así se perpetúa más allá de los organismos aparentemente individuales que la encarnan, siempre adelante, sin cesar renovada, siempre viva.



miércoles, 14 de abril de 2010

lunes, 12 de abril de 2010

Captar la vida al vuelo


Al hilo de la entrada anterior sobre la costumbre de disecar animales como trofeos, recuerdo que el Huahujing dice:


El Dao hace surgir todas las formas, pero él mismo no tiene forma.
Si intentas representar su imagen en tu mente, lo perderás.
Es como clavar una mariposa con un alfiler: se capta la cáscara, pero se pierde el vuelo.
¿Por qué no contentarse simplemente con vivirlo?


Podemos probar a contestar esa pregunta: ¿por qué no nos contentamos los humanos con simplemente vivir la unidad de toda la vida en vez de coleccionar cadáveres como tristes testimonios de nuestra incapacidad de conectar ella?


El caso de los animales disecados es un ejemplo extremo, pero la misma “desconexión” puede explicar por qué maltratamos a mascotas o hacemos bonsais –dos ejemplos de violencia humana más o menos sutil contra las condiciones naturales que sustentan a algunos organismos vivos de este planeta.


Desde la perspectiva del Dharma, la respuesta es clara: porque nos hemos acostumbrado a acumular cosas para mitigar nuestra sensación de inseguridad y sinsentido vital, estamos poseídos por la inercia del menor esfuerzo, y además nos sentimos con derecho a despreciar y violar la naturaleza y desarrollo natural de todo lo que no encaje con nuestras estrechas miras y proyectos. ¿O es que no somos los amos y señores de la creación?


El resultado es que, estando como estamos, “simplemente” vivir esa experiencia de unidad no parece nada simple... pero nada en absoluto. Así que nos echamos otra vez en brazos de nuestros hábitos malsanos, con mala conciencia quizá, pero sin una idea clara de cuáles pueden ser las alternativas.


En el fondo, ¿no es esa añorada cercanía a la vida natural lo que explica la costumbre humana de domesticar a ciertos seres vivos para que nos hagan compañía? ¿Estamos seguros de que, al hacerlo, estamos respetando de verdad la naturaleza del animal o de la planta en cuestión? Lo contrario equivaldría a tomar rehenes de la naturaleza para satisfacer carencias propias, cuando mejor podríamos resolver esa carencia yendo a sus causas, en vez de coleccionando sucedáneos paliativos.


Lo asombroso de verdad es que, a pesar de todas las tropelías que hemos cometido y seguimos cometiendo contra ella, la naturaleza sigue ofreciéndonos sus puertas abiertas. Sólo hace falta tener la suficiente humildad para reconocer las raíces comunes que nos unen con toda la vida del planeta. Nuestro potencial es entrar en comunión con ella, atravesando su desconcertante revoltijo de supervivencia y muerte, creación y destrucción, aparente crueldad, indiferencia y falta de sentido, para sentir su fuerza pura de modo que nos transforme en custodios y guardianes de toda la vida, sean cuales sean sus formas.


PD: Sé que esta entrada me ha salido muy cognitiva, pero la envío de todas formas como muestra de las dificultades que estoy teniendo para encontrarle el punto a las prácticas de Shén.


A veces tengo la impresión de que este blog es como una herida purulenta: al abrirla, primero sale el pus cognitivo, pero mi esperanza es que la sangre de las experiencias no cognitivas que vaya saliendo luego lave la herida y favorezca la curación correcta.

viernes, 9 de abril de 2010

Otro tipo de compañía animal


Algunas personas no quieren cargar con el engorro que supone tener un ser vivo en casa, pero tampoco están dispuestas a privarse de la excitación de estar "en contacto con la naturaleza", sobre todo si se trata de ejemplares peligrosos, exóticos o valiosos por estar al borde de la extinción:

http://www.elpais.com/articulo/espana/Guardia/Civil/encuentra/2700/animales/protegidos/disecados/congeladores/elpepuesp/20100409elpepunac_31/Tes

Es sorprendente la variedad de formas que puede tomar la vanidad humana. Y cuando esa enfermedad va de la mano con un egoísmo miope, su potencial destructivo es pavoroso.

Creo que esta colección es un comentario elocuente sobre cómo ven algunos la naturaleza: como una despensa de trofeos que se pueden cazar y exhibir a la mayor gloria de su propio ego... sólo que muertos, resecos y tiesos como estatuas.

¿Es con eso con lo que queremos compartir el planeta? ¿Con una colección de fetiches inertes sacrificados sin otro motivo que darnos gusto y aumentar nuestro status?

Hay algo en las mentes de esas personas que está igual de tieso y sin vida que esos despojos macerados en formol. Lo de fuera es un reflejo de lo de dentro. Uno no quita la vida a otros seres tan gratuitamente si antes no la hubiera matado un poco dentro de sí mismo.

Si llega el momento -y puede que ya esté aquí- en que tengamos que elegir colectivamente entre mantener la diversidad de formas de vida o mantener el abanico (casi igualmente diverso) de maneras antinaturales de satisfacer nuestras falsas necesidades y caprichos... ¿seremos capaces de elegir sabiamente?

miércoles, 7 de abril de 2010

Derechos animales... ¿deberes animales?

En nuestro trato con los animales de compañía y las plantas está la primera línea del frente en el conflicto entre la naturaleza y la mente desnaturalizada del ser humano.

¿En qué nos diferenciamos los homínidos autoproclamados “civilizados” de otros animales? En teoría, en que nos hemos elevado por encima de la despiadada lucha que establece la pura supervivencia del más fuerte. Nos hemos dado leyes y normas, un contrato social que regula los conflictos entre unos y otros sin recurrir a la violencia abierta (hay otras formas de violencia que nos resultan más aceptables).


[Esto, por cierto, me recuerda al chiste de los dos vascos que discuten acaloradamente hasta que uno de ellos, en un acceso de lucidez, se para y le dice al otro: “Pero, ¿para qué vamos a discutir, si podemos arreglarlo a hostias?”].


Volviendo al asunto, algunas personas biempensantes han extendido esa iniciativa legisladora al reino animal y han elaborado un catálogo de “derechos de los animales”. Al leerlos, me parece que se trata más bien de derechos animales en su relación con los humanos, porque entre animales muchos de ellos no se aplican; es decir, más que derechos de los animales propiamente dichos, estamos ante una presentación indirecta de deberes ideales que ojalá los humanos aceptaran en su relación con los animales.


Todo eso tiene buenas intenciones, sin duda, y quizá hasta haya mejorado las condiciones de vida de algunos animales. El problema es que cuando metemos la mente de por medio, sin tocar la esencia de las cosas, tienden a producirse situaciones mostrencas. Nos conformamos con medias verdades y anteponemos nuestra comodidad a llegar al fondo de las cosas, cosa que podría acarrear grandes cambios en nuestra vida individual y colectiva.


Recuerdo un documental que vi recientemente en el que una manada de hienas daba caza a un ñú. Se había rodado en una región de África donde las hienas compiten con los leones por sus presas y muchas veces tienen que retirarse después de haberlas abatido si ven que esos grandes felinos aparecen para disputársela. En ese juego, pues, no hay tiempo que perder: una vez se caza, hay que devorar a toda prisa. Desgraciadamente para el ñu, las hienas no tienen unas mandíbulas suficientemente grandes ni poderosas para matarlo al instante, como hacen los leones. En este caso, el resultado fue que las hienas empezaron a devorar a su presa cuando aún estaba viva.


¿Qué hizo el ñu? ¿Levantar la voz y protestar “¡Eh, que estáis violando mis derechos!”...?


No. Simplemente luchó lo que pudo para sobrevivir, con toda la dignidad de los animales ante la muerte, y sin rastro de pánico, miedo u odio en su mirada. Sucumbió con ecuanimidad total.


Este ñu reivindicativo es una caricatura, por supuesto, pero sirve para sacar a la luz algunos absurdos del afán legislador.


Convencionalmente, los humanos atribuimos y concedemos derechos sólo en la medida en que van unidos a deberes: son las dos caras de una misma moneda.


Si alguien ha sentido la necesidad de formular derechos para los animales... ¿cuáles son los deberes tácitos que atribuimos a los que hemos tomado bajo nuestro cuidado? Vamos a ver si este ejercicio teórico arroja alguna luz sobre el precio que les imponemos por convivir con nosotros.


Si un alienígena observara cómo son nuestras relaciones habituales con nuestros animales de compañía, podría deducir que se rigen según los siguientes “deberes de los animales”:


1) El animal de compañía tiene el deber de renunciar a su hábitat natural y amoldarse al espacio vital de su dueño.


2) El animal de compañía tiene el deber de renunciar a su instinto natural de buscar y conseguir su propia comida en el entorno que le corresponde. Al contrario, debe confiar únicamente en la buena memoria y el buen criterio de su dueño, que le ofrecerá los alimentos que juzgue más adecuados en cada circunstancia (¡si se acuerda!).


3) El animal de compañía tiene el deber de subordinar sus impulsos reproductivos a los intereses de su dueño, y aceptar la castración o vaciado cuando éstos así lo determinen.


4) El animal de compañía tiene el deber de renunciar a la manada natural con otros de su especie a cambio de integrarse como miembro subordinado en una familia humana (que puede ser “monoparental”).


5) El animal de compañía (entiéndase “perro”, pero no limitado a él) tiene el deber de supeditar sus necesidades de defecación al horario que más le convenga al dueño, sin posibilidad de saber por adelantado cuál será ni derecho a salidas regulares al efecto.


6) El animal de compañía tiene el deber de renunciar a su instinto natural de curiosidad y exploración, evitando escaparse o entregarse a conductas que profanen de cualquier modo la santidad de las posesiones, el hogar o el jardín de su dueño.


7) El animal de compañía tiene el deber de limitar su instinto natural de juego a aquellos momentos y condiciones que sean del agrado de su dueño, siempre sin menoscabo de sus bienes materiales o intereses.


8) El animal de compañía tiene el deber de aceptar sin protestar ni defenderse cualquier comportamiento imprevisible o desconsiderado por parte de cualquier miembro de la familia, en especial los niños, incluidos juegos, bromas o trato cruel.


9) El animal de compañía tiene el deber de conocer el lenguaje y las convenciones sociales del ser humano a fin de no causarle molestias ni disgustos a su dueño. Debe entender y obedecer al punto, sin cuestionarlas, las órdenes que se le den y debe respetar la propiedad privada de su dueño, ajustando su conducta lo más posible a la del humano que le da sustento y cobijo.


10) El animal de compañía tiene el deber de entender las necesidades y/o carencias emocionales y afectivas de su dueño, aceptar cualquier capricho que éste le imponga por contrario que sea a su naturaleza, y modular su comportamiento de modo que cumpla a la perfección la misión de compañía/consuelo para la que se le ha adquirido.


11) El incumplimiento de cualquiera de estos deberes puede ser castigado con el abandono o el sacrificio.


Probablemente la mayoría de nosotros no creamos en los alienígenas. Sin embargo, ¿cuántos estaríamos dispuestos a jurar que las observaciones de nuestro hipotético hombrecillo verde son igualmente ficticias?

martes, 6 de abril de 2010

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

¿Por qué escribo sobre los animales de compañía? Porque desde pequeño he vivido con ellos y me inspiran cercanía y familiaridad. Y también porque me doy cuenta de algunos errores que he cometido en el pasado al tratarlos de manera poco adecuada para sus intereses naturales.


¿Qué es en realidad un animal de compañía? Es, ante todo, un ser vivo, con todo lo que eso significa; que lo tengamos para hacernos compañía o por otro motivo práctico debería ser secundario. No importa cuál sea su utilidad para nosotros, todo animal tiene una naturaleza que hay que respetar; no es un peluche ni un simple instrumento de nuestro capricho.


Hay algunas normas básicas que procuro mantener respecto de los animales de compañía:


1) No abandonar nunca a un animal que esté a nuestro cuidado


Este mundo que hemos creado entre todos es una trampa para los animales. Es como si nosotros, que en la alegoría bíblica fuimos expulsados del paraíso, hubiéramos vuelto a él como extraños para colonizarlo y urbanizarlo con monstruosos bloques de apartamentos, autopistas, tráfico alocado, ruido, contaminación y peligros por todas partes: un desierto electrificado de ladrillos y asfalto sin vida.


Por otra parte, el trato que solemos dispensar a nuestras mascotas, al menos en las grandes ciudades, las aleja de su propia naturaleza incluso si es bienintencionado, ya que debilita sus recursos propios y las hace dependientes. Si, después de eso, las abandonamos y las echamos al infierno “civilizado” en que hemos convertido nuestro antiguo hábitat común, las estamos dejando doblemente desamparadas.


2) Intentar rescatar a los animales perdidos o abandonados


Si se encuentra un animal perdido o abandonado (lo más frecuente es que sea un perro), ver si podemos ganarnos su confianza para llevarlo al veterinario más cercano. Hay que tener cuidado, porque no todos los perros responden por igual y si se trata de un ejemplar asustado es posible que reaccione de forma agresiva. En España, todos los perros deben llevar por ley un “chip” bajo la piel, cerca de la nuca, con los datos de contacto de su dueño; los veterinarios disponen de aparatos que pueden leer esos chips para avisar que vengan a recogerlo.


3) Mejor adoptar que comprar


Personalmente, yo no compraría nunca un animal. Lo hice una vez en el pasado y creo que fue un error. Hay miles disponibles para adopción en las sociedades protectoras de animales y en las perreras municipales, muchos de ellos camino de la muerte si no aparece alguien que los adopte pronto. En la barra lateral del blog podéis encontrar las direcciones de algunas de estas sociedades; si sabéis de alguna que no figure en la lista y realice una buena labor, que me avise y la incluiré.


En mi experiencia, los perros que no son de raza pura sino mestizos suelen resultar más saludables que los que se han criado intensivamente y de forma endogámica para destacar algunas características apreciadas en el mercado. Además, los perros adoptados a menudo son extraordinariamente fieles a sus dueños adoptivos, como si supieran intuitivamente que los han indultado de una muerte segura.


Tratar bien a los animales no es cuestión de sentir que somos buenas personas. Es algo que debería ser natural para nosotros, porque es parte de nuestro privilegio como seres humanos: cuidar y custodiar la magnífica panoplia de formas de vida que alberga la tierra, procurando su supervivencia siempre que no esté en conflicto con la nuestra. Que no estemos haciendo un gran papel colectivamente no quiere decir que no debamos intentarlo cada uno con todas nuestras fuerzas. En este camino de ayudar a otros seres vivientes, estamos ayudando a nuestra propia humanidad a recobrar su dignidad olvidada.


lunes, 5 de abril de 2010

Volver a tocar a la raíz

De lobos semejantes a los de la foto descienden nuestros perros, desde el San Bernardo hasta el Lhasa Apso: los llamados “mejores amigos del hombre”, con los que llevamos conviviendo unos catorce mil años.


Se podría decir que los perros, igual que otros animales que aceptaron la simbiosis con nosotros, tuvieron relativa buena suerte. En cambio, sus primos, que permanecieron sin domesticar en su ambiente natural, ajenos y a menudo en conflicto con un hombre cada vez más alienado de la naturaleza, han pagado un precio desorbitado por ello: su exterminio casi total.


Con el ser humano y los animales, a veces parece cierta la frase de que “quien no está conmigo está contra mí”. Por mucho que a unos los llamemos civilizados y a otros salvajes, ¿cuál de los dos es en realidad el más feroz y destructivo?


Sin embargo, todos –lobos, humanos y perros, gatos, canarios y peces de colores– vibramos con la misma fuerza de vida mientras compartimos nuestro breve paso por en este planeta. En esa fuente, que es común a nuestras diversas naturalezas, podemos encontrar la clave que nos permita una relación más armoniosa y equilibrada con los animales que hemos puesto bajo nuestro cuidado y con todos los seres vivos de este mundo precioso, amenazado por la insensatez de su mayor depredador.


Es algo que conviene tener presente en nuestro trato con todos los animales, sobre todo los de compañía: ¿hasta qué punto hacemos violencia a su propia naturaleza cuando nos esforzamos por encajarlos en nuestros esquemas de vida moderna?