“Ya solo mide cuatro pisos, pero con su frondosa copa superaba los seis. El cedro del número 66 del Paseo de la Castellana, casi centenario, fue ayer mutilado para, próximamente, ser talado. La Castellana pierde a su abuelo porque “incidía” en la fachada de un edificio”.
Así narraba hoy un diario nacional la destrucción de un árbol venerable en Madrid.
Claro, que no ha sido una decisión gratuita. El cedro “incidía” en un edificio contiguo.
Un incidente así no puede quedar sin castigo.
Por la foto que acompaña a la noticia, parece que sí que era un cedro antiguo, no sé si centenario, pero muy probablemente bastante más antiguo que el edificio que se ha decidido proteger. Pero, curiosamente, era el cedro el que “incidía” en el edificio y no el edificio en el cedro, que ya estaba ahí cuando lo construyeron.
Siempre me parecieron majestuosos los cedros, con esas amplias ramas colgantes que se inclinan hacia el suelo como en gesto de paz y bendición. Y me sorprendía y alegraba que hubiera tantos y tan sanos en una ciudad como Madrid, áspera y agresiva. Pero claro, eso son rarezas mías, propias de alguien que no entiende las “incidencias” de la vida municipal.
Buda decía que todo lo que les hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos. A mí en este caso me parece que se aplica también lo inverso, es decir, que todo lo que les hacemos a los demás nos lo hemos hecho antes a nosotros mismos. ¿Cómo mutilar si no este cedro soberbio por el simple hecho de estar rebosante de salud si uno no ha cercenado antes la raíz de su propia conexión con toda la vida? ¿Quién se podría sentir amenazado por su noble presencia sino alguien secretamente acomplejado por su insultante lozanía? Es como si no nos bastara haber salido del Jardín del Edén; ahora volvemos nuestra destrucción contra todos los seres que se quedaron ahí, como en venganza por no acompañarnos en nuestro extravío.
Creemos que vemos en esta foto la derrota de un árbol pero lo que vemos es la mente humana manchada que no duda en sacrificar la vida natural en aras de su falso bienestar, sin darse cuenta de que al hacerlo estrecha más y más el nudo de la soga que ella misma se ha colocado al cuello.
lunes, 23 de enero de 2012
sábado, 3 de diciembre de 2011
Flores de tierra
Como cada año tras
las lluvias y los primeros fríos del otoño, las setas vuelven a aparecer en Can
Catarí y sus alrededores.
Igual que en otras
ocasiones, lo hacen acompañadas por otro tipo de fenómenos, que brotan con
fuerza bajo nuestros pies cada vez que cae agua del cielo.
Son los
hormigueros, que surgen como flores de tierra en lugares insospechados: flores
sin vida propia, pero señal de que hay vida bajo la superficie, combatiendo a
su manera contra los rigores del clima.
Mirando estas
flores de tierra no puedo dejar de admirar su simetría irregular y orgánica.
Cada grano de tierra o arena que las forma lo ha transportado una hormiga que
no sabía nada ni pensaba nada ni tenía plan maestro alguno más allá de seguir
su impulso natural, sin deseos, sin expectativas, sin desaliento cuando vienen
nuevas lluvias y se llevan por delante lo que tan laboriosamente ha construido.
A pesar
de ello, es evidente que hay una inteligencia ahí, que no tocamos directamente
sino que solo apreciamos por medio de sus consecuencias.
Paradójicamente,
la engañosa ignorancia de las hormigas que construyen el hormiguero produce un
resultado colectivo que armoniza y justifica cada esfuerzo individual
aparentemente ciego. No he
visto ni un hormiguero que pueda considerar feo, ni mejor o peor que otros. Son lo que son: nidos de hormigas
que cumplen su función natural y nada más.
Luego
pienso en nuestras ciudades humanas, diseñadas entre prestigiosos políticos,
financieros, arquitectos, urbanistas, constructores y promotores –cada uno con su
inteligencia, sus títulos y cualificaciones, sus planes miopes o visionarios,
sus razones y excusas– y el resultado final a menudo es un caos cacofónico y
venenoso.
¿Por
qué el resultado colectivo es superior a la suma de las partes en un caso
y tan inferior en otro?
¿Qué es
lo que tienen las hormigas que nosotros no tenemos?
¿Acaso
lo tuvimos en algún momento y lo perdimos?
¿Es
posible recuperarlo?
Todas
estas preguntas me vienen a la mente tras mirar unos simples hormigueros.
Pensándolo
bien, quizá estas flores de tierra no sean tan estériles después de todo si
son capaces de provocar una reflexión que nos ponga en la senda de recuperar
nuestra propia naturaleza, el camino de vuelta a casa –una casa sin lujos ni
pretensiones, pero suficiente para albergar nuestra humanidad recobrada.
lunes, 17 de octubre de 2011
Apolo se apaga
Apolo, el doberman que acogimos hace dos años y medio, se está apagando lentamente por efecto de la misma leishmaniosis que se llevó a Dunkel hace unas semanas apenas. Esta tarde temblaba visiblemente, sin que haya empezado a hacer frío aún.
Hace poco me he dado cuenta de que en casi todo lo que me rodea aquí acepto bastante bien la impermanencia, pero en el caso de Apolo aún siento la punzada del apego.
Enfermo y todo, Apolo sigue manteniendo el mismo porte aristocrático que entre nosotros le ha valido el apodo de “el Príncipe”. Y es que es un animal noble, de aspecto imponente pero naturaleza amable –excepto en la protección de su espacio cuando está tumbado, situación en la que no admite la cercanía de otros perros, a los que advierte con gruñidos y ladridos feroces.
Recuerdo el día que llegó a Can Catarí junto con Lluna. Nos vimos, lo saludé, le hablé con voz tranquila para darle la bienvenida y le hice unas caricias. Pasadas las presentaciones, en un momento me puse de cuclillas a su derecha mientras estaba sentado y le rodeé con el brazo; entonces giró la cabeza inesperadamente y me pegó un lametón en la mejilla. Desde entonces, no me ha vuelto a lamer ni una sola vez, pero nunca en todo este tiempo he tenido la más mínima duda de su lealtad, sellada con ese único gesto.
Recuerdo nuestro primer paseo por la urbanización. Después de llevarlo sujeto con correa por el asfalto, lo solté cuando llegamos al camino del bosque que lleva a Can Catarí Vell. Enseguida salió corriendo, liberando toda su energía contenida, y me entró la duda de si habría hecho bien al dejarlo suelto. Pero a los quince o veinte metros se paró y miró atrás para comprobar que estaba ahí y esperarme. Ya no nos separamos.
Desde entonces hemos dado un sinfín de paseos en los que le he visto corriendo con los ojos brillantes, la boca abierta y la lengua colgando entre los dientes, casi diría que sonriendo: la viva imagen de una felicidad natural que los humanos pocas veces alcanzamos.
Recuerdo también una pelea con Nantú, en la que, después de que fracasara el recurso del manguerazo, me interpuse para separarlos y él dejó de pelear al instante aunque el sharpei le seguía atenazando la cola con sus poderosas fauces. Cuando pude desengancharlo, Apolo se dejó llevar mansamente a la masía, sangrando por la cola.
Pero tampoco era siempre un santo; como todo buen cánido, era un depredador oportunista, lo mismo haciéndose el distraído para dejarse caer hacia la pila del compost que aprovechando una ausencia momentánea para saquear la cocina y robar manzanas, dejando un olor tan fuerte que llenaba todo el cuarto de estar, lo que nos puso sobre la pista hasta darnos cuenta de que había devorado unas seis o siete en cuestión de minutos.
Por todo eso, nunca he podido dejar de sonreír internamente cuando la gente oía que teníamos un doberman y sin haber visto nunca a Apolo me preguntaba: “¡Hala, un doberman! Pero ¿no te dan miedo? Si dicen que se vuelven locos y hasta atacan a sus dueños”.
Presiento que Apolo pronto se reintegrará en la masa total y no diferenciada de energía que entendemos como vacía y en cambio permanente, a partir de la cual la mente fabrica sus ilusiones –en este caso, la ilusión de que una vez existió un doberman llamado Apolo, un humano llamado Jueshan y una separación entre la fuerza vital que los animaba a uno y otro.
Buen viaje, Apolo.
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lunes, 26 de septiembre de 2011
Adiós, Dunkel
Había recibido la noticia a través de una entrada en el blog de Shanjiàn, pero por algún motivo no quise hablar del asunto hasta despedirme en persona de ella.
Así que, cuando llegué aquí el viernes, bajé un momento al lugar donde está enterrada, al lado del almendro, junto a Lluna, y me senté a meditar un rato. Ahora, después de un retiro que ha ocupado el fin de semana, me pongo a recordarla.
Dunkel siempre fue distinta: la más curiosa al principio, luego se volvió reservada al manifestarse los signos de la leishmaniosis, que probablemente había contraído ya en el delta del Ebro. Pero no había ni rastro de resignación; la suya era una aceptación serena de su estado, llena de dignidad.
Mi última interacción con ella ocurrió de noche. Ella solía dormir en el piso de arriba, tumbada en el sofá del descansillo, al otro lado de la cortina de mi habitación. En duermevela, me pareció oír sus pasos repiqueteando sobre las baldosas –con esas uñas largas y curvas que tenía– camino del cuarto contiguo. Pensé que la puerta de la terraza estaría abierta y que podría salir sin problemas.
Pero no. Me di cuenta cuando noté su morro húmedo y frío en mi brazo –un leve toque, nada más. Luego, se fue a la puerta de la terraza de mi habitación y la rascó una vez, quedándose plantada ahí, esperando. No hacía falta más: el mensaje era nítido.
Por supuesto que me levanté para abrirle y dejar que saliera a hacer sus necesidades. Pero lo que más me impresionó fue la economía de gestos y la elegancia con que se condujo, estando como estaba en una fase muy avanzada ya de su enfermedad.
Dunkel actuó como una auténtica maestra budista, en línea con la anécdota del antiguo maestro Chan que se disponía a dar enseñanzas a sus discípulos cuando de repente una golondrina entró volando en la sala y acto seguido salió por donde había venido. El maestro exclamó: “¡Qué maravillosa lección sobre el Dharma! ¿Qué más se podría añadir?”, dicho lo cual bajó del estrado y se marchó, dando la enseñanza por concluida.
Dunkel también ha dado su enseñanza por concluida; para ella no fue un problema. Entonces, ¿cuál es el problema?
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martes, 13 de septiembre de 2011
Se siente como CR9
¿Hay alguna duda de quién sale ganando en este siniestro espectáculo público?
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/siento/Cristiano/Ronaldo/elpepusoc/20110913elpepusoc_2/Tes
Él (su identidad) se siente como Cristiano Ronaldo.
Él se siente como Dios.
Probablemente incluso sea capaz de ir a la iglesia y conmoverse ante el crucifijo que muestra a Jesucristo lanceado en el costado por un intrépido y noble soldado romano.
Y el toro... ¿qué siente?
Yo solo siento ganas de vomitar.
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/siento/Cristiano/Ronaldo/elpepusoc/20110913elpepusoc_2/Tes
Él (su identidad) se siente como Cristiano Ronaldo.
Él se siente como Dios.
Probablemente incluso sea capaz de ir a la iglesia y conmoverse ante el crucifijo que muestra a Jesucristo lanceado en el costado por un intrépido y noble soldado romano.
Y el toro... ¿qué siente?
Yo solo siento ganas de vomitar.
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sábado, 3 de septiembre de 2011
Los otros superhéroes
Cada vez que paseo por mi antiguo barrio me los vuelvo a encontrar, plantados ahí como si nada: olmos y plátanos que brotan con gran empuje desde la tierra y a menudo levantan con sus raíces los adoquines de la acera.
Cuanto más pasa el tiempo, más crecen y más destrozan. Son como un terremoto que ocurre a pequeña escala y en cámara lenta. Hacen que pasear sea un poco más incómodo, pero admito que me da bastante alegría verlos tan sanos e insumisos. Dan esperanza en que la naturaleza triunfa al fin de cuentas.
Los estropicios que crean en las calles me recuerdan a las transformaciones de los superhéroes de cómic –sobre todo a Hulk, aquí más conocido como “la Masa”, vestido con ropas normales que reventaba y dejaba hechas jirones en cuanto se transformaba en un titán de fuerza bruta descomunal.
De hecho, me pregunto si el impulso primigenio que despliegan estos árboles no fue lo que sirvió de inspiración en su día a los dibujantes, porque comunican en silencio el mismo sentido de potencia interior que primero cuartea y luego hace saltar en pedazos la camisa de fuerza que la constriñe.
Ellos no tienen a nadie que cante sus hazañas, aunque también se enfrentan a diario a los atropellos de una sociedad injusta. Pero no importa: ellos viven en unidad con toda la vida y no piden nada más. De ahí nace su enorme fortaleza.
La próxima vez que vayas por la acera y te tropieces en uno de los baches que provocan las raíces de los árboles, párate y pregunta quién tiene la “culpa”: ¿el árbol que solo sigue su propia naturaleza allí donde lo han plantado o el ayuntamiento, que se empeña en laminar su crecimiento natural con un mísero alcorque y un montón de adoquines, bordillos, alquitrán y cemento?
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lunes, 6 de junio de 2011
Nada mejor que hacer
La mata de salvia lleva unas semanas en flor delante de la masía. Cada tallo alza unas flores moradas hacia el cielo, como si esperara visita.
Y la visita no tarda en llegar, y vuelve una y otra vez, como si se sintiera naturalmente bienvenida: docenas de abejas revolotean sobre la mata y pululan de flor en flor día tras día.
Una vez ahí, se toman todo el tiempo del mundo para realizar su tarea. Literalmente, no tienen nada mejor que hacer, y eso se nota.
Viendo el ballet aéreo de estas abejas, me doy cuenta de que no hay colisiones ni conflictos entre ellas... igualito que nuestro tráfico rodado y su esquivo arte del aparcamiento urbano.
Al mirarlas con un poco más de atención, me doy cuenta de que ninguna sigue un orden regular o sistemático: aterrizan en una flor, entran en ella y recolectan el polen o vuelven a ponerse en marcha, pero muy a menudo saltándose las flores más cercanas. ¿Será que son capaces de detectar sin posarse en ellas cuáles están vacías y cuáles no? Yo desde luego no puedo. Sin embargo, también veo que ni una flor se queda sin visitar y cosechar.
Vistas una a una, las abejas parecen algo caóticas, pero en conjunto juraría que hacen un trabajo impecable... tan impecable como la salvia y todas las demás plantas y animales que viven libres en la naturaleza.
¿Por qué somos nosotros los únicos “pecables”?
lunes, 25 de abril de 2011
Doble fertilización
Estoy en la ciudad, en casa de mi madre, y abro las ventanas para que se ventile la habitación. Poco a poco, traídas por la brisa de primavera, van entrando algunas semillas (o sámaras) de los olmos que jalonan las aceras y se depositan en el suelo.
Me acuerdo entonces de Can Catarí y las nubes de polen, tan densas que parecían humo, que salían entre los pinos al soplar el aire.
Es primavera y las plantas han retomado su ciclo reproductivo, con independencia del destino de sus semillas, ya sea la tierra húmeda del pinar en la cordillera o la barrera infranqueable de asfalto, adoquines y cemento que los humanos extendemos como una alfombra allá donde nos asentamos y que interrumpe el ciclo vital de los olmos.
Todo este baile de semillas que flotan por los aires me hace sentirme extrañamente unido con la vida, y a la vez aleccionado por estos seres sintientes hermanos que no necesitan ningún premio o recompensa para seguir haciendo lo que les es propio y natural, sin alborozarse cuando hay frutos aparentemente buenos ni derrumbarse cuando no los hay.
Ellos tienen una especie de ecuanimidad y tesón naturales. Nosotros tenemos que ganárnoslo, pero, eso sí, trabajando con desapego hacia el fruto de nuestras acciones, igual que los pinos, los olmos, y tantos y tantos seres vivos que a veces parece como si estuvieran aquí para ser nuestros mejores y más fieles maestros.
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martes, 12 de abril de 2011
Mushotoku
He terminado de trabajar con cemento hace un rato cuando me he dado cuenta de una cosa: ahí, subido en una escalera, ocupado en algo que no es para mí y que igual no va a ser apreciado o ni siquiera usado por sus destinatarios finales (que son unos perros muy majos pero despreocupados), es cuando más cerca he estado últimamente de la propia naturaleza.
No es así solo porque estuviera al aire libre, soleándome bajo el cielo azul, rodeado del zumbido de las abejas y los cantos de los ruiseñores… Es porque en esa condición estaba más en sintonía que nunca con esos insectos y aves, con esos árboles y flores… simplemente, porque durante un rato he estado sin identidad –o casi.
Es curioso, pero parece que solo consigo desprenderme de esa identidad cuando hago las cosas con ese espíritu que en japonés se llama mushotoku –sin ánimo de lucro (esta expresión es una de las pocas cosas que me han quedado de mi paso por el Zen).
Por ahora prácticamente todo lo que hago –desde ir al baño hasta dormir– sigue impregnado de esa peste; no creo que haya una sola acción o pensamiento diario donde me libere del todo de esa carga. Solo en el trabajo desinteresado en beneficio de otros encuentro ese espacio vacío y generoso donde puede respirar la no-identidad. Es un truco, sí, pero funciona por ahora y apunta en una dirección interesante.
Los animales, en cambio, son superiores, porque ellos sí son capaces de recolectar polen, por ejemplo, y hacerlo sin egoísmo de la identidad… o de cantar para aparearse solo con la propia naturaleza, sin interferencias de un “yo, mí, me, conmigo” que planea y calcula los beneficios que va a obtener.
A veces parece que la distancia que me separa de ellos es infinita... y a veces, parece que casi los puedo tocar con la punta de los dedos... siempre que no sean “mis dedos”.
Si todo esto parece complicado, las reclamaciones, por favor, a Adán y Eva. ¡En vaya lío nos metieron...!
miércoles, 23 de febrero de 2011
Lección con plumas
Iba en coche por las carreteras del Montmell, sorprendido por el contraste entre una vida cercana que se nos iba apagando y los almendros que empezaban a ponerse en flor por todas partes, radiantes al sol de la mañana, ajenos a todo lo demás.
De repente (como ocurre con las prácticas de la clara comprensión), desde la cuneta derecha algo salió disparado hacia el coche y chocó contra el retrovisor. Sonó un impacto y solo me dio tiempo de ver por el espejo cómo un pájaro oscuro daba una voltereta exánime en el aire y caía desplomado sobre la calzada, ya a mi espalda.
Iba con prisa para coger el tren, así que no me detuve para ver si seguía vivo. Pensando en lo fácilmente que se desnucan los pájaros contra los cristales de las ventanas, que están fijos, sus probabilidades de sobrevivir al choque contra un objeto en movimiento serían muy bajas.
Qué paradoja… Reflexionando sobre la vida y la muerte, voy y mato sin querer a un ser vivo. Por mucho que fuese involuntario, está claro que si no hubiese pasado por ahí con ese invento útil pero infernal que es el automóvil, ese pájaro aún podría seguir con vida según los ritmos naturales.
Ese pájaro desconocido me acompaña desde entonces… no para flagelar mi conciencia, sino para tener bien presente la huella que dejan mis acciones en este mundo y preguntarme por mi motivación en todo lo que hago.
¿Cuánto de lo que hago merece la vida de otro ser sintiente?
Ahora que ya estoy en el destino al que me dirigía en ese viaje, es un buen recordatorio para dedicar el tiempo a cosas sanas y útiles y no desperdiciar la lección de lo interconectadas que están nuestras vidas y muertes con las de todos los demás seres que pueblan este planeta tan ancho, ajeno y misterioso.
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viernes, 4 de febrero de 2011
Cerrar el círculo
A veces, al pasar de una habitación a otra en la masía ahora en invierno, me encuentro con los cuerpos inertes de insectos que no han resistido el frío o simplemente han agotado su existencia –moscas, polillas, alguna avispa que otra…
Hay cierto choque cuando ves la muerte de cerca, incluso en formas tan aparentemente insignificantes para nosotros como estas; es como darte de bruces con una pared. Los pequeños cuerpos siguen intactos, con sus alas y patitas plegadas quizá, pero lo más importante falta. Y no parece que haya vuelta de hoja.
Algo me dice, en un nivel no verbal, que eso que falta en estos pequeños cadáveres no era diferente de lo que vive y se desarrolla en mí y a la vez me anima a mirar más profundo, porque ahí no se acaba la historia.
Con cuidado barro sus restos y los echo por la terraza hacia los olivos para que sirvan de alimento a otras vidas, a otras plantas y animales que siguen en la rueda de la existencia.
Así pues, sin quererlo pero sin hacer nada para evitarlo tampoco, estos insectos han pasado a ser uno con el mundo polvoriento, como dice el Daodejing. Irónicamente, su último vuelo lo hacen ya sin vida pero llevando a otros seres la posibilidad de seguir viviendo.
Polvo al polvo, sí, pero también vida a la vida. Así el círculo está completo.
martes, 1 de febrero de 2011
Montaña vacía
Recupero para el blog un texto de 1996 del escultor Eduardo Chillida sobre un proyecto suyo que nunca se llevó a cabo:
Hace años tuve una intuición que, sinceramente, creí utópica. Dentro de una montaña, crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia.
Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad. La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada. El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente...
El apoyo dado por el Gobierno de Canarias a la idea escultórica reforzó mi ilusión. Creí que la obra no suscitaría controversia en el pueblo canario, al que pensé donar la escultura y mi trabajo en ella. Pero he comprobado que el proyecto escultórico despierta en muchos resquemores y suspicacias imprevistos, una oposición difícil de evaluar ahora en su verdadera importancia, pero suficiente para mermar mi entusiasmo hasta desistir de la realización de la obra. Sin embargo, creo que sería muy positivo mostrar al pueblo canario y al mundo en una exposición de maquetas y dibujos lo que se pretendía hacer en Tindaya.
La escultura está concebida como un monumento a la tolerancia y es una obra para el pueblo canario. No deseo, pues, que sirva como elemento de división, y menos aún como piedra de escándalo arrojada en luchas políticas, que no comprendo y en las que no deseo verme envuelto.
Solo me interesa el debate artístico, que, lamentablemente, no se ha producido. No he oído ni leído ninguna crítica desfavorable de la escultura que haya sido realizada por alguien que verdaderamente conozca el proyecto. Pero sé que algunas personas que lo desconocen han afirmado que la obra destrozaría la montaña, cuando mi obra lo que quería era salvarla.
Quizá la utopía no pueda ser nunca realidad. Quizá otros lo consigan en otro lugar. O quizá la escultura, ese espacio amplio y profundo, accesible a la luz del Sol y de la Luna, lugar de encuentro de los hombres, pueda llegar al corazón de la montaña sagrada de Tindaya.
¿Por qué lo traigo a colación aquí, en un blog budista? No porque ahora parezca cobrar fuerza la posibilidad de reemprender el proyecto; es más bien porque la idea-semilla que lo inspiró, el vaciamiento interno, guarda una asombrosa semejanza con el camino del Dharma.
A partir de ahora, a quien me pregunte a qué **** nos dedicamos en el Dharma, le contestaré con otra pregunta: “¿Conoces el proyecto de Chillida en Tindaya? Pues eso”.
Así es, con una diferencia importante: que, en nuestra práctica, somos cada uno de nosotros los que nos vaciamos. En cierto sentido, cada uno es una montaña que se va excavando a sí misma para liberar un espacio interior.
¿Y de qué nos vaciamos? Primero, de piedras sueltas –esto es, las identidades, esos complejos de impulsos subliminales que han estado parasitando desde que nacimos nuestros procesos viscerales, emocionales y mentales, mediante los que nos relacionamos con el mundo y con los demás. Hay que sacar todos esos trastos viejos y ese equipaje radioactivo. Luego, nos ocupamos de la roca más firme y recalcitrante: la creencia subconsciente en la realidad separada y permanente de todas las cosas que los budistas llaman ignorancia (avidya) y nosotros, dualidad.
Nuestras herramientas para ese trabajo de minería interna son las enseñanzas, la meditación y la observación aplicada en el día a día. No es fácil, pero es fascinante a su manera.
Igual que en Tindaya, si conseguimos “excavarnos” a nosotros mismos, crearemos en nosotros un espacio libre y liberador donde acoger limpiamente y sin distorsiones al mundo y a los demás. Así, en virtud de nuestro vaciamiento, ese espacio podría ser una auténtica casa para todos, desde el más humilde hasta el más poderoso en apariencia… un lugar donde todos puedan sentirse bienvenidos por igual y reconciliarse con su dimensión humana común. ¡Qué bien se estaría ahí!
Pero hay más, porque esta conexión con el concepto de espacio compartido nos lleva, dando un rodeo inesperado, a la antigua China. Hay un vínculo muy interesante entre estas ideas de Chillida y el idioma chino –un ejemplo quizá del tipo de encuentro intuitivo, aunque virtual, que él quería ofrecer a sus hermanos humanos.
Me pregunto si Chillida tenía conocimiento del carácter chino 宅, zhái, “residencia”, que muestra paralelismos insospechados con su proyecto de Tindaya.
Para empezar, según el estilo caligráfico que se use para escribirlo, zhái puede recordar algunos grabados del artista vasco, como en el segundo de estos ejemplos:
Aunque no hay consenso sobre su etimología, parece que el carácter zhái se compone a su vez de los caracteres “tejado” y “brote”. Es una hermosa interpretación del concepto de hogar: un tejado bajo el que se pueden echar raíces y crecer hacia la luz.
El espacio de Tindaya estaría abierto a la luz del Sol y de la Luna, símbolos ancestrales de los principios masculino y femenino que operan en la naturaleza humana liberada. Por otra parte, en el Dao, esos principios masculino y femenino se simbolizan con el Cielo y la Tierra. Así pues, la Tierra en la que hunde sus raíces la planta de 宅, zhái, y el Cielo hacia el que se eleva son esos mismos Sol y Luna cuya luz Chillida quería que iluminara su hueco dentro de la montaña: El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente... La montaña vacía de Tindaya sería por tanto una casa donde la naturaleza humana podría crecer y unificar los principios masculino y femenino, en unidad con todo lo que existe.
Pero es que además hay otros sentidos de zhái encajan perfectamente con la intención de Chillida de crear un “lugar de encuentro de los hombres”: además de “residencia”, zhái significa “vivienda”, “casa”… y “tumba”.
¿Tumba…? ¡Pues claro! Volviendo al Dharma, para ser una residencia abierta a todos, uno primero tiene que convertirse en tumba de las identidades y la dualidad. Hay que hacerle sitio al mundo y desprenderse de lo viejo que estorba antes de abrirse a lo nuevo.
Además, este mismo carácter 宅 aparece en 缀宅, zhuì zhè, que denota el cuerpo humano en sentido físico. Y, como dijo el Buda, “dentro de este cuerpo mismo, mortal como es y de apenas seis pies de largo, os declaro que están el mundo y el origen del mundo, la cesación del mundo y asimismo el camino que lleva a su cesación”. Hay liberación (o vaciamiento) porque hay cuerpo; y por esa misma razón hay encuentro con los demás.
Al final, se haga o no el proyecto de Tindaya según lo soñó Chillida, personalmente lo adopto como otra guía más en el camino del Dharma. Suena raro, y quizá mental, pero desde hoy aspiro a ser una Tindaya ambulante. Y animo a todos, Shanes y demás, a convertirnos en montañas huecas para crear una gran cordillera de la verdadera naturaleza humana recuperada –un espacio abierto, libre e imparcial donde respire sin trabas este magnífico mundo de ilusiones y toda la vida que contiene.
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sábado, 22 de enero de 2011
Invierno con esperanza
Esta época de invierno se está desenvolviendo entre noticias poco alentadoras para mi madre: uno de sus amigos que agoniza en el hospital con fallo multiorgánico, otro que se va apagando lentamente mientras va perdiendo facultades mentales por un tumor cerebral, los demás aguantando como pueden entre diversos achaques. Parece un proceso largo, lento y difícil el ir diciendo adiós a la vida, primero en los que te han acompañado en tu camino, luego en ti mismo…
Por otra parte, ayer recibimos la noticia de que el jardinero de mi madre había perdido a su nieto por lo que parece ser una muerte súbita del lactante (crib death), a pesar de que tenía casi tres años. Al día siguiente, el otro abuelo, que ya estaba delicado de salud, también murió. Al bueno de Macario, que es hombre de pocas palabras, se le llenaban los ojos de lágrimas cuando nos contaba lo que le había pasado a su familia en dos días.
No hay como notar la cercanía de la muerte para apreciar la vida, aunque a menudo eso no es más que un acto reflejo lleno de miedo a lo desconocido y apego a lo conocido (por malo que parezca) y tiende a olvidarse rápidamente, en cuanto la identidad ve posibilidades de ganar algo en algún otro frente.
Lo que me llama la atención aquí es lo difícil que parece morir en muchos casos o, lo que es lo mismo, la tenacidad de la vida: cómo se agarra a cualquier “plataforma” que tenga a mano para mantenerse, cómo renuncia a tirar la toalla mientras tenga dónde apoyarse, cómo sigue adelante, sin cálculo ni desaliento, incluso en cuerpos/mentes castigados por décadas de excesos y descuido. No parece tener en cuenta ninguna de esas consideraciones tan socorridas que nos solemos ofrecer unos a otros ante la muerte de un ser querido: “Bueno, por fin ha dejado de sufrir”… “Mira, al menos en sus hijos/nietos la vida sigue adelante”… La fuerza de la vida no especula con las circunstancias del entorno; simplemente sigue adelante, con la misma “lógica” que le lleva a mantenerse en un cuerpo de más de ochenta años, deteriorado por la edad, el tabaco, el alcohol, la obesidad… o a abandonar el cuerpo aparentemente sano y lleno de potencial de un niño de tres años.
Probablemente hay cosas que nunca se pueden entender del todo. Pero estas vidas humanas que se están apagando alrededor de mí como hojas secas que el viento arranca de los árboles me hacen preguntarme si estoy haciendo todo lo posible por acercarme a la fuerza de la vida, integrarme en su pulso y dejar que esa palpitación conteste todas las dudas sobre la vida y la muerte, en beneficio de todos los seres.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Un destello familiar
Caminaba por la calle, hablando por el móvil, cuando de repente me adelantaron dos mujeres que paseaban a una perra con una correa.
La perra, una especie de pastor alemán de color pardo, pasó junto a mí. En ese momento pisé, levanté el pie y algo se movió debajo de mi bota. La perra giró levemente la cabeza para fijarse en lo que había ahí –un cartón de color que parecía una seta aplastada– y luego siguió su camino sin detenerse ni mirar hacia atrás.
Solo en ese gesto de mirar y desechar noté una cercanía con esa perra que me hizo sonreír, como si me hubiera mostrado sin querer lo que explican las enseñanzas –en este caso, la clara comprensión en acción, como un fogonazo que se va tan rápido como viene. Limpio. Sin residuos. Abierto a lo siguiente que provoque su reacción.
Para mí es indudable que en nuestras ciudades, y a pesar de las locuras de sus amos, estos animales aportan con su conducta el ejemplo más cercano al Dharma en acción.
Algunos conocidos míos se sorprenden o incluso se molestan conmigo cuando insisto, a veces con ánimo de sacarlos de su complacencia aunque sea escandalizando, en que son seres superiores.
Aquí, en la jungla de asfalto, son maestros involuntarios del Dharma. Y sin decir una sola palabra de más.
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sábado, 11 de diciembre de 2010
Un refugio para Aire
Esta semana he recuperado algo que no sentía desde niño. Ha sido algo mágico, como recibir una visita de un amigo querido de la infancia cuya pista había perdido hace tiempo y comprobar que nuestra sintonía sigue intacta, como si no hubiese pasado el tiempo. Shanjiàn me ha sugerido que lo escriba en el blog y aquí está.
La “chispa” que lo provocó fue la caseta que construimos para Aire en la terraza que da al castell de Marmellar. Shanjiàn y yo habíamos hecho una especie de iglú para ella con bovedillas prefabricadas de hormigón: buena protección contra el viento y, con suerte, también contra la lluvia, pero casi nula contra el frío, que ahora ya empieza a notarse, sobre todo por la noche.
Sin deliberación por mi parte, el caso es que desde hace semanas me había estado rondando la cabeza la idea de acondicionar esta caseta para el invierno. Finalmente el viernes pasado, tras llevar a Shanjiàn y Sellva a Vilafranca, pasé por la ferretería y compré los materiales (planchas de poliespán aislante, tachas para sujetarlas a la pared, espuma fijadora y mortero) y el sábado me puse manos a la obra.
Como es habitual, una chapuza que parecía cuestión de un rato se acabó convirtiendo en un trabajo de varias horas, repartidas entre varios días; hoy le he dado la que creo que es la última capa de mortero. Pero no había disfrutado tanto en muchísimo tiempo, así que doy el esfuerzo por bien empleado incluso si Aire se niega a entrar nunca más en su nuevo búnker o si por cualquier otro motivo no llega a tener el uso que quise darle –y confieso que en algún momento incluso me puse en la piel de Milarepa, obligado por su maestro Marpa a erigir y derribar una y otra vez la misma estupa como antídoto frustrante para machacar su fuerte identidad. Por suerte, eso no ha ocurrido en mi caso (o al menos aún no); pero, pase lo que pase de ahora en adelante, puedo decir que la tarea ha sido su propia recompensa.
Mirando hacia atrás, me pregunto qué fue lo que suscitó ese sentimiento. Creo que había parte de exploración creativa, parte de afrontar y superar los pequeños problemas que se iban presentando en el proyecto, y parte de estar haciendo algo para otros y no para mí. En ese sentido, Aire en realidad no es sólo una pinscher alemana; es todos los perros y todos los seres vivos.
Se me ocurre ahora que la mejor descripción de la experiencia es que era de una gratuidad total –un individuo vestido estrafalariamente, ensimismado e integrado en su tarea en la terraza de una masía perdida en el monte en medio de ninguna parte, absolutamente feliz con esa aparente nimiedad y ajeno a todo lo demás mientras el mundo seguía dando vueltas al ritmo de su propia locura. Absurdo, sí, puede ser… pero también insuperable a su manera.
Creo que no me he sentido así desde que era un crío… Me recuerda a mis primeros paseos en bici, cuando sentía una libertad total y sólo deseaba que la tarde no acabara nunca para poder seguir montando y montando con mis amigos… sin rumbo ni propósito, sólo por el puro placer de montar… Ah, ¡qué hermosa era la vida entonces!… Ahora veo cuánto me he alejado de ella sin darme cuenta… De niño, sin ser nadie ni poseer nada, era el rey del mundo… hasta que lo cambié por un sucio plato de lentejas y me convertí en “alguien”, como esperaban de mí familia y sociedad.
Quién sabe si al reformar esta caseta como refugio para Aire no he encontrado de paso y sin ni siquiera sospecharlo una vía para reconectar con mi propia naturaleza y ponerla al abrigo de las inclemencias de las identidades, donde la he tenido malviviendo todos estos años; ésa es desde luego mi esperanza. Sería además una hermosa confirmación de que, como dijo Buda, “todo lo que les hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos”.
martes, 7 de diciembre de 2010
La hermandad del molusco
La velada pianística de hace una semana sigue dándome material para reflexionar. Hoy acabo de recordar algo que me chocó entonces y que había olvidado.
Este mediodía, mientras llevaba una carretilla llena de arena al templo Chan, donde Shanjiàn y yo estamos levantando unos pilares para apoyar las vigas que han de reforzar el techo, pasé por delante de donde está enterrada Mamba. Es un pedazo de tierra entre rosales, que hemos cubierto con piedras grandes para que ningún animal escarbe ahí. Alguien, no sé quién, ha colocado sobre las piedras unas conchas marinas. Podrían parecer incongruentes en ese entorno, pero para mí funcionan porque suponen un homenaje silencioso a la fuerza de la vida, cuya inteligencia es evidente en sus formas orgánicas, algo irregulares pero siempre armoniosas.
También en la velada del otro día me fijé en una colección de conchas marinas que la anfitriona tenía desplegadas en la parte inferior de una doble mesa de cristal. Entonces, mientras escuchaba la música que hacían por turnos mis colegas pianistas, me recordaron la forma de la oreja humana, que también es curva y con volutas, como una caracola. “Gracias a esas formas oímos mejor los sonidos y los silencios del mundo”, pensé; “en cambio, estas caracolas ya no sienten la música ni el mar, porque no son más que los restos huecos de vidas pasadas”.
Sin embargo, a pesar de la inmensa distancia entre nuestras vidas aparentes –unas, transcurridas hace quién sabe cuánto tiempo en el fondo del mar; la mía, aquí y ahora en la superficie de la tierra– era evidente que ambas están conectadas por una misma fuerza, que crea, experimenta y emplea sus hallazgos en las combinaciones más gloriosamente inverosímiles, sin encomendarse a dios ni al diablo. Gracias a que la fuerza de la vida había generado esas formas hace millones de años, nosotros, hijos de la misma fuerza, podíamos llenarnos los oídos ahora con una música que, en el fondo, no habla de otra cosa más que de la asombrosa unidad de toda la vida en este planeta.
Por momentos me sentí transportado a lomos de una fuerza impresionante, primaria y arcaica pero en último término benevolente.
¿Cómo podría ser vivir a cada instante con esa fuerza creativa que generó las formas geométricas de los moluscos, que inspiró la música que tocamos y que es capaz de darse cuenta de la unidad de toda la vida?
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Una visita inesperada
El otro día recibí una visita inesperada en mi habitación de Can Catarí. Sentado al ordenador, de repente un movimiento en la ventana de la puerta que da a la terraza captó mi atención.
Un pájaro, quizá fuese un petirrojo, se había asomado a la puerta, que está algo retranqueada respecto de la pared exterior, y ahora me miraba directamente a través del cristal.
Lo extraordinario fue que durante unos instantes el pájaro se mantuvo absolutamente quieto, suspendido en el aire mientras batía las alas a gran velocidad, como si fuese un colibrí o una libélula.
Sólo después se me ocurrió la idea de que estaba evaluando el hueco de la puerta por si pudiera ser un buen sitio para construir su nido. En ese momento –que duró poco, aunque mientras duró parecía que el tiempo se detenía, y mi respiración con él, suspendidos ambos igual que nuestro visitante– sólo había un prodigio aleteando que miraba hacia dentro, una clara comprensión sin “yo” que miraba entre atónita y maravillada hacia fuera y una sorpresa compartida por ave y humano ante la cercanía momentánea de dos mundos habitualmente separados.
Luego el petirrojo se marchó tan rápido como había venido y yo me quedé otra vez sumido en el océano de los pensamientos y las palabras… pero con el aroma de algo más libre que no necesita de herramientas tan torpes para levantar el vuelo.
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lunes, 29 de noviembre de 2010
Reflexiones otoñales
Hace un rato he mirado por la ventana justo cuando una ráfaga de viento acababa de arrancar un montón de hojas amarillas de las ramas los olmos. A la luz de la mañana, parecían una lluvia de oro que caía lentamente sobre el asfalto, girando sobre sí mismas.
A veces, como ahora, me vienen a la mente esos relatos de personas que han estado en trance de morir y han sobrevivido. Muchos de ellos cuentan que en fracciones de segundo vieron pasar toda su vida por delante de sus ojos, como si fuese una película que revisaba sus momentos más importantes. Y lo que encuentro tan sugerente es que la mente consciente no es a todas luces quien decide cuáles eran esos momentos –se diría que es otra fuente, desconocida y no personal, la que genera la experiencia y determina qué entra y qué se queda fuera de su “repetición de las jugadas más interesantes”.
Qué paradoja: nos creemos autores y protagonistas de nuestra vida, solo para descubrir al final que es una película con guión y dirección ajenas a nuestra conciencia y control y con un “sentido”, por llamarlo de alguna manera, que se nos había escapado.
¿Es posible entonces que esté viviendo la vida equivocadamente, dándole valor a lo que no lo tiene y descuidando lo que realmente importa? A la luz de estas experiencias, parece claro que no sólo es posible sino probable –a menos que tome cartas en el asunto.
De hecho, cuando las hojas salieron volando por los aires estaba rememorando un episodio reciente en el que no mantuve el “flotador” de las cinco conciencias y me dejé arrastrar por la corriente hasta acabar en un lugar (mental) que tampoco es que fuera horrible, sino simplemente nada interesante: ya lo conozco hace tiempo y no alimenta a la fuerza de la vida. Es estéril a efectos del Dharma natural.
Y ahora me pregunto si esas hojas que ahora se desprenden no son como mis ideas y mis palabras de ayer, y como todo lo que antes consideraba tan mío, tan “yo”: evidentes, inmediatas, aparentemente firmes y fiables, y hoy… yertas y arrastradas por el viento, mientras la vida del árbol, lo que de verdad importa, se mantiene retirada en ramas y tronco, pero sobre todo en las raíces, ocultas en la oscuridad de la madre tierra y ajenas a todo ese ruido.
Sin querer, de mi memoria surgieron dos pasajes de los Evangelios cristianos para aportar una conclusión a mis reflexiones:
Ningún árbol bueno da fruto malo; tampoco da buen fruto el árbol malo. A cada árbol se le reconoce por su propio fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca (Lucas 6:43-45).
Y también:
No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan: porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón (Mateo 6:21).
Ahí es donde voy a poner mi tesoro, en las raíces desconocidas de la fuerza de la vida. Lo demás son hojas muertas que barre el viento.
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martes, 23 de noviembre de 2010
El albatros
Suelen, por divertirse, los mozos marineros
cazar albatros, grandes pájaros de los mares
que siguen lentamente, indolentes viajeros,
el barco, que navega sobre abismos y azares.
príncipes del azul, torpes y avergonzados,
el ala grande y blanca aflojan como muerta
y la dejan, cual remos, caer a sus costados.
¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!
Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!
Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,
otro imita, renqueando, del inválido el vuelo.
El poeta es igual... Allá arriba, en la altura,
¡qué importan flechas, rayos, tempestad desatada!
Desterrado en el mundo, concluyó la aventura:
¡sus alas de gigante no le sirven de nada!
Parece una fábula sobre la propia naturaleza, sometida y en manos de las identidades en el samsara... pero es un poema de Baudelaire... ¿o era al revés?
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miércoles, 17 de noviembre de 2010
Asombro mutante
El otro día tuve por casualidad un atisbo del “armónico”, por llamarlo de alguna manera, que hay en la experiencia de alegría y asombro ante la naturaleza.
En busca de unos trozos de viga entro en el patio interior que hay en Can Catarí Vell, entre la casa y el corral de los perros –una zona que hacía tiempo que no pisaba. Y ahí, de sopetón, me encuentro de frente con una planta enorme, que había crecido desproporcionadamente en relación con las demás plantas que pueblan ese espacio recogido y casi sin sol.
Al acercarme más para admirar ese pequeño gran prodigio, veo que de sus ramas cuelgan unas vainas largas y estrechas, casi como un cruce entre pimiento verde y puro habano. Así que me acerco más y las inspecciono de cerca –y son alucinantes: están abiertas por su extremo inferior, y por esa abertura se ve el diseño geométrico que forman los pliegues internos de la vaina, mientras que el borde externo de esa “boca” va adornado por varios zarcillos. En mi ignorancia, todo ello toma un aspecto fantástico, casi de ciencia ficción. Es como si estuviera examinando vida extraterrestre.
La absoluta novedad de lo que estaba viendo me tenía sorprendido, la evidente lozanía de la planta me alegraba, pero ahí noté además ese otro elemento… una especie de aprensión, como si no estuviera seguro de que en el fondo esa planta no fuese un engendro mutante y carnívoro que en cualquier instante pudiese abrir unas fauces enormes y devorarme.
Ahí estaban, donde menos me lo esperaba, la alegría, el asombro y… la aprensión. ¡Qué extraña compañía! Pero ahora sé que viajan juntos los tres, cogiditos de la mano.
PD: No tengo fotos de la planta en cuestión, así que incluyo otras para dar una impresión aproximada de la extrañeza que me provocó.
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